(Sobre El “Tratado de la tolerancia” de Voltaire)

 

 

François-Marie Arouet, Voltaire,  nació en París en noviembre de 1694, hijo de un notario jansenista. Estudió en el colegio de los jesuitas Louis-le-Grand de París donde conoció la vasta producción heredada de la cultura clásica grecolatina. Su padrino, el abate de Châteauneuf, lo introduce en la Orden del Temple demostrándole que en el fondo, toda fe se reduce a ritos.

El padre deseó hacer de Voltaire un notario, pero el hijo rebelado por la revelación del pensamiento, sólo aceptó anotar magníficos ensayos que dejó a la posteridad en lugar de actas y licitaciones. Comienza publicando epigramas satíricos. Si una idea expresada por medio de especiosos argumentos resulta peligrosa, es mucho más demoledora en frases telegráficas que dejan lugar al vacío de las preguntas. Y es sabido que los monarcas absolutistas creían tener todas las respuestas: Voltaire da con sus huesos en la Bastilla al burlarse del Regente, el Duque de Orleáns.

Estrenó algunas tragedias: Edipo, Bruto, Zaïre, La muerte de César, Mahoma o el fanatismo, Alzira, Semirámis, (que sirvió de libreto a una ópera de Rossini) Oreste.

Aunque cargan un estilo algo retórico, conviene releer algunos dramas de Voltaire. Siempre hay más ideas que anécdotas en los filosos diálogos de los personajes volterianos. Su “Cándido” es una mordaz sátira al optimismo de Leibniz quien había asegurado que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Disputó con J.J. Rousseau cuando éste afirmó que la sociedad corrompe a los hombres. Voltaire fue la llama que infundió el ardor del Iluminismo. Colaboró en la Enciclopedia que Diderot y D’Alambert iniciaron como “Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios” según reza el prospecto de 1750; y como réplica racional al “Diccionario de Trévoux” de la Compañía de Jesús.

Junto a Voltaire, colaboraron Montesquieu, J. J. Rousseau, Bufón en Ciencias naturales, D’Alambert en Matemáticas y Cálculo, Turgot en Economía, Barthez en Medicina. La Enciclopedia es la hija dilecta de la Ilustración y ésta, primogénita de Voltaire.

CONVERSIÓN  DESDE  EL  FANATISMO

CONVERSIÓN  DESDE  EL  FANATISMO

En una obra de carácter histórico y de sociología de la cultura: “El Siglo de Luis XIV” Voltaire afirma que nuestra Civilización tuvo cuatro siglos de esplendor: el Siglo de Pericles en la Grecia Clásica, el Siglo de los césares romanos; el Renacimiento florentino que siguió a la caída de Constantinopla en manos de los turcos y por último, el Siglo de Luis XIV: “El cuarto siglo es el llamado de Luis XIV, y de todos ellos es quizá el que más se acerca a la perfección. Enriquecido con los descubrimientos de los otros tres, ha hecho más, en ciertos géneros, que todos ellos juntos”.

Nadie como Voltaire fustigó tan acremente la religión instalada como sistema de división en las sociedades. Esto le valió más de dos destierros, cárcel, segregación social y censura de sus ideas. Se lo acusó de perjuro, ateo, ácrata y apóstata. Nada más lejos de la verdad, Voltaire jamás perjuró de Dios sino de la instalación de sistemas que en Su nombre mataban, torturaban y buscaban dominar al prójimo al que se decían llamados a salvar. Manejó el arte de la invectiva con inigualable tesón. Definía el  buen gobierno como “aquel que tiene toda la libertad para beneficiar al pueblo pero atadas las manos para causarle el menor daño”. Escribió que la Iglesia Católica era la institución más representativa del fanatismo organizado. Recordó que hay palabras de las que abusa la Iglesia y jamás se ha mencionado en los Evangelios: sacramentos, Santísima Trinidad, purgatorio. Decía que los ingleses, con tantas religiones y sectas van al cielo por el camino que más le gusta a cada cual. Opinó que las enfáticas discusiones de los concilios teológicos no valían más que los venerables cuentos de viejas. Respetaba la religión original de Roma donde la gente no se mataba por unos silogismos ref_14 .

Una tarde Voltaire conversaba con un amigo en la puerta de su casa cuando acertó a pasar por la calle una procesión religiosa con estandartes, beatas y el Santísimo Sacramento bajo palio. Como todos los demás, en señal de respeto, Voltaire se quitó el sombrero. El amigo, un poco sorprendido le preguntó: ¿Cómo?, ¿No era que estabas peleado con Dios? A lo que Voltaire respondió: “Nos saludamos, pero no nos hablamos”.

Observó con ironía que gracias al rigor de los presbiterianos escoceses en Londres se consideraba sagrado el domingo y ese día estaba prohibido el teatro, la ópera, los conciertos y el juego de azar, “de manera que sólo las personas respetables y honradas pueden jugar los domingos; el resto del pueblo se va a escuchar sermones, a la taberna o a las casas de mujeres alegres”.

Defendió el comercio que une voluntades como lo opuesto a las religiones, que las separan. “Quien entra en la Bolsa de Londres verá allí reunidos a representantes de todas las naciones. El judío, el musulmán y el cristiano se tratan como si fuesen hermanos. Sólo se trata como a infieles a los que quiebran” .

Supuso que si en Inglaterra hubiese habido una sola fe, la llevaría al despotismo; si hubiera dos, los bandos se degollarían mutuamente; pero como hay treinta, todos viven en paz y dichosos.

Al analizar el parlamentarismo inglés derivado del romano hizo notar que la historia de ambos pueblos ha sido totalmente distinta “el resultado de las guerras civiles en Roma fue la esclavitud, y el de las luchas en Inglaterra, la libertad”. Cuando en una reunión escuchó discutir acerca de quién había sido el más grande hombre de la historia, si César, Tamerlán, Alejandro o Cromwell, Voltaire inmediatamente propuso: ¡Newton!, razonando que la historia obsequia tiranos y conquistadores en todas las épocas, pero un genio como Newton sólo nace cada diez siglos.

En 1737 publicó “Elementos de la filosofía de Newton”. Podría decirse de Voltaire lo que Voltaire dijo del canciller Bacon de Verulam: “sus enemigos estaban en la corte de Londres y sus admiradores, en toda Europa”. Si no hubiese mediado Madame Pompadour, los enconados cortesanos de Luis XV hubiesen hecho un calvario para Voltaire. En 1763 aparece este “Tratado sobre la tolerancia” con el que consigue la revisión del famoso proceso a la familia Calas, hugonotes de Toulouse, acusados de conspirar para asesinar a su hijo católico.

La exposición del caso, la argumentación racional y la exhortación a la justicia dieron fundamento a la defensa de un proceso similar que se venía sustanciando contra un comerciante de apellido Sirven. Todo este “Tratado sobre la tolerancia” es propicio a nuestro tiempo, sacudido por guerras y bombardeos en nombre de diferencias sectarias.

Voltaire murió en París, haciendo horas antes una pública confesión: “Muero adorando a Dios, amando a mis amigos, no odiando a mis enemigos y detestando la superstición, en cualquiera de sus formas”. Fue el 30 de mayo de 1778.

 

De: “El escritor caníbal y los enanos” (Amazon Kindle)