Nunca he reunido cualidades suficientes para ser un cronopio. Tengo más bien afinidad con los famas o las esperanza. Julio Cortázar el «descubridor», por decirlo de alguna manera, de los cronopios y famas, fue por supuesto un cronopio.

Entre famas y cronopios existen características y diferencias bastante acentuadas. Por ejemplo a un fama le gustan los caminos rectos para ahorrar tiempo y llegar los más rápido posible. Los cronopios por su parte alucinan con esos caminos llenos de desvíos nada lineales debido a que pueden conocer gente, además avanzan de manera impredecible y se detienen a cada momento para recoger una flor o contemplar un atardecer. A los famas les fascinan los relojes precisos, son pulcros y maniáticos de la puntualidad. Los cronopios se visten como les venga en el animo y más que los relojes les gustan las distintas teorías científicas en torno al tiempo, les subyuga además la idea de una máquina del tiempo, perdidos en estas ensoñaciones llegan tarde a todos lados. Los famas son engreídos, vanidosos, cobardones y viven de la pose; su actitud hipócrita. Esconder sus emociones les permite tener muchos amigos. Los cronopios son unos solitarios que se dejan acompañar, son solidarios y les revientan las injusticias; auténticos hasta más no poder y siempre meten la pata por ser sinceros y sentimentales.

Los aportes de Julio Cortázar a la literatura para muchos(críticos especializados y legos)son discutibles. En lo personal creo que como novelista revalorizó lo real y lo fantástico. Intentó desordenar el discurso narrativo más como un juego que como un arrogante y peyorativo afán vanguardista. Jamás perdió la perspectiva en la utilización del lenguaje tratando de arrancarle todas sus posibilidades. Pero por sobre todo convirtió el quehacer literario en una aptitud para el humor y la solidaridad. Como ser pensante, ciudadano e individuo comprometido intentó estar del lado de los más vulnerables. Su escritura, no obstante, jamás siguió pautas ni banderas.

El escritor Osvaldo Soriano escribió: «Deploraba la solemnidad y el realismo y polemizaba con los cultores de la literatura últil. Me dijo un día: Te cambio Rayuela, Cien años de soledad y todas las otras por Paradiso». No era modestia rebuscada. Cortázar estuvo al tanto de sus logros y sus limitaciones como escritor. En muchas entrevistas dijo que escribía por el placer de hacerlo, o como él mismo lo expresó, que escribía porque le daba su real gana.

Leí «Rayuela» por primera vez en el bachillerato. Luego la he releído hasta el cansancio. La primera vez me pareció una novela petulante, culturosa e intelectualoide. Me fue difícil entender su exquisito juego de pasiones humanas. Como la novela se me escapaba debido a mi inmadurez probé suerte con sus libros de cuentos: «Bestiario» y «Todos los Fuegos el fuego».

En los cuentos cortázarcianos la realidad y la ficción se traspapelaban como realidades comunes. Eran cuentos enjabonados con una sutil niebla de nostalgia y tristeza. La escritura era impecable. Lo fantástico cobraba un significado distinto. Léase por ejemplo el cuento largo(o novela corta) «El perseguidor». La historia cuenta la vida de un músico de jazz. Narrada de forma realista el escritor nos conduce a conocer la vida de un hombre, de un artista cuyas visiones, pensamientos y nociones de la realidad la trastocan agregándole un ingrediente fantástico tan singular y a la vez tan natural. En las narraciones de Cortázar lo fantástico no presenta como un hecho truculento, sino más surge como una posibilidad plausible de la realidad cotidiana. En cualquier cuento de Cortázar lo fantástico recubre como una piel trasparente y babosa la realidad. Por ejemplo en su cuento «Una flor amarilla» se pasea por el tema de la inmortalidad. En su narración «Lejana» explora la figura del doble. No era casual que Cortázar detestara que lo encasillaran como un escritor fantástico, que lo anularan como un escritor realista. Cortázar jugaba en sus textos con la ficción y la realidad sin establecer limites definidos. Él siempre lo dijo: «Lo fantástico ocurre todos los días».

Más que escribir historias Cortázar trazaba los dibujos de la condición humana. Osvaldo Soriano ha escrito:»Sus novelas, poemas, ensayos, tangos y hasta una historieta-folletín de denuncia (Fantomas contra los vampiros multinacionales) muestran hasta qué punto su arte consistió en tratar obsesiones del alma, el impiadoso destino de los hombres, como un juego permanente, como una profanación saludable y revitalizadora». La gran novela de Cortázar «Rayuela», soslayando su barniz vanguardista del dos libros en uno, más que literatura es una experiencia vital tanto para el lector como para los personajes de la novela. Con «Rayuela» uno aprende a leer la vida como rebelión, acto de fe, reflexión y sueño. Para Cortázar «Rayuela» es su laboratorio personal para pensar en la novela como género y para pensarse desde la novela con múltiple voces. Desnudarse a través de la escritura, dejar al descubierto el solaz misterio de las relaciones con los demás, dejar desguarnecidas las emociones en sus trágicas variaciones. La novela para contar la existencia desde todos sus costados y sin trucos literarios a saber. No sin gran razón el novelista Ednodio Quintero ha escrito: «El sagaz Cronopio lo sabía: ya la novela no es lugar apropiado para la prédica, ni púlpito ni cátedra ni tarima, es un espacio abierto, desolado tal vez, abismo a la intemperie, donde el escritor; acompañado de su cómplice, puede desplegar los múltiplos registros de su voz, donde es permitido expresar, al fin, su parentesco con los dioses muertos, con el agua que corre y con el polvo estelar». Nadie sale ileso de una lectura de «Rayuela».

Cortázar es uno de esos escritores que no te deja nunca en paz. Se te pega a la ropa y a los huesos del alma como el musgo. Me gustan sus libros ultramarinos donde metía de todo como «La vuelta al día en ochenta mundos», «Último Round», «Historias de cronopios y de famas» y «Un tal Lucas». Este fragmento es muy característico de su estilo misceláneo:» Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías.»

José María Guelbenzu ha escrito: «El legado de un escritor es el mundo que ha construido con su obra. A ese mundo sólo cabe exigirle que nos divierta, nos emocione, nos conceda belleza, nos haga más imaginativos y más inteligentes». Sin duda que la obra de Cortázar ofrece eso y mucho más. Su obra es una viva luz que puede iluminar días aciagos. Su obra nos reconcilia con el arte y con todas las causas perdidas, nos devuelve la fe en el amor y la tristeza. Hay mucho de la Maga y Oliveira (personajes principales de «Rayuela») en todos aquellos que convierten la vida en una travesía espiritual. En un juego donde le nace flor y piel a tu alma.

 

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