No se ilusione el cauto lector, la ínclita lectora: el Purgatorio no es ingeniería cristiana exclusiva, la clarividencia del papa Gregorio Magno podría haberse inspirado en el Hamestagán del Zoroastrismo. De allí proviene la idea de una muerte “en suspenso” hasta que cada alma sea mensurada en la balanza del bien y el mal. Si el fiel permanece infiel a mitad de camino, el mismo espíritu tiene la oportunidad de ganarse la gracia y agregar virtudes a sus menguados méritos. No olvidemos que en el “Libro de los Muertos” de Egipto ya figuran las evisceraciones, el pesaje del hígado y el corazón del difunto, para conocer sus deseos e inclinaciones, y compararlo con las obras que realizó en vida.

Si, por ejemplo, Horus pusiese en la balanza mis órganos, descubriría que existía realmente capacidad de iniciativa y fuerza física; girando la mirada podría comparar con la escasa obra que hice en vida, y me condenaría ipso facto al sitio de castigo para los negligentes con estricto sentido de justicia. Es tan escandalosa la discordia entre mi Debe y mi Haber, que cualquier auditoría sagrada tendría servido el veredicto. Claro que yo podría alegar en mi favor el tumor del lóbulo fronto-parietal izquierdo, que me baldó el cerebro, a cuenta de atenuante.

Como siempre el mazdeísmo da un paso adelante en cuanto a teorías teológicas, ya que deja en  manos del pecador su propia salvación, o reparación, mientras el salvoconducto del papa San Gregorio consiste en sacrificios que deben realizar los deudos, amigos y  familiares para el rescate de las penas.

¿Se comprende la diferencia?

Zoroastro nos dice: ¿habéis acometido infracciones en vida?, ¿mala praxis médica?,  ¿prevaricaciones jurídicas?, ¿desobediencias castrenses?, ¿conspiraciones políticas? (esto, por citar a los gremios más populares) pues bien, dirá el Profeta, pagad ahora mismo en medio de la defunción vuestras faltas y quedaremos a mano.

El recurso de Gregorio es más económico para las almas, pero oneroso para los deudos, que se quedan a cargo de las deudas, y deben pagar en moneda cantante y sonante el rescate por las bellaquerías del finado o la prójima que se escuece en las llamas purificantes.

Las“misas gregorianas” estaban destinadas al sufragio por las almas en pena, y si bien Gregorio Magno las instauró como un recurso gratuito y solidario, el pragmático Alejandro VIº Borgia (Alejandro tenía que ser…) hizo de ellas una fuente de financiación del Vaticano, privatizándolas, y fijando un tarifario con un menú de precios que beneficiaba al muerto en el Purgatorio, y a la mala conciencia de los deudos en este valle de lágrimas.

En el Islam existe un estado que transita el alma a la espera del Juicio Final. Mi padre siempre decía que los abogados no deberían gobernar los países, ya que ellos no resuelven problemas, sino que los fomentan, ya que viven a expensas de los conflictos ajenos. Yo sigo este razonamiento y agrego que Dios no debería gobernar el universo si su gran obsesión es el Juicio Final, que implica castigo, que implica dolo, que implica haber creado delincuentes al por mayor.

Dejemos estas disquisiciones paterno-filiales y observemos por un instante el Purgatorio musulmán.

Barzaj es un sitio o estado de tránsito en el cual el alma hace los trámites aguardando el Juicio Final. Hay un hoyo o un cráter (las descripciones son necesariamente vagas) y el Arat que es una alta muralla o risco que separa el Cielo del Infierno. En una terraza del Arat están los niños, los locos y los ignorantes que no pueden ser juzgados como el resto del rebaño, en razón de su minusvalía. Esta pared es infranqueable de un lado: impermeable al Cielo, puede ser burlado del lado del mundo material, y de este modo esos espíritus ansiosos, hartos de esperar nada, se nos aparecen en algún recodo del camino, en lagos, cementerios, casas abandonadas y otros yermos para decirnos trivialidades, que ahora tienen su explicación: ¿qué otra cosa podríamos esperar de 1idiotas y niños?

Los sueños de la eternidad en el tiempo

Los sueños de la eternidad en el tiempo

A estas alturas de mis genuflexiones la sagaz lectora, el agudo lector se estarán preguntado en qué se apoyó Gregorio Magno para crear ex nihilo un recinto intermedio entre el Cielo y el Infierno.

Como bien decía el Cristo, hasta el mismísimo Satanás puede encontrar argumentos en las Escrituras. En Mateo 12:31, el Cristo asegura que “cualquier pecado o blasfemia puede ser perdonado, pero quien pecare contra el Espíritu Santo no será perdonado en este mundo ni en el otro”.

Dos escolios merece esta cita.

El primero, ¿cómo se puede pecar contra el Espíritu Santo? ¿Matando palomas? ¿Clausurando columbarios? ¿Criando gatos, enemigos declarados de los pájaros de toda especie? Si no sabemos Quién es, cómo es, cómo honrarlo, mucho menos sabremos cómo ofenderlo.

Segundo punto, la cita deja entrever que en el ‘otro mundo’ algunas penas sí se pueden perdonar.

¿Quién las perdonaría y cómo?

Viene en nuestra ayuda el siempre inefable Pablo de Tarso, declarado apóstata del judaísmo, y converso a la secta de los papistas, quien, con sospechosa devoción un poco pirómana, compara el alma con un edificio que se purga con fuego. Tal vez lo hace recordando a dos profetas del  Antiguo Testamento: Daniel, 12:10 y Zacarías, 13:9 y las mismas palabras del Cristo en Lucas, 12:47-48.

Gregorio Magno no se detuvo en minucias, siendo el fundador de la provincia del Purgatorio bastante tuvo con demarcarla, darle una administración un poco menos burocrática que la del Vaticano, fijarle horarios y precisar su utilidad.

No la dotó de fuego perpetuo, ni del combustible de la caldera del diablo, ni de las erogaciones que demandaría un alto horno funcionando las 24 horas por los siglos de los siglos.

Papas sucesores, ora por pereza, indolencia, incuria, desinterés o distracción, no volvieron a ocuparse del asunto hasta que el astuto español Rodrigo Borgia encontró el modo de hacerlo productivo. Este empresario neoliberal superó todas las previsiones del marketing: consiguió hacer rentable no solo la muerte, sino más allá de ella, vendió en parcelas la eternidad.

 

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