AUTORA: Ana  Mª Castillo Moreno

Es una tarde lluviosa de otoño. Siento la urgencia de salir a pasear.

Las farolas ya arden en las aceras, pero la luz natural aún baña la calle.

Elijo la alameda en dirección al puente.

Vierto sobre la tarde mis ojos codiciosos. La deseo solo mía.

Al final de la avenida, me aguarda el puente romano: húmedo, solitario, un pálpito alargado de vida, de una vida oculta que solo yo puedo percibir. Me adentro en él. Las nubes que bañan mis pupilas son rápidas y oscuras. No tengo prisa. Si yo no lo deseo, el tiempo se detiene. El tiempo detenido huele a sosiego, a cristal, a transparencia.

Me gusta la soledad, la necesito. Pero ¿cómo me sentiría si no hubiera vida alguna a alrededor; si, de pronto, todo en torno a mí se transformase en una fotografía en blanco y negro, todo excepto este puente y yo? Recuerdo una película en la que los personajes habían sido expulsados del tiempo y lanzados al vacío. Era terrible contemplar la desolación del vacío, no olía a nada. Agito la cabeza para sacudirme estos recuerdos y respiro profundamente. Mi aire sí huele, no podría decir a qué, pero huele bien, aunque no logra saciarme…todavía…

 

¿Por qué la mente no descansa jamás? ¿Por qué la sensación de paz me lleva siempre hacia el pasado? Mi infancia. La cálida caricia de las tardes regadas por la lluvia; el prodigio del arco iris engarzado en la torre de la iglesia; los charcos hechizados de aquel parque en los que las hojas caídas de los árboles se me antojaban peces y las miradas de mi primer amor eran el dulce anzuelo para mis ojos tímidos. Cuando pienso en aquellos años de mi infancia, siempre aparecen, como recién estrenadas, mis queridas botas katiuscas, licencia para practicar uno de mis deportes favoritos: el chapoteo, hundir mis pies en los regatos, caminar a través de ellos, perderme, de nuevo, en el tiempo, en el espacio, y ser, de repente, el personaje de ficción del último cuento leído.

¿A qué huele el pasado? Huele a golosinas, a baños de domingo, a incienso de iglesia; pero, sobre todo huele, si es que pueden oler los colores, a un amarillo suave con destellos de azul.

 

Hay instantes de nuestra vida que se graban en la memoria con más fuerza que otros aunque, en apariencia, no exista un motivo especial para ello. Como algunos momentos de mi adolescencia. El recuerdo de mi adolescencia huele a otoño. Guarda la fragancia de una tarde de noviembre. Yo vestía pantalón vaquero y jersey gris claro. Me ahogaban los muros de la residencia de estudiantes. Afuera, lloviznaba. Tenía que salir y disfrutar de aquel maravilloso espectáculo. La luz, el aroma, el tacto de una tarde lluviosa de otoño es lo mejor-pensé-, lo más puro y delicado que nos ofrece la naturaleza. La ciudad rebosaba vida a aquellas horas. Los anuncios de neón parecían estar envueltos en una aureola mágica. Los demás salían y entraban de las tiendas, caminaban por la calle, se detenían a charlar, se saludaban. Nadie iba conmigo. Mi soledad me agradaba. Olía a tristeza, a melancolía. Al pasar por delante de una pequeña librería, me detuve para curiosear las últimas novedades expuestas en el escaparate. Entonces, alguien se colocó a mi lado y quebró mi embeleso. Sus ojos eran oscuros y profundos como la vida, como su cabello, como la noche. La magia que emanaba de aquel encuentro (ya me lo habían anunciado las luces de neón) se fundió con la lluvia y exhaló un perfume singular, era el perfume del amor. Deambulamos durante horas por aquel paisaje urbano con aquel aroma impregnándonos la piel. Después, nos amamos durante  años hasta que un día, aterrorizados, descubrimos que la fragancia del amor se había desvanecido. Ya no olíamos a nada. Nos sentíamos desnudos. La nada duele.

 

 

Regreso al presente, a este momento mágico del crepúsculo que huele a bordados de oro y de color violeta sobre un gran manto de muselina negra. Y si, como está sucediendo ahora, al incienso de estos instantes le acompaña la lluvia, huele, además, a elegancia, a esbeltez, a los giros de un vals en un salón encantado donde cada hilo de agua es un espejo. Un anochecer así me induce, irremisiblemente, al verso:

 

“Ahilada armonía de agua,

entrañable fluir de claridades,

me calma tu beso húmedo,

el latir melodioso de tus venas.

Canta, lluvia, con sonámbulo compás.

Mientras, mi alma convocas, gota adentro,

a un ritual antiguo de pasiones.”

 

De vuelta a casa, aún no es noche cerrada y el cielo reserva para mí el violeta sonrosado de dos lagos serenos en el centro de un océano furioso de oscuras nubes. Me conmueve tanta ternura. Necesito detener mi marcha. ¡Qué extraño somos los humanos! La naturaleza intenta seducirme y yo me acuerdo en ese instante de los muertos. Esto es vivir, me digo, saborear cada segundo el embrujo que el universo nos brinda, dejarse cautivar por su esplendor, embriagarse de armonía. ¡Cuántas veces, aunque nos creamos vivos, estamos muertos!

Me asomo al pretil del puente. Cierro los ojos para sentir con más intensidad el agua y el viento sobre mi rostro. Deseo entregarme al sueño en brazos del anochecer. Mi mente, enajenada, imagina un encuentro: alguien se posa a mi lado. Su mano sobre la mía. Me susurra ¡hola! y se dispone a soñar conmigo. Exhala un aroma conocido, el de aquel amor que nació bajo las luces de neón de una pequeña librería. Pienso en alto:

_La Luna es bella pero su belleza no le pertenece, ¿no podría ocurrir lo mismo con el resto de las cosas bellas que nos rodean?

¿Y si toda hermosura fuese ficticia?

¿Y si nada de lo que hemos creído hasta ahora fuera cierto?

¿Y si solo es real este momento, esta ilusión, esta dicha…?

¿Y si…?

Quien me acompaña, en esta cita imaginaria, ha aproximado su rostro al mío y, posando su dedo índice sobre mis labios, musita:

_ ¿Y si te beso?

_Ese beso sería el título de un poema -respondo-. “Un beso bajo la lluvia”. Sería un poema cerrado.

_ ¿Por qué cerrado?

_Para que mantuviera intacta la  fragancia de este momento.

Sucede un beso largo, pausado, de una frescura blanda. Huele a irrealidad.

 

De camino a casa, no ceso de repetir aquellas frases: “Un beso bajo la lluvia”, “Un poema cerrado”. Hay poemas cuyo aroma nunca debería salir al exterior. Hay poemas que solo deben ser destapados en la intimidad.

Hay perfumes capaces de engendrar un poema para dos, un poema que quedaría impreso para siempre en la piel del alma. Un “poema-flor”, un “perfume-poema” que solo abriría sus pétalos en aquellos instantes en que el corazón se dispone a recordar.

Al final de la avenida, vuelvo el rostro para saborear, por última vez en este día, el embrujo del paisaje.

Una vez en mi hogar, me asomo a la ventana más alta.

_ ¿A qué huele la lluvia? –le pregunto a la noche.

_Huele a tristeza y alegría, a menta, a vainilla y a chocolate, a serenidad e inquietud. Huele a añoranza, a ilusión y a realidad. Posee un intenso olor a ti…

Sonrío a la noche y me despido de ella agradecida por su complicidad.

 

Queda aún otra pregunta suspendida en mi mente y en mi boca: ¿podría alguna vez un alquimista reproducir el perfume de la lluvia?

 

 

FIN

 

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