Antes de proseguir con tanta herejía corriendo el riesgo de deshilachar el alma en el camino del error, propongo una breve estación en los pecados capitales, aquellas trampas de la fe que podrían conducir al alma directo al Infierno si no fuésemos capaces de detectar a tiempo el peligro.

Cuando llegamos al capítulo de pensamiento medieval en los manuales de Filosofía nos enseñan que San Agustín fue una especie de discípulo tardío de Platón, mientras Santo Tomás prefirió apoyar la “Summa” y el resto de sus escritos en la obra de Aristóteles. Es sabido que en la Magna Moralia (Ética a Nicómaco) el filósofo macedonio analiza las bases de la moral en la rudimentaria psicología humana que circulaba en esos tiempos, buscando los extremos de las conductas en el exceso o la carencia de las cualidades que nos adornan como especie. Por ejemplo, la acidia (pereza) es la carencia de voluntad para obrar.

Pero el censo inicial de vicios capitales (es decir aquellos que son la cabeza de otros males y corroen de muerte el alma humana) la confeccionó nuestro amigo el Papa Gregorio I, el Magno. Antes de fundar el Purgatorio indagó quiénes podrían depurar pecados y qué faltas serían pasibles de perdón. La nómina de San Gregorio resultó ser el modelo para el Dante quien, siguiendo su plan trazó la arquitectura del Purgatorio y el Infierno de la Divina Comedia.

Los diez siglos que abarcó la Edad Media tuvieron como fuente de regulación moral las leyes divinas no habiendo códigos civiles ni jurisprudencia cívica con vigencia general. Las virtudes cardinales eran la fuente de la regulación ética, la Iglesia ocupó las funciones del Estado y el derecho canónico se hizo popular. Ofender a Dios era lo mismo que afrentar a la sociedad y recibía el mismo castigo.

Lujuria (en latín, luxuria)

Gula (gula)

Avaricia (avaritia)

Pereza (acidia)

Ira (ira)

Envidia (invidia)

Soberbia (superbia)

 

Lo primero que salta a la vista es la relativa inocuidad de algunos pecados si pensamos en sentido social, tal como me lo señaló Aída Aisenson Kogan. Poco me interesa que mi vecino fuere perezoso o lo acicateare la gula como hacía con Santo Tomás de Aquino de quien consiguió hacer uno de los hombres más obesos de su tiempo. Pero debería sentirme alarmado si tuviere cerca a una persona cruel y como me señalaba una amiga, la crueldad no está dentro de los pecados capitales. Antes que los papistas me lo reprochen, debo advertir que el 10 de marzo de 2008 desde el Tribunal de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano (delegación terrenal y oficinas del Purgatorio y el Infierno) el cardenal Girotti anunció que se agregaban los pecados sociales a los clásicos pecados capitales. Estos vicios sociales son: manipulaciones genéticas, experimentaciones en seres humanos incluyendo estados larvales como el del embrión, contaminación ambiental, causar pobreza, enriquecerse a expensas del bien común y consumo de drogas. Por alguna razón que ignoro, la crueldad sigue ausente en la nueva lista. Otra aguda observación que me hiciera Aída me pareció atinada: es peor la codicia que la avaricia. Por definición, codicia es desear bienes ajenos. Avaricia es apego excesivo a los bienes materiales propios. Para decirlo en términos simples, el avaro no roba, el que codicia seguramente está pensando cómo quedarse con mis bienes aunque debo advertirle: de mí, sólo obtendrá males.

No sé en qué pensaba Santo Tomás (seguramente en algún jugoso guisado o perniles jamonados) pero su censo es irregular.

 

(De «Los sueños de la eternidad en el tiempo»)

 

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