Creo que el ambiente cultural en Corrientes suele caer en el vicio del manierismo  umbilical, se limitan -o se resignan- a leer únicamente a las escrituras vernáculas, dejando para otra gente el placer de encontrarse con lecturas absolutamente apasionantes, como es el caso del escritor Ítalo Calvino, italiano.

Aunque había nacido en Santiago de las Vegas, cerca de La Habana, en Cuba, hijo de padres italianos librepensadores que trabajaban por allí, a los dos años cumplidos toda la familia regresó a San Remo y, en consecuencia, la formación educativa e intelectual que recibió fue italiana, laica y antifascista, en ese orden. En el liceo, recordaba vagamente -o creía recordar- los letargosos crepúsculos del trópico donde nació. Entonces, dibujaba paisajes donde el mar languidecía bajo la oscuridad rojiza. Al terminar el secundario se matriculó en la Universidad de Turín donde sus padres eran profesores y  dictaban la asignatura de “agricultura tropical” pero la Segunda Guerra Mundial interrumpió sus estudios, y el joven Calvino tuvo que alistarse en el frente. Desertó del ejército para unirse a las Brigadas Partisanas que se oponían al gobierno totalitario de Benito Mussolini.

La guerra, como todo, terminó. Calvino volvió a matricularse, esta vez lejos de lo agropecuario, se pasó a Letras donde se graduó con una tesis “cum laudem” sobre Joseph Conrrad, el polaco que escribió en inglés haciendo suya la patria y la lengua de los británicos. En Turín frecuentaba los cafés y las redacciones de los periódicos, en una de ellas conoció a Césare Pavese quien lo vinculó de inmediato con Eianaudi. Se afilió al Partido Comunista y empezó a escribir a ritmo febril. A partir de las primeras publicaciones, su carrera literaria se hizo imparable. Empezó adscribiéndose a la prolija escuela neorrealista que le exigía su filiación política: el marxismo, que únicamente cree en la realidad de la materia, prescribe la escritura de obras de carácter realista, tal como vive la gente, haciendo hincapié, de ser posible, en los aspectos sórdidos que acarrea la miseria, que es concubina del capitalismo. Ya se comprenderá que con esos flacos antecedentes del catecismo comunista, cualquier obra se malogra y marchita en ese jardín emponzoñado. Tras la invasión soviética a Hungría (1956), decepcionado del comunismo hizo trizas su ficha de afiliación al partido y se puso a escribir “El barón rampante” con una nueva tonalidad, que abandonaba las limitaciones impuestas por el realismo crudo y dejaba volar la imaginación hacia un pasado inventado para una Italia fantástica, tal como se rastrea en cualquier historia que se lea. Unió esta obra a otras dos “El vizconde demediano” y “El caballero inexistente” para formar una trilogía que tituló “Nuestros antepasados”. También publicó “Si una noche de invierno un viajero…”, y la maravillosa novela flotante “Las ciudades invisibles” parangonando con poesía los relatos de su coterráneo Marco Polo describiendo el Oriente.

En 1964 decidió volver a la patria imaginada y visitó La Habana, allí se entrevistó con el Che Guevara, poco después conoció a la argentina Judit Singer, se casó con ella en La Habana, hicieron la luna de miel en México y después se radicaron en Roma.

Pero al morir, en 1885 de un ACV masivo, estaba trabajando en un libro con relatos sobre los cinco sentidos. Terminó tres, el de la vista y el del tacto quedaron sin hacer, pero los tres que escribió bastan para consignar la brillante inteligencia y viva creatividad de Ítalo Calvino. Transcribo un fragmento del relato sobre el olfato “El nombre, la nariz” y dejo a la amable lectora, al enjundioso lector en mejor compañía que la mía. Quedan pues, con Ítalo Calvino:

 

« Y una de las vendedoras, Martine, me hacía ya cosquillas debajo de la oreja con la yema del dedo mojado en pachulí (y mientras tanto empujaba debajo de mi axila el aguijón de su pecho), y Charlotte me tendía para que lo oliera un brazo perfumado de acacia (en otros tiempos con aquel sistema había recorrido yo un muestrario entero dispuesto sobre su cuerpo), y Sidonie soplaba en mi mano para hacer evaporar la gota de eglantina que había depositado (entre sus labios se asomaban los pequeños dientes cuyos mordiscos yo bien conocía), y otra a quien nunca había visto, una chiquilla nueva (que en mi preocupación apenas rocé con un pellizco distraído) me tomaba como blanco apretando la perilla del pulverizador como invitándome a un duelo amoroso.

ÍTALO CALVINO, UN AUTOR DE LUJO

ÍTALO CALVINO, UN AUTOR DE LUJO

“No, Madame, no es eso, a fe mía”, logré decir. “¡Lo que tengo que encontrar no es el perfume que se adapte a una mujer que conozco! ¡Lo que busco es la mujer: una mujer de la que sólo conozco el perfume!”

En momentos como ésos es cuando el genio metódico de Madame Odile da lo mejor de sí mismo: sólo un riguroso orden mental permite reinar en un mundo de efluvios impalpables. “Procedamos por exclusión”, dijo, poniéndose seria, “¿huele a canela? ¿Contiene algalia? ¿Es violáceo? ¿Es almendrado?”.

¿Pero cómo podía describir con palabras la sensación lánguida y feroz que había experimentado la noche anterior en el baile de disfraces cuando mi misteriosa compañera de vals con un gesto indolente había hecho deslizar el chal de gasa que separaba su blanco hombro de mis bigotes y una nube atigrada y flexible me había agredido las narices como si estuviera aspirando el alma de un tigre? »

 

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