Dormir ocho horas, bebés que no lloran; nada de ir a las corridas ni de perder el tiempo yendo a reuniones de trabajo. Ser madre tiene que ser sacrificio, ser madre tiene que ser entrega. Ser madre tiene que ser querer ser madre todo el día, todos los días. Y, además, sonreír.

Hoy en día, en plataformas virtuales como Instagram, es posible encontrar miles de crónicas de la llamada “maternidad real”. Dirigidas por madres primerizas de alrededor de treinta años, este concepto se ilustra con una foto y una pequeña crónica de algún tópico de la maternidad despojado del glamour que le dan las películas de Disney y los mandatos sociales.

Flora Zidar es politóloga, madre de mellizos y bajo su cuenta de casi nueve mil seguidores, florazet publica todos los días posteos sobre sus hijos. “La maternidad real es la única que existe”, afirma ante la pregunta por este concepto en boga, “en las redes se muestran fotos divinas y la gente piensa que esas mamás duermen ocho horas y tienen bebés que no lloran. Pero eso es lo que ellas eligen mostrar, porque a nadie le gusta mostrarse vulnerable. Ser madre también es ser imperfecta”.

Compartir las pocas horas de sueño, el deseo de un fin de semana sin hijos, la culpa por no querer dejarlo todo por el otro: hoy en día, todo esto puede hacerse con miles de personas; vos, hace veinte años, lo hiciste con una carta no destinada a ser leída.

Hadas madrinas

Hadas madrinas

Encontré tu carta sin querer, mientras ordenaba mi cuarto. Estaba adentro de una agenda tuya, vieja, lejana, que dejaste adentro en un cajón. Un libro de los hermanos Grimm, cuentos de Perrault, una agenda vieja; adentro, tu carta, aun más vieja y más lejana que la agenda: “Hoy es lunes 13 de enero de 1997, el sábado 11 cumpliste tu primer año de vida”. Pienso que empezaste esto como una carta para mí, pero que te pudo el papel y lo convertiste en una suerte de breve diario confesional. “Carta de una madre a su hija”, podrías haberlo titulado, “la maternidad real”, podría haber sido hoy el subtítulo. Un concepto de moda, la maternidad real.

Para vos la maternidad real es dolor, cansancio y miedos; también extrañeza: “para mí ha sido muy raro convertirme en mamá. Raro y difícil”. Para vos, escribís, ser madre también es distancia “es un modo de protegerme, de que el otro no me trague”; tenías miedo a perderte y por eso te alejaste: una mujer es más que una madre, parecés querer decirme, yo soy más que solo vos. “¿Que cómo se da? ¿Que cómo se ama? ¿Que cómo se siente lo que se siente? ¿Cómo se mima? ¿Cómo se transmite? Es como necesitar una distancia entre nosotras, alguien que separe”.

Me acuerdo perfectamente de la vez que me preguntaste si quería más a la tía que a vos, y yo, con la brutal honestidad que padece uno a los cinco años, te dije que sí. “Pero claro”, tendría que haberte dicho, pero no te lo dije, no te dije Pero claro, mamá, si cuando viene la tía a casa los viernes todo se llena de abrazos, de mimos, de juegos, y de olor a comida casera y a picnic improvisado. Pero claro, debería haberte dicho, si cuando viene la tía yo me convierto en princesa, y ella en mi hada madrina, que saca de la cartera regalos, se mancha los dedos con marcador, deja a disposición su pelo para mis peligrosas manos infantiles. Pero claro, mamá, debería haberte dicho, si las hadas madrinas no gritan, ni se enojan, ni tienen que irse a trabajar, ni hay que compartirlas.

Era la cosa más obvia del mundo, pero todavía hoy me acuerdo tu cara de tristeza y de sentir por primera vez (pero no por última), que me habías escuchado, pero que no me habías entendido.

Hoy, diecisiete años después, te acordás todavía de esto. “Obvio que me acuerdo”, me decís ahora. No sabía que te acordabas hasta que te pregunté, y quizás fue por haber encontrado tu carta que recién ahora me dan ganas de explicarte que a las doce de la noche el hada madrina se va, y la deja a una en harapos y con una calabaza en lugar de carroza; y que semejante decepción solo puede ser consolada por mamá.