I.

No desespere el pávido lector, la temerosa lectora; no iré a narrar una documentada hagiografía al revés, ni las crónicas inciertas de un personaje inmaterial, ni conjeturas acerca de la supuesta evolución de una idea que, si bien la patentó el Judaísmo al inscribirla dentro de sus memorias, la precede cientos de años si hemos de dar fe a las tradiciones orales y a los pictogramas. No veo objeción alguna para darle crédito en el banco de nuestra malograda mala fe a los ideogramas y pictogramas, ya que a fin de cuentas, la historia judía también ha sido escrita con signos ordenados y secuenciales; la misma historia humana duerme en documentos escritos, que sin embargo gozan de un prestigio inusitado, como si ignorásemos que esas mismas palabras usan algunos periodistas, con calamitoso descaro, para mentir sin un ápice de pudicia desde las redacciones de periódicos, que leemos con la misma fe con la que un rabí lee la Torá. Si creemos a unos, ¿por qué negarle el derecho a las tablillas cuneiformes? Si éstas no engañan como algunos periodistas, durante el cautiverio de Israel en Babilonia, bajo el gobierno de Nabucodonosor, los levitas aprendieron las tretas del astuto Ahrimán contra la complacencia de Ormuz, su anverso benévolo. Desde que empezaron a escribir el Pentateuco, los rabís sabían que necesitaban una fórmula, para salvar el abismo abierto en su sistema de creencias. En algún momento, alguien de mala índole como yo, se preguntaría: cómo era posible que un Dios infinitamente perfecto y bueno, creara sin embargo un mundo tan visiblemente dañado, decadente e insalubre para el alma humana. En el culebrón mitológico de los Avesta hay agentes alados (ángeles) que se alistan y combaten de un lado u otro de las hordas celestiales.

En el declarado apócrifo Libro de Enoc –o Enoch- quien fuera bisabuelo de Noé, hay pérfidos ángeles rijosos que bajan a la Tierra, desobedeciendo los mandatos del casto Yahveh, para comerciar carnalmente con las señoritas de la zona de Canáan. Nacen hijos espantosos, los nefillims o gigantes, que en Grecia serán los secuaces de Deucalión. Pero olvidemos por un momento a la progenie colosal, y volvamos los ojos hacia los nombres de los ángeles mazdeos, que adquieren ciudadanía judía al entrar por la ventana de contrabando en el Talmud.

BREVE HISTORIA DEL DIABLO

BREVE HISTORIA DEL DIABLO

Del cardumen maligno hicieron un cuerpo colegiado presidido por Satanás. Al traducir al griego la jauría maliciosa, la afiliaron al partido de los “diábolos” que entre los griegos eran entidades menores, que no cejaban en el intento de tentar a la gente, para acometer pequeñas fechorías como el adulterio que es, por lejos, la más divertida. Como decía un amigo psiquiatra: los judíos inventaron el monoteísmo, la monogamia y la monotonía.

Pero dejemos estas cuestiones vecinales y razonemos.

El matrimonio nos propone una relación dual ideal en la que cada parte (el marido, la mujer) complementa un todo, que restablece la armonía preestablecida, según el finado Leibtniz. En el caso del adulterio, en esta díada interfiere un tercero/a que viene a romper el frágil equilibrio leibtzniano para canjearlo por el alternador edípico freudiano. Si ya tenemos tres personas distintas y ningún dios verdadero, ahora los satanistas, entre los que no dudaría en alistar al ilustre monsieur Denis de Rougemont, quieren convencernos de algo más insólito: en esa relación, ya en sí misma complicada de promiscuidad, también cooperan demonios. Desoyendo el sabio principio de la navaja occamiana, monsieur Rougemont me asegura que además de la trinidad adulterina, hay que contar con el demonio instigador; y tal vez algún cadete infernal y de seguir así sumaremos un quinto y un sexto y en un abrir y cerrar de ojos habremos transformado el triángulo edípico en una cama redonda.

Basta hasta aquí este breviario del bellaco. Ya iremos descubriendo sus trápalas en sucesivas emisiones de este boletín, por ahora sigamos escuchando el “Sansón y Dalila” de Saint-Saëns.

 

(De «Los sueños de la eternidad en el tiempo»)

 

 

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