En este inquietante mundo de preguntas al que hemos sido arrojados, hay conceptos tan esquivos de solidez, que nos dejan perplejos. El tiempo es, entre todos, el más soberano de estos ejemplares de incógnitas. No sabemos qué es y sin embargo, hablamos de él como si fuese algo familiar y cotidiano.

La humanidad ha intentado en vano momificarlo a través de los siglos, pero el tiempo se resiste. O, lo que es aún peor, nos hace creer que continúa fluyendo, indiferente a nuestros esfuerzos por convertirlo en materia clara y tangible, como esas ideas “claras y distintas” que Descartes nos aseguraba que alberga el alma en forma innata como semillas de la verdad. Reiteradamente, el tiempo nos frustra. Una y otra vez nos demuestra que ni es materia ni es tangible. Nos desafía constantemente a crear máquinas para obligarlo a salir de su guarida invisible y manifestársenos, desde esos punzones antiguos que se exponían para indicar, por medio de la sombra que proyectaba el gnomon, el curso de las horas pasajeras. Pero fue en vano. Ni siquiera el sol se mantenía constante porque el tiempo no se lo permitía, como no permite a ninguna criatura sometida a su gobierno. Tampoco la clepsidra resultó merecedora de confianza: aquellas trémulas gotas de agua bajando morosamente por un cuello asfixiado únicamente indicaban, de un modo autista, lo que tardaba una fuerza invisible en atraer hacia abajo el mínimo caudal encerrado entre dos recipientes. Los intrincados mecanismos metálicos de tambores, trinquetes y ruedas catalinas de escape de la relojería mecánica tampoco pudieron explicar nunca lo que medían. Si bien el ingenio y la paciencia de suizos y chinos perfeccionó el arte de crear maravillas de bronce, acero y gemas, toda esa artillería solamente sirvió para medir con más precisión la duración y la tardanza que mediaba entre un fenómeno y otro, pero jamás pudo medir el origen de donde emergía esa duración, ni el final con el que se confundía. Las girantes ruedas dentadas, los áncoras y espirales, molían lentamente cada tramo del lapso que transcurría entre diente y diente, pero jamás han conseguido atrapar un instante fijo en esa milenaria pasión por masticar la eternidad que le imprimieran los relojeros.

Seguir al tiempo, entonces, es la ley o maldición humana que nos condena a vivir pendientes de él sin que sepamos qué es. El siglo XX nos trajo los relojes de cuarzo. Dicen por ahí que mensura el tiempo por medio de vibraciones o cambios físicos de una periodicidad casi perfecta cuando se somete al cuarzo bajo descargas de energía, y esa constancia sirve para medir lapsos con mayor precisión que los artefactos mecánicos. Como le sucede a más de la mitad de la población, ignoro los fundamentos matemáticos y microfísicos que hacen posible este funcionamiento tan exacto, con cifras que van anunciando y denunciando el transcurso de eso que ignoramos qué es, pero que, sabemos, jamás se detiene. O quizás el tiempo esté quieto y somos nosotros, los seres fenoménicos quienes nos alejamos de él para avanzar hacia nuestra segura destrucción.