Si hemos de allanarnos a las alarmas del señor Byung-Chul Han, lamentaremos que el Tiempo en el curso de los siglos (que son tiempo computado en centurias) haya hecho dos pésimos negocios. El primero de ellos al pasar de Eternidad a Tiempo abandonó jerarquía, resignándose a ser un sucedáneo de la venerada y egregia Eternidad que se quedó de este modo en el cielo, lejos de las apetencias humanas. Pero nunca olvidada. El segundo, más reciente, y que el señor Byung-Chul Han imputa a las postrimerías del siglo XX y la entrada del siglo XXI, de Tiempo pasó a convertirse en Instante, fugaz vecino de la nada.

El filósofo Byung-Chul Han advierte esta sintomatología al constatar que la hiperkinesia posmoderna ha convertido a la persona de animal social a mero animal laborans. Abajo entonces las consignas del emprendedorismo del catecismo neoliberal, nada de made self man ni marketing empresarial. Todas esas galimatías económicas no hay hecho sino secuestrarnos en oficinas colmadas de planeamientos, tablas, indicadores, gráficos de coordenadas y luces led para impedirnos llevar una vida contemplativa, abusando de la vida activa. La mismísima muerte ya no parece una conclusión ni un cierre.

Al amputársele la meta final, teleológica, los instantes sueltos y tarambanas compiten en una carrera sin meta ni final. El profeta Zaratustra según su diácono Nietzsche lo declaró anunciando que “muchos mueren demasiado tarde, y algunos, demasiado pronto” para terminar instigándonos: ¡Muere a tiempo!

En esta vida vacía de sí mismos propia del animal laboral halla el señor Han el origen de la creciente necesidad humana de anestesiarse con alcohol o drogas, tentando a la muerte muchas veces, mientras que, por otra parte, una horda de médicos y científicos buscan y hallan los modos de prolongar la vida pero no de llenar el hastío que acarrean las actuales condiciones de mecanización.

¿Qué nos queda del Tiempo después de estas amputaciones? Poco y nada, tal como constatamos cuando tratamos de usarlo y nunca, nunca, es suficiente.

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

(De: «Los sueños de la eternidad»)