( Invitación a la lectura de “Vida de los filósofos antiguos más ilustres”, de Diógenes Laercio)

El ser humano siempre es una incógnita.

Imaginemos un hombre que viaja de pueblo en pueblo en el siglo II de nuestra Era Común buscando con descaro información para dejarnos un testimonio casi íntegro del fervor intelectual de la Grecia clásica. Compra pergaminos ref_17 , canjea palimpsestos, hace copiar íntegras las obras de los pensadores que sembraban ideas en calles, pórticos, academias y liceos de todo el mundo helénico. Consigue recopilar la más fastuosa (una biblioteca era un lujo en aquella época) colección de obras y biografías, y con ese inmenso tesoro, se sienta a escribir en la serenidad de un crepúsculo, el ocaso de la unidad de ese pensamiento sabiamente hilvanado que empezaba a resquebrajarse. Uno tendería a pensar en una obra melancólica, llena del dolor de una despedida. Sin embargo, la obra de Diógenes Laercio ha conseguido devolver la vida al cuerpo agónico de la Grecia que desfallecía.

Toda la obra es un monumento, no un mausoleo para guardar cenizas. Lejos de la erudición académica, fuera de todo círculo de especialistas, usando y abusando del lenguaje común y los datos domésticos, la “Vida de los filósofos más ilustres” está llena de alegría, sátira, comentarios marginales, chismes y “dicen qué” más próximos al vocabulario de una comadre que al de un doxógrafo. Y sin embargo, Diógenes Laercio ha documentado también miles de datos filosóficos importantísimos que consigna en cada página. En sus diez libros, abundan las citas, hay párrafos íntegros entresacados de las obras de tal autor u otro. Ya sabe que la doxografía requiere certificar cada opinión y eso le otorga el carácter de historia a su relato. Pero la letra del Laercio se impone; aunque parezca algo desordenada y caprichosa, sigue un rumbo que señalará en lo sucesivo un hito en la historia del pensamiento: indicar primero el origen geográfico del filósofo, sus datos de filiación si es posible, la escuela en la que se formó y lo que agregó al pensamiento de su época obrando en sucesivas etapas que despliegan la transformación del mismo desde los hilozoístas a Epicuro, por quien profesó una especial atracción, al punto que muchos investigadores lo afiliaron a dicha escuela.

Este verdadero cronista de vidas, coleccionista de ideas, memorista de los dos o tres datos íntimos que requiere toda biografía para no condescender a la blancura del mármol o la dureza del bronce, nos ha dejado en tinieblas su propia vida. Lo mismo sucedió con Suidas, otro doxógrafo, y con Hesiquio. Escribir la vida ajena requería ocultar la propia. Todo lo que tenemos del Laercio son especulaciones. Los dos únicos datos más o menos fidedignos provienen de fuentes ajenas. Uno nos dice que era natural de Cilicia, en los márgenes del mundo griego. El otro indica que la obra fue escrita entre el año 225 y 250 después de Cristo.

Dividió la obra en diez libros, cada uno se inicia con una biografía que es también una tendencia. El Libro I con Tales de Mileto, el II con Anaximandro, el III está dedicado a Platón, el IV empieza con Espeusipo, el V con Aristóteles a quien sólo dedica un pasaje, el VI inicia con Antístenes, el VII con Zenón de Citio, el VIII con Pitágoras, el IX con Heráclito de Éfeso y el X lo dedica a Epicuro.

Comienza el libro como si fuese un cuento “Dicen algunos que la Filosofía, exceptuando el nombre como tal, se originó entre los bárbaros” ni magos persas ni gimnosofistas hindúes: la Filosofía es obra griega, termina asegurándonos, para revelarnos poco a poco, cómo nacieron las dos grandes escuelas, la Italiana que va de Pitágoras de Éfeso a Epicuro; y la Jónica que se inicia con Tales ref_18 y culmina en Teofrasto.

Como la genealogía teje linajes a partir de un patriarca célebre, Diógenes Laercio nos indica que la tarea fue iniciada por Tales de Mileto, para quien el agua era el principio y fin del complejo universo de ilusiones, y que aprendió de los egipcios la Geometría de la que dedujo el triángulo rectángulo a partir del semicírculo. La herencia de Tales fue continuada por Anaximandro, a éste lo sucedió Anaxímenes, después Anaxágoras de Clazomenes quien aseguraba que “todas las cosas fueron creadas en un mismo instante, y  después sobrevino la mente divina para ponerlas en orden”. Desde Tales, o antes, desde los magos mazdeos, venía circulando la idea de la inmortalidad del alma. ¿Cómo aceptar la sobrevivencia en un mundo donde día a día sólo se observa la decadencia, la enfermedad y la muerte? Anaxágoras nos dice que dios (escrito con minúsculas porque no es un nombre propio ni un concepto absoluto, apenas la vaga nomenclatura de lo desconocido) no creó el Partenón (o sus piedras), los trirremes, la tierra, las aguas, las bestias, el sol, los hombres, las epidemias, el fuego, la estameña, y los cosméticos. Dice, por el contrario, que todas esta lista caótica se creó en un instante y la mente divina, como un archivista, se limitó a ponerlas en orden. No nos dice si ese orden es el que observamos hasta le fecha y en el que colaboraron los hombres, tal vez instigados ciegamente por esa mente divina taxonomista y adepta al vicio de los catálogos. Arquelao continuó la estirpe jónica, siendo maestro de Sócrates, y éste de Platón.

La vida oculta del biógrafo Laercio

La vida oculta del biógrafo Laercio

Entre una biografía y otra intercala poemas o epigramas (malísimos, en su mayoría) y, lo que es más importante, cartas que se enviaban unos filósofos a otros. También nos hace conocer nombres que los manuales de Filosofía pasan por alto: Misón, Anacarsis Escita, Pisistrato, Epiménides de Creta, hijo de Teopompo, que durmió en una cueva cincuenta y siete años y al despertar encontró otro mundo, murió a los doscientos noventa y nueve años, según los cretenses, que siempre tuvieron fama de falsarios. Erigió en Atenas un templo a las Euménides.

Más que las doctrinas, que apuntaron escrupulosamente los breviarios y tratados, Diógenes Laercio nos hace conocer algunas opiniones prácticas de sus retratos. Dice, por ejemplo, de Anaxágoras, que al ver el grandioso sepulcro de Mausolo opinó: “Un monumento suntuoso es imagen de riqueza convertida en piedras”. A un amigo, que  estaba muy apenado por tener que morir en el exilio, lejos de su tierra, lo consoló diciendo: “en todas partes hay caminos que llevan a la sepultura”.

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