Erika Peñaranda Wolfhard

 

Un poco española otro poco alemana aunque 100% boliviana. Periodista de profesión, amante del deporte, sobretodo del tenis ¿quién no ama a Federer? Libre de pensamiento y acción, antes exiliada que vender mis ideales y consciencia por un poco de reconocimiento. Viva la vida, la familia y los amigos ¿con qué seguimos sino?

 

 

 

Las charlas de menosprecio y vulnerabilidad que ha sentido la mujer a lo largo de muchísimas décadas han llegado a mis círculos más cercanos y es que a los 27 años y con amistades insertadas en un ámbito laboral, la discusión se vuelve casi una obligación. Nos afecta, claro que sí, y más aún si todavía presenciamos las desventajas de ser mujer en nuestros espacios de trabajo.

De todas formas hoy en día da la impresión -y lo diré a riesgo de recibir mucho odio- de que nosotras mismas​ ​somos, ​ ​al​ ​menos​ ​un​ ​poco, ​ ​culpables​ ​de​ ​la​ ​situación​ ​que​ ​vivimos.  Así, por ejemplo, el otro día escuchaba de una amiga que esta semana «cobraría» su día libre, cedido obligatoriamente y por ley (en Bolivia, por lo menos) por el día de la mujer.

Quedé un poco plop, no por ella ¡Celebro que tenga un mini descanso! sino por la normativa; no sabía que el ser mujer te daba esos méritos. Ya sé, ya sé, las mujeres somos valerosas, hemos sufrido años de represión y desconsideración, algunas son madres, viven solas, son luchadoras y sobresalen tanto como para hacerles una estatua.

Sin embargo, para lograr equidad, no igualdad -nunca seremos iguales, hay que entenderlo de una vez- se debe dejar de   recibir estos regalos que se otorgan como una suerte de compensación a nuestra historia dolorosa. No veo a hombres con día libre por el «día del hombre», dicho sea de paso ¿alguien sabe cuándo es? Ni a los abuelitos y abuelitas trabajadores recibirlo por ser ancianos que siguen luchándola y mucho menos a laburantes con discapacidad​ ​disfrutarlo.

Entonces ¿por qué aprovechar cosas como estas? No son beneficios, más por el contrario, son disposiciones que socavan nuestras oportunidades para lograr sobresalir en un mundo regido mayoritariamente por hombres. Si la cantidad de mujeres ocupando puestos de trabajo altos en comparación con esta humanidad masculina es considerablemente más baja no es por ideales machistas asentados en los años 20 y tampoco por temas de autoridad ni capacidad, es más bien porque las mujeres resultamos simple y llanamente más caras. Suena duro y crudo, pero así es.

Mujeres ¿será nuestra culpa ser infravaloradas en nuestros​ ​espacios​ ​de​ ​trabajo?

Mujeres ¿será nuestra culpa ser infravaloradas en nuestros​ ​espacios​ ​de​ ​trabajo?

Insertados en sociedades capitalistas donde la búsqueda por optimizar los recursos económicos es el núcleo vital de una empresa, la contratación de un hombre siempre resultará más eficiente en términos monetarios. Nosotras, por un lado, nos quedamos embarazadas, lo cual significa conseguir meses de pre natal y también post; nosotras, por normativa, tenemos días libres en el día de la mujer y de la madre y ADEMÁS contamos con excepciones de horas para hacer los chequeos anuales de mamografía y papanicolau ¿quién repone todas esas horas? Ahora bien, ser madre es lo más hermoso que pueda llegar a suceder ¡cómo no, damos vida! Por ello festejo que un hecho tan glorioso y milagroso sea protegido por ley, lo mismo con los controles médicos rutinarios.

Lo demás es un relleno que nos sigue rebajando​ ​a​ ​ser​ ​personas​ ​desprotegidas​ ​y​ ​débiles. En lugar de aprovechar felizmente estos días ¿por qué no luchamos, en esta búsqueda de justicia, porque les den a nuestros maridos su post natal también por ejemplo? Son tan padres como nosotras. El lograr esto supondría mover los parámetros laborales y sentar sobre la misma línea, como pares, a hombres y mujeres. El reemplazo que supone más gasto, tanto en dinero como en capacitación, iría para ambos lados ¡sigamos el ejemplo de países de Europa como Noruega​ ​o​ ​Suecia!  En realidad, si nosotras, como mujeres, queremos optar por trabajos mejor remunerados, debemos empezar a priorizar ciertos aspectos y dejar de recibir de tan buen agrado beneficios que no hacen nada para validar nuestro estatus de mujeres empoderadas.

Dejemos de buscar compensación y si lo hacemos extrapolemos el sentimiento a una mejor crianza de los hijos (para romper con la misma espiral interminable que venimos viviendo) e intentemos crear un sentido de pertenencia que valore una gama de bagajes distintos y los proteja con justicia y un gran matiz de realidad. Si estamos inmersas en este mundo donde las compañías priorizan el gasto antes del bienestar o el “buen hacer” movámonos con inteligencia; basta de recibir favores que tienen toda la pinta de ser bien intencionados pero que, tal​ ​como​ ​el​ ​lobo​ ​disfrazado​ ​de​ ​oveja, ​ ​solo​ ​nos​ ​hacen​ ​peor.