¿Alguien puede decirme por dónde anda Euclydes da Cunha?

Había nacido en 1866 en Cantagalo, Río de Janeiro, para perder a su madre poco después, muerta por una infección cuando Euclydes apenas alcanzaba los tres años. El padre, embargado por el dolor, se volvió alcohólico, porque las turbideces de la conciencia suelen borrar las amarguras con otra manera de la mentira. Los tíos maternos se hicieron cargo del niño, -pensemos en el ambiente pesadamente festivo de las noches cariocas, en esa felicidad danzante que florece en un campo de favelas abandonadas a la liberal “mano de Dios” que permite el escarnio de los inocentes y la dicha de los malvados- que creció hosco y rebelde a toda forma de imposición basada en imposturas. Lo expulsaban de escuelas y colegios, no por su falta de inteligencia sino por sobra de ingenio. Cualquier mínimo gesto que el muchacho leía como afrenta, recibía respuesta física en forma de trompadas y golpes. Ajeno a cualquier mitificación de la docencia, era lo que hoy llamaríamos un alumno de brillante inteligencia y pésima conducta.

El clima social del Río de sus tiempos exigía la obsecuencia como mueca social, relicto del reinado y después el imperio de los Braganza; pero el muchacho se enroló en el ejército y, cuando el imperio de Pedro II se eclipsaba lentamente como quien muere de inedia, Euclydes descubrió el republicanismo, que nos quiere a todos ciudadanos y no súbditos, y de ello hizo causa. Cuando el Ministro de Guerra, Tomás José de Almeida, visitó el destacamento, el alumno y conscripto da Cunha se negó a ofrecerle los saludos protocolares del Imperio, más allá de la simple venia de los infantes. Los superiores en la pirámide militar lo expulsaron como si fuese la malaria, lepra y disentería en conjunto: como una amenaza al orden sagrado de la disciplina castrense.

Euclydes no se amilanó. Sabía que esa vida ficticia de corte palaciega en medio de la selva tenía sus días contados. Y no se equivocó. Se inscribió como alumno en ingeniería civil, se graduó con todos los requisitos y en 1897 acompañó a un escuadrón militar que se dirigía a Canudos, en el Sertón, en el Estado de Bahía de Todos los Santos, zona reseca, pobre, mezquina y hostil a la producción de cualquier especie. Un fanático religioso milenarista, llamado el “Conselheiro” Antonio Méndez Maciel, monárquico y delirante, pretendió fundar una colonia puritana en medio de las landas resecas, aglutinando a todos los barateros, funámbulos, sectarios, secuaces realistas reacios a aceptar la república recientemente instaurada luego del golpe de Estado al gobierno de Pedro II, ladrones, visionarios, desertores y falsarios de toda laya.

Durante el largo viaje que llevó la expedición represora de las tropas, Euclydes da Cunha iba anotando pacientemente datos de geología, geografía, hidrografía, historia, etnología, producción, sociología. La libreta rápidamente se abarrotó: la fértil inteligencia del escritor puso al descubierto una zona de Brasil desconocido: aquella tierra baldía que se interpone entre el litoral marítimo de los cielos azules y la selva amazónica, devorando vidas y destinos. Esa franja limítrofe en Pernambuco y Bahía se llama “Sertao” (o desertón, para nosotros) y tiene sus peculiaridades humanas y sociales. “Os sertões” es el fiel reflejo de esta desesperación geográfica. El ingeniero describe minuciosamente los estratos geológicos a medida que los descubre durante la travesía. Postula teorías, pesa los datos hidrográficos con el relieve del terreno, observa los caracteres humanos que brotan como si saliesen de las piedras resecas. La aridez y el sol  apuran la caminata, pero Euclydes prefiere detenerse para dibujar los matorrales espinosos y las víboras que zigzaguean en la arena caliente. Como si todo el salvajismo del paisaje fuese la obertura, en la tercera parte de “Os sertões” cuenta la epopeya que significó aquella guerra de la razón contra el fanatismo de Antonio Conselheiro. Mario Vargas Llosa también escribió “La guerra del fin del mundo” teniendo como marco ese episodio casi fantástico de la historia de Brasil.

aa. Lejos de eso, Anna Emília, según las malas lenguas, se refocilaba en la cama con un joven  cadete del ejército, llamado Dilermando de Assís. Euclydes escuchó atentamente las relaciones que le hacían -también en Río las paredes tenían orejas- abrió una botella de brandy, fumó treinta cigarrillos y al amanecer, cuando la aurora rayaba de sangre la madrugada sobre el Pan de Azúcar, se dirigió a casa de Dilermando, golpeó las manos para llamarlo y lo saludó diciendo “vengo a matarlo o morir”. Y murió. El duelo fue instantáneo pero Dilermando, alertado por las mismas malas lenguas, dormía con su arma.

<<Atravesando la estrecha faja que prolonga aquel último río, se está en “pleno agreste”, según el decir expresivo de los matutos. 5 Arbustos casi sin fijación sobre la tierra escasa, enmarañamiento de ramas desgajadas de donde irrumpen solitarios salientes rígidos, dan al conjunto la apariencia de márgenes de desiertos. Y la facies de aquel sertón inhóspito se va esbozando lenta e impresionantemente. Si se domina cualquier ondulación, él aparece o se deja adivinar en la lejanía, en el cuadro tristón de un horizonte monótono en que se abate, uniforme, sin un trazo de color diferente, el pardo requemado de las caatingas>> dice Euclydes da Cunha en la reciente traducción de “Los sertones” de Velia Márquez, para la edición de CONACULTA de México.

Hace un año apareció un diario manuscrito por Anna Emília en donde la viuda denuncia una vida de maltratos y represión por parte de Euclydes. Lo moteja de violento y veleidoso, le imputa envidias y celos maliciosos. Pero lo cierto es que Euclydes yace en su tumba desde las 6,20 horas de aquel fatídico 15 de agosto de 1909 cuando decidió limpiar su honor, harto de chismes y víctima del ludibrio más obsceno.

 

 

Sigue leyendo a Alejandro Bovino