Corrían los años sesenta, tenía aproximadamente 5 años o tal vez un poco menos, vivía en un edificio situado en la calle Esmeralda , pleno centro, con unos vecinos solidarios, unidos.

Vivía en un décimo piso, y tenía dos amiguitas en el piso trece y otra niña en el piso quince. Mis amigas de origen católico, yo , de origen judío aunque no practicante, mi abuela conservaba aún algunos rituales y comidas, mis padres , amplios en sus conceptos.

Llegaba el día de Navidad, cuando visitando el departamento de mi amiga, que vivía en el trece, de pronto miro el árbol y el niño Jesús, la mamá, que era amorosa y  que muchas veces me  llevaba con ellos al club, me explicó quién era Jesús.

Obviamente se celebraba Navidad en casa aunque sin árbol ni pesebre.

Un día, antes del de Navidad, le pido a mi abuela el árbol y el niñito Jesús, según supe varios años después, lo hice llorando.

Mi abuela , en una visita al sastre le comenta mi petición y que se lo había hecho llorando, ella no era muy practicante , pero tenía sus reparos, y qué hizo finalmente? me lo compró.

Recuerdo la emoción al armarlo y al armar el pesebre , con un papel glasé metalizado representando agua para los camellos, un establo, animales, bien completo como completa era mi felicidad.

Recuerdo, que no entendía el porqué de no poder tener al niño Jesús , que para mí significaba amor, esperanza, no entendía que para los judíos él no era el mesías, que lo continuaban y continúan esperando.

Lo único que quería era tener ese árbol y a ese niño sinónimo de amor. Y lo tuve hasta que mi abuela se murió y  lo volví a tener desde que conocí al que ahora sigue siendo mi marido.

Ahora, que soy creyente, entiendo a esa niña que no conocía de diferencias, que sólo quería tener un árbol y al niñito Dios y recuerdo con mucho amor a mi abuela, que no reparó en si se creía o no, pero que con su amor pudo demostrar que Dios estuvo en su corazón.

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