LA LUJURIA Y LA CASTIDAD

 

Si nos advirtió contra los vicios, al mismo tiempo, el Aquinate nos enseñó el modo de neutralizarlos. Contra la lujuria, no hay nada mejor que la castidad, el recato, las conductas decentes y la moda victoriana.

Lujuria es el deseo desmedido de naturaleza genital; su compulsión lleva a “horribles crímenes” de los que nadie está exento: sexomanía, adulterio, violaciones, estupros, sodomía, bestialismo, según consigna sin asomo de duda la instructiva e insobornable Enciclopedia Católica. Para el Dante la lujuria es “amar en exceso a los demás” dejando en un segundo plano a Dios, de Quien ya sabemos que es colérico, celoso, exclusivista. Lo siento mi querido Dante pero disentimos. Supongamos que en el mejor de los casos un amor “excesivo” hacia los demás llevare al pecado reiterado como hiciera con Francisco de Asís si la hagiografía no miente. No creo que Dios haya visto vulnerada su autoestima por este amor franciscano. Si lo que Alighieri quiere decirme oblicuamente es que la lujuria significa el exceso de deseo carnal hacia los demás estaríamos más cerca y creo que aquí Santo Tomás abandonó los patos trufados, las salsas ignominiosas, para señalar que si mi excesiva dedicación a lo sexual me llevare a usar al prójimo como medio y no como un fin, lo estoy pervirtiendo con mi actitud siguiendo el desmedido deseo de ayuntamiento genital. Quiero pensar que esta utilización del cuerpo ajeno como si fuese una bolsa dispuesta para mis manipulaciones es la ignominia que condena Santo Tomás.

La lujuria tiene por hijos a la fornicación, el estupro, el incesto, el adulterio, los pecados contra natura, la sodomía, el bestialismo sexual, la polución voluntaria onanista; con semejante parentela se hace más temida que una familia de la mafia siciliana.

LOS VICIOS DE SANTO TOMÁS

LOS VICIOS DE SANTO TOMÁS

La persecución de la lujuria siempre fue un apasionado vicio católico lo que llevó a mi amigo Juan Mujica (ex-seminarista) a bautizar al cristianismo como una religión “pelvicéntrica”;  curiosamente en la Biblia, y por sobre todo en el Antiguo Testamento, el puritanismo  está ausente.

Según la Divina Comedia, señalo, consigno, siguiendo la infatigable pasión que me arrastra hacia ese libro a pesar de mi agnosticismo teológico, los lujuriosos están condenados a caminar entre llamas, no podemos olvidar el episodio de Paolo Malatesta y Francesca da Rímini, aquellos cuñados condenados al Quinto círculo por lujuriosos y adúlteros. El pecado de Francesca ha sido amar más a Paolo que a Dios que prohibía esa pasión. El pecado de Paolo fue amar más a Francesca que a Dios, a su hermano y a sí mismo. Los excesos del sexo son conocidos por todos.

 

LA GULA

 

“El consumo inmoderado de alimentos hasta la saciedad buscando el deleite del hartazgo”, no podía sino ocasionar el repudio de San Gregorio Magno, hombre escuálido, enjuto y macilento, si hemos de creer a sus biógrafos. Comer fuera de las tres viandas diarias, cenar en fechas de ayuno señaladas en el calendario litúrgico, beber perjudicando la propia salud, mesas copiosas y extrema voracidad hacen sospechar que algún vacío interior estamos rellenando con estofados, risotos, barbacoas y merlot.

El omnisciente panóptico eclesiástico ve más allá del hecho crudo, sabe con firmeza que a las grandes cenas ref_34 siguen la lujuria, la blasfemia, el deshonor, la mancilla, el crimen organizado y la ausencia a los oficios matinales.

En el penatorio de Dante la glotonería se castiga haciendo sufrir a los  penitentes su incontinencia: están junto a manjares que no pueden alcanzar ya que cuando estiran la mano o el tenedor, la Divina Providencia aleja las trufas, el cabernet, el jamón de Jabugo, los quesos franceses. Los dioses griegos sometieron a Tántalo al mismo castigo.

 

AVARICIA  Y  GENEROSIDAD

 

Avaricia es el anhelo desordenado de riquezas. Y nos recuerda las palabras del Cristo cuando dijo: “allí donde están sus tesoros tiene el avaro su corazón”. Son hijos de la avaricia el fraude, el dolo, el perjurio, la tacañería, la usura; con semejante familia uno ya busca la puerta para alejarse inmediatamente.

Como bien decía la suspicaz amiga, la avaricia es inocente comparada con la codicia. Una mezquina los propios bienes, la otra ambiciona los bienes ajenos, lo que la hace más peligrosa. Pero en la nómina de Gregorio se condena la avaricia que es, según la definición de San Francisco de Sales: “vivir en la miseria por miedo a la pobreza”. En todo caso es anteponer los bienes materiales (la casa, el auto, la cuenta bancaria y el sueño americano) a Dios que es fuente de todo. El siempre vigente Tomás de Aquino advierte que con la avaricia la gente condena las cosas eternas por causa de las cosas temporales; es un descrédito a la eternidad, un aferrarse al “carpe diem” romano del aquí y ahora en vez de pensar, como lo hace el cristianismo, que esta vida es transitoria y sólo una espera de la verdadera vida que está en el porvenir, ese futuro imperfecto que diseñaron los Padres de la Iglesia basándose en el escrutinio de la letra de Dios.

 

 

(De “Los sueños de la eternidad en el tiempo”)

 

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