Antes de reconocer los préstamos que el monoteísmo debe a otras religiones, conviene saber que el profesor R. C. Zaehner escribió un valioso libro “The teaching of the Magi” Edit. Sheldon Press, London, 1956. La versión en español (no leo fluidamente inglés, recuerde el lector que está tratando con un autor averiado intelectualmente por un tumor, que aunque benigno, no ha dejado de producirle taras a lo largo y ancho de su vida, entre ellas la imposibilidad de ser políglota) “La doctrina de los Magos”, Edit. Lidium, Barcelona, 1983. Este libro recomienda no ignorar que: “los ángeles son factura caldea ya reconocida siglos antes de la aparición del monoteísmo en cualquiera de sus formas”. No hace falta decir que el diluvio universal había pasado por todos los pueblos, y el relato de la familia que se salva en una barca se podía leer tanto en Ugarit de Fenicia, como en Tracia, y Capadoccia. El dios que nace de una virgen era un argumento generalizado en la antigüedad; casi todos los dioses precristianos habían nacido de una mujer intacta, porque así lo requería la divinidad que es pura, y no admite la mancilla de la raza humana. Los lascivos dioses griegos no perseguían sino vírgenes para desflorarlas, en medio de la flora silvestre: abramos una página de Hesíodo u Homero y no leeremos otra cosa que las tropelías de Apolo detrás de Dafne, o el Padre de los dioses, el mismo Zeus, disfrazándose de todas las apariencias que le facilitaban la fauna y la meteorología, para estuprar niñas que no conocían varón alguno. Ya sabemos que las escrituras antiguas son lo que usted quiera estimada lectora, ensimismado lector, menos originales. La rapiña intelectual se fomentaba con entusiasmo dionisíaco entre compiladores, autores, profetas y visionarios. ¿Qué nos enseña el profesor Zaehner? En el capítulo 10 (“La resurrección del cuerpo y la vida perdurable”) ¿Le suena estimado lector, prevenida lectora? Nos cuenta las peripecias del Apocalipsis mazdeo.

El predeterminismo no parece contar para la especie humana en este credo; pero está, casi le diría, ‘meticulosamente planificado’ para dioses y semidioses, que alternan en la arena de la lucha cosmológica, cuyo final ya está diseñado de antemano, en las barajas mazdeas. Esta cosmogonía es lo que yo llamo una lectura edificante, porque en ella no son los hombres y mujeres, sino los dioses quienes deben cumplir su destino. El dañino Ahrimán sabe que será inexorablemente vencido, y como en las películas de bajo presupuesto, con las cuales Hollywood atiborraba las siestas sudamericanas, los convictos, los perversos y los maliciosos saben lo que les espera; pero como la acción (el espectáculo debe continuar) requiere criaturas obstinadas, la contumacia es la virtud de esta gente que lucha para perder.

LA RELIGIÓN DE LOS MAGOS

LA RELIGIÓN DE LOS MAGOS

Todos conocemos el final, empezando por los espectadores: la justicia que siempre triunfa en el cine y rara vez fuera de él, el amor que dura eternamente en el cine y rara vez  sobrevive diez tranquilos años fuera de él, la enmienda del despotismo que ya ni en el cine se ve. En esta lucha de inmortales que ha narrado la profecía mazdea, no habrá sorpresas porque todos, piadosos y maléficos, conocen la trama que la complicación de un mundo ingobernable ha tejido desde el principio de los tiempos.

Si quisieran refugiarse en el olvido, bastaría con repasar ese manual de protohistoria, para disolver la amnesia, ya que todo está escrito de antemano en los textos Avesta. Basta leerlos para conocer la historia del futuro. El principio de la apocatástasis es el único soberano de estos acontecimientos: todo volverá a su punto de partida, tal vez para repartir de nuevo los naipes, e iniciar una nueva jugada, en la que los caballos y los reyes ocupen jerárquicamente los puestos que les correspondan, y no tal como están las cosas, en un mundo gobernado por caballos y secundados por sotas o palafreneros.

 

(De “Los sueños de la eternidad en el tiempo” )

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