Vuelvo a reiterar mi posición, mi rosa de los vientos, mi GPS en el pensamiento actual: soy idealista subjetivista berkeleiano, sólo conozco lo que experimenté y fuera de eso es poco lo que puedo decir. Entonces, menos que poco, nada diré.

Nunca estuve en Comala. No conozco México aunque creo haber bebido de fuentes muy limpias y originales el agua de su hondura cuando ella me vino de Juan Rulfo, de Carlos Fuente, de Mariano Azuela, Elena Garro, José Emilio Pacheco, Alfonso Reyes y el gran Octavio Paz.

Con don Octavio me he resuelto a dialogar porque, como nos lo enseñara el finado Luciano de Samósata, platicar con los muertos favorece un “sano deleite”. No ha de ser tan sano si viene del sitio donde acaba toda enfermedad, pero es sabido que el espíritu es inmune a los males del cuerpo. Será, pues, espiritual el diálogo.

En ese magnífico ensayo que ha sido su tarjeta de presentación intelectual, me refiero a “El laberinto de la soledad”, don Octavio describe un tipo humano a mitad de camino entre el mexicano de Sonora y el neoyankee de Las Vegas y lo llama “pachuco” una palabra contrabandeada de algún sitio limítrofe que, juro y perjuro, jamás escuché. Es extraño ver palabras sin escucharlas. Uno arma mentalmente un entramado de voces pronunciándolas pero sabe de antemano que es fantasía, que el verdadero sonido que le corresponde está perdido en otras latitudes.

Don Octavio comienza advirtiéndonos que hablaremos de la identidad social, eso de lo que antes yo alardeaba a los cuatro vientos llamándolo de forma ostentosa y oronda “mi correntinidad” como si el pesebre pediátrico fuese una especie de patria postiza superpuesta a la patria verdadera, esta Argentina que amo tanto como don Octavio habrá amado a su México. Hace años que no incurro en esa patriotería del chamamé, las chinas enjaezadas para los bailes, los carpinchos, el pañuelo celeste o colorado y el rasguido doble. Sé o ya aprendí que nada de eso es Corrientes. Que esos postizos de vidriera no son más que chucherías de los conservadores, siempre propensos al fetichismo de folletos turísticos.

Escribe don Octavio: “A pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece reveladora la insistencia con que en ciertos periodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan”.

Es verdad. La Argentina, don Octavio, y sé que esto lo sabía usted mejor que yo, pero alguna ventaja hemos de hallar a esta manía de hacer un 1 de noviembre sin cementerios hablando con un finado, tuvo voces muy importantes interrogándose que es decir interrogándonos. Sería serio pecado olvidar a Scalabrini Ortiz (otro correntino, vea, esta vez ilustre de verdad…) ni qué decir don Ezequiel Martínez Estrada, don Facundo Sarmiento –vale decir, don Domingo Faustino en el “Facundo”-, don Juan José Sebrelli, doña Alicia Moreau de Justo, don Arturo Jauretche, doña Beatriz Sarlo, don David Viñas. En Argentina hasta tuvimos dos presidentes-escritores, don Octavio: Bartolo-mé Mitre y Sarmiento. Tal vez por eso la política se explique mejor por el lado de la ficción que de la realidad. Pero en esto de espejarnos en palabras, no quedamos atrás.

Poco después don Octavio Paz define al pachuco como un ser indefinido socialmente, una especie de mexicano renegado, una rama torcida de la generación humana que se niega a este sano ejercicio de llegar a la conciencia social, y de sí mismo. El pachuco es un apátrida moral (Uy, ¡cómo habría de gustarle este rótulo a los gloriosos generales que encabezaron el Proceso de Reorganización Nacional iniciado a los tiros en el ’76!, vea usted don Octavio, ¡en la que nos hemos metido los dos!, usted difuntamente tranquilo pero yo vivito y coleando en este valle de lágrimas) un ser sin conciencia de sí y por tanto privado del connatus spinoziano que persigue la vocación de las criaturas hacia su propia naturaleza.

Dice de él don Octavio: “flota, no acaba de ser, no acaba de desaparecer”. Y gasta razón, no puede desaparecer quien no apareció reflejado siquiera en la imagen del espejo de sí mismo. ¿Qué son esas hordas de mexicanos de segunda generación ya nacidos en EEUU que no están ni aquí ni allá? “Sienten vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos, temen la mirada ajena capaz de desnudarlos”, dice usted crudamente refiriéndose a estos desclasados, estos penitentes del infierno del Dante que se encuentran atrapados entre dos fuegos: el de sus mágicos orígenes y el de su ilusorio futuro.

¿Qué son en el presente?

Nada, o poco menos.

Vagan como almas en pena emperifolladas de relojes de oro falso, collares con dijes, teléfonos móviles de última generación, envoltorios de ropas que exhiben el logo como si fuese una medalla ganada en las truculencias de una guerra, zapatillas con luces intermitentes, tarjetas de crédito. Son la representación actual de aquellas calaveras de grand soiré que buriló don José Guadalupe  Posada en sus grabados. Son eso mismo. Usted lo define mejor que yo: “ese obstinado querer ser distintos…” y yo humildemente agregaría “…distintos de nada”. Porque, convengámoslo don Octavio, ¿de quién busca diferenciarse el pachuco?, ¿del verdadero yuppie de Manhattan? ¡Por favor! No es el momento de pleonasmos. Un pachuco se parece tanto al ínclito agiotista Bernard Madoff como yo a Marilyn Monroe. Después, usted atribuye la marginalidad y esa resbaladiza pasión por el delito que tiene el pachuco al desdén con el que no resuelve sus conflictos de identidad: “pasivo y desdeñoso, el pachuco deja que se acumulen sobre su cabeza todas esas representaciones contradictorias, hasta que, no sin dolorosa autosatisfacción, estallan en una pelea de cantina, en un “raid” o en un motín”.   

Y aquí, creo, soberano maestro, que nuestros senderos se bifurcan como diría J. L. Borges. Nunca supe por qué razón un ingente grupo de intelectuales vive desvelado por la identidad nacional que, si mal no sospecho, es una construcción cultural como cualquier otra. Podríamos poner en el centro del foco la laboriosidad nacional, el arquetipo de las distintas elegancias provinciales, las tendencias deportivas municipales, los diferentes vicios departamentales distribuidos con tal indolencia que parecen virtudes; en fin, don Octavio, así como nos ocupamos de la identidad, ya ve la variedad de asuntos sociopolíticos que podríamos erigir como leimotiv mientras jugamos alguna partidita de póker.

Aunque su libro resultó ser brillante, ni la soledad halló la salida del laberinto ni el laberinto pudo con la soledad, yo preferiría ocuparme de otros asuntos, vea. Ese tema de la identidad nacional ha sido siempre lábaro y paladión de la derecha de la que sistemáticamente desconfío desde que el finado Platón me enseñara en las amarillas páginas de su “República”  las bases del trasimaquismo político que sostiene toda derecha conservadora que se precie. Eso de que los más fuertes tienen derecho a gobernar mientras los más débiles sólo tienen derecho a obedecer ya suena como viejo. Después de Atenas sucumbió Roma, en la vieja Europa decapitaron a Carlos II y, por si fuera poco, a Luis XVI y toda su parentela por seguir sosteniendo principios tan caducos para la mente humana que ya había dejado de creer en las hadas madrinas y las carrozas de calabazas. Sin embargo, don Octavio, el pensamiento conservador se conservó. La derecha –y con esto no digo que usted fuese uno de sus capellanes, sólo anoto al paso-   insiste en señalar con ahínco las diferencias que existen entre tal y cual grupo humano. Que si los de arriba son trabajadores y ahorrativos, los de abajo son indolentes y holgazanes (como yo), que si los argentinos cultivan hábitos festivos y no se toman muy en serio, los chilenos  son laboriosos y defienden con firmeza su soberanía.

Cuando la derecha busca saber cómo somos, envolviendo en un aura romántica la fuerza de la tierra, los símbolos, himnos y de paso, la historia nacional; los que somos de alguna izquierda (hay tantas que si  me pide nombres propios tendrá un listado más largo que el de la guía telefónica, don Octavio…) buscamos sin cesar lo que todos los seres humanos tenemos en común. Es decir, no nos preocupan las diferencias sino las semejanzas. Aquello que me hace igual a los uruguayos, los brasileños, los paraguayos, colombianos y mejicanos.

Alguna vez alguien soñó que todas estas hilachas de las colonias borbónicas podrían terminar tejiendo un único tapiz que será siempre igual a sí mismo si es fiel a los principios que lo unificaron. Y será también igual al de la vieja Europa, y al Asia y a las dos Antártidas.

Plugo a todos los dioses que existan, de todos los colores, que ese malogrado sueño de la gran América se haga realidad algún día don Octavio. Tenemos esa deuda con el pasado. Y entonces, allí, en ese territorio libre de patrioterismos, el pachuco estará a sus anchas luciendo las etiquetas de sus ropas deportivas y fumando con boquilla por las calles de Comala.

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