Una queridísima amiga española acaba de enviarme un correo electrónico (todo se ha electrocutado en nuestros tiempos, Deo gratiae) en el cual adjunta un gran abrazo para un amigo común que falleció hace dos años. Este amigo era tan conocido que su muerte apareció en los periódicos de España y otros sitios; pero, curiosamente, esta amiga dio la triste noticia a colegas del instituto donde trabaja. Eso me llevó a preguntarme: ¿cuánto sobrevive nuestra eternidad en los demás? Sé que suena presuntuoso pensar que seremos recordados eternamente. Cambio la pregunta por una más modesta: ¿cómo pervive nuestro recuerdo en los demás?

 

Creo que casi todos sospechamos que el arte sobrevive al artista aunque la publicidad editorial nos haga pensar que cuanto más venda un autor, más cerca estará de la inmortalidad. Esta fullería comercial no conseguirá disuadirnos; todos moriremos lo necesario, ni más ni menos, aunque algunas obras vayan ganando salud con el tiempo en tanto sus autores/as se llenan de arrugas, calvicie, artritis y olvido.

Las grandes obras de la Literatura son monumentos de tiempo que han vencido a los siglos y su insaciable vocación de amnesia. ¿Se olvidarán alguna vez La Odisea, La Divina Comedia, Las Lusíadas, Hamlet, Fausto, La Orestíada? ¿No sería un pecado mortal para la humanidad?

 

Para esta querida y joven española nuestro amigo no murió aún; o dejó de morir un instante en el que ella lo pensó recibiendo el abrazo que le había destinado a través de mí olvidando también que mi cerebro, lisiado por el tumor, tal vez no consiga recordar la encomienda. Esta querida amiga suspendió la contundencia de la muerte durante un breve tiempo en mi memoria  también, contagiándola de dudas propias de un deudo. Al recordar a los demás le devolvemos una vida satélite, vicariante pero como el finado obispo Berkeley aseguraba que la mente sólo conoce lo que produce la mente, ¿no sería atinado pensar que si  por un instante creemos de buena fe que alguien ya fallecido continúa viviendo, de algún modo sutil lo llevamos a la eternidad es decir a un sitio sin referencias cardinales ni relojes que malgasten horas? El obispo Berkeley

Sigue leyendo a Alejandro Bovino

nos autoriza.