Mi amigo Pedro Téllez fue quien me proporcionó noticias de una publicación que realizaban los pacientes del siquiátrico de Bárbula en Valencia. Para mi resultó un hallazgo sorprendente. En primer lugar la escritura tiene mucho de terapia y de locura combinadas. Concebir mundos, con personajes y situaciones determinadas, a través de la literatura tiene como es lógico un poco de esa locura con método de la que dio muestras ese sempiterno personaje de Shakespeare llamado Hamlet. En segundo lugar para acometer la escritura de cualquier texto se necesita cierta coherencia para ordenar los pensamientos y darle una equilibrada transparencia a las palabras en esas cuerda tensa de la página en blanco.

Una de las imágenes que conservo de mi ciudad natal Valencia, tiene que ver con la locura. Debido a que su psiquiátrico se encuentra en sus entrañas y no era insólito ver algún ser desvalido, y atenazado por la locura, deambulando por sus calles. El psiquiátrico de Bárbula no era un centro de reclusión  y las medidas de seguridad existían, pero no poseían esa rigurosidad carcelaria. En un momento de negligencia (o descuido) alguno de los enfermos, como si fuera una obra teatral, se metía en su papel de normalidad y lograba burlar la seguridad. Deambulaban por la ciudad perdidos en esa oscuridad a pleno día de la locura. Luego de algunos días andaban desprovistos de toda higiene. Tendría como ocho años y andaba con mamá por la ciudad. De repente un hombre semidesnudo se abalanzó sobre nosotros. Mi madre me tomó de la mano y escapamos en veloz carrera. Yo giré la cabeza y el hombre se quedó parado girando sobre si mismo en una especie de éxtasis. Se detuvo y  de repente tuvo como un fogonazo de lucidez, se arrodilló y se echo a llorar en mitad de la calle.

Hace poco estuve en Valencia y Pedro Téllez me propuso hacer a dos manos una antología de la publicación hecha por los pacientes del psiquiátrico. Pedro tiene facsímiles completos de la publicación. Es necesario ordenar las piezas.

Escribir desde ese paisaje desolado de la locura es complejo. La historia de la literatura registra casos bastantes singulares, pero el de el actor, poeta y ensayista Antonin Artaud quizá  constituya esa parábola trágica que coloca todo en perspectiva. Artaud durante su encierro en el manicomio de Rodez no dejó de escribir. Sus cartas, reunidas después en libros, reflejan los altibajos de un espíritu desmantelado que lucha por recuperar no tanto su cordura, sino el dominio creativo de su mente y de su cuerpo sometido a los rigores tormentosos de los medicamentos y los electroshock. Quizá en esta etapa lo conoció y trabó amistad el joven siquiatra español José Solanes y entonces todas las piezas sueltas comienzan a confluir.

Luego de muchos avatares Solanes llega a nuestro país hasta terminar en la ciudad de Valencia y pasa a formar parte de la plantilla de médicos del psiquiátrico de Bárbula. Sin duda la presencia de José Solanes fue decisiva para que los pacientes asumieran la escritura y luego decidieran editar una modesta publicación. El nombre se decidió con el concurso de los pacientes involucrados y así surgió: Nanacinder. Solanes escribe a este respecto: “Las palabras viven cautivas de su significado en los diccionarios en que se hallan aparcadas. Pero Nanacinder fue un vocablo cimarrón. Lejos de todo redil académico, por un tiempo pudo estar escribiéndose  (¿o galopando?) sin arnés que impusiera sentido ni jinete que le diera dirección. Nanacinder fue una palabra libre. Se pensó que con una palabra libre se podría hacer un periódico libre. Con su nombre, inventado por un demente, se bautizó una revista que publicaron los pacientes de la Colonia Psiquiátrica de Bárbula. Acogía también la publicación. No sabemos si por compromiso, textos de enfermeros y hasta de médicos”.

Nanacinder: Escribir desde la locura

Nanacinder: Escribir desde la locura

De Nanacinder se editaron 24 números, entre 1954 y 1962, hasta su clausura por las autoridades médicas de ese entonces que vieron en la publicación una amenaza al discurso clínico, ya que los pacientes  a través de sus textos ofrecían una relación de su enfermedad. Pedro Téllez escribe: “En los cuentos, poemas y testimonios del Nanacinder literario, sus autores—los pacientes— retratan su aislamiento, comunican su incomunicación, su ensimismamiento. Hacen narrativa y poesía de su situación especial, de su forma peculiar de ser en el mundo”.

A esta labor intelectual de escritura también se incorporó el trabajo propio que requiere una revista como son el diseño, la compaginación, el engrapado, corrección de texto y la edición llevada a cabo en multígrafo. Nanacinder fue una experiencia, en cuanto a revistas se refiere, extraña, anómala y fascinante. Los textos aparte de calidad tienen humor y ese sentido surrealista de una escritura hecha al borde de ese abismo donde la razón se borra para dar paso a ese paisaje pintado con todos esos monstruos surgidos de ese sueño de la razón que Goya trató de plasmar en algunos de sus grabados.

La revista Nanacinder hay que situarla desde la espontaneidad de su alegato. Se escribe desde la locura y la enfermedad es el eje de esta escritura que sale a flote, que surge a la superficie con todo el dolor de la simplicidad, con toda esa sencilla desgarradura de voces que buscan su espacio, de voces que trataron de hacer visible el silencio del aislamiento a través de la escritura.

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