1. Advertencia

 

“Es verosímil que estas observaciones hayan sido enunciadas alguna vez y quizá muchas veces; la discusión de su novedad me interesa menos que la de su posible verdad” (Borges, “Magias parciales del Quijote”, “Otras inquisiciones”).

 

 

  1. Aquí me pongo a cantar…

 

Según el diccionario de la real academia española, la “magia” es:

 

  1. a) “Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales”;
  2. b) “Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo”.

 

Aplicada esta doble definición a la literatura, podemos pensar lícitamente en el concepto de “magia narrativa”.

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Según Borges, en “El arte narrativo y la magia” el proceso mágico es causal, lúcido y limitado y en él “profetizan los pormenores”. Emir Rodríguez Monegal, en su ensayo “El Martín Fierro en Borges y Martínez Estrada” señala que “toda obra grande está hecha no sólo del texto que fue escrito y publicado en tal o cual fecha sino de los textos superpuestos por algunos lectores privilegiados: textos variados y tan válidos como el original, si es que existe un “original”.

Desde esta singular perspectiva, quisiera rescatar dos pasajes del “Martín Fierro”, pasajes de carácter mágico.

 

CUADERNO DE APUNTES: MAGIAS PARCIALES DEL MARTÍN FIERRO

CUADERNO DE APUNTES: MAGIAS PARCIALES DEL MARTÍN FIERRO

Primero: la invocación preliminar del Poeta. La “Ilíada”, pilar de la épica occidental, inicia clásicamente así: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”. Su secuela, la “Odisea” dice en su primer verso: “Cuéntame, Musa, las desdichas de aquel ingenioso y astuto varón, que anduvo tiempo errante por el mundo”. La “Eneida” de Virgilio también suplica: “Cuéntame, Musa, las causas…” Y ya en el siglo XIV, el Dante dice en su “Divina Comedia”: “¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme!/ ¡Memoria que escribiste lo que vi,/ aquí se advertirá tu gran nobleza!” (II, 7-9).

José Hernández también se inscribe en esa tradición y Martín Fierro, aggiornado y acriollado, antes de narrar sus aventuras y desdichas, eleva esta fervorosa solicitud: “Pido a los santos del cielo/ que ayuden mi pensamiento; les pido que en este momento/ que vengo a cantar mi historia,/ me refresquen la memoria/ y aclaren mi entendimiento” (I, 7-12).

Todas estas referencias revelan que el Poeta, más allá de su vocación, talento y oficio, sigue creyendo en la Musa, en el Espíritu, que sopla donde quiere. “Toda escritura es inspirada de Dios”, dijo (escribió) el Apóstol Pablo, uno de los amanuenses del Espíritu. No es de extrañar, entonces, que Ezequiel Martínez Estrada apunte, en tono profético que el “Martín Fierro” carece de personalidad humana y que sólo la tiene alegórica, ya que es “una imago, un ser producido por una transferencia y por una censura”.

El Poeta, al ponerse a cantar, deja de ser un mero individuo: borra sus rasgos particulares y se vuelve alegórico, universal. Ese acto preliminar (la invocación al dios o a la diosa) manifiesta, ante todo, la creencia (la fe) en el carácter divino, o por lo pronto sobrenatural, de la Poesía.

 

Segundo instante mágico: ese pasaje clásico del poema, cuando  Martín Fierro se mide en una payada con el Moreno. Rodríguez Monegal observa que, en realidad, estamos ante la mise en abyme de una payada, ya que se encuentra dentro de otra payada (de orden general), la que está cantando ya el “Martín Fierro”. Recordemos que ese pasaje, que corresponde al final de la segunda parte del poema, Fierro se encuentra con el hijo del Moreno que él ha asesinado en la primera parte y se debaten en otro tipo de pelea, la de las guitarras y el canto.

En este instante, uno de los más hermosos de nuestra literatura latinoamericana, en vez de tratar de cuestiones típicamente camperas (arreos, pialadas,etcéteras) discuten de materias metafísicas y morales (cuál es el canto del cielo, de la tierra, del mar, de dónde nace el amor, qué es la ley, la cantidad, la medida, el peso, el tiempo). En palabras de Borges: “El Martín Fierro está redactado en un español de entonación gauchesca y no nos deja olvidar durante mucho tiempo que es un gaucho el que canta; abunda en comparaciones tomadas de la vida pastoril; sin embargo, hay un pasaje famoso en que el autor olvida esta preocupación de color local y escribe en español general, y no habla de temas vernáculos, sino de grandes temas abstractos, del tiempo, del espacio, del mar, de la noche. (…) Cuando esos dos gauchos, Fierro y el Moreno, se ponen a cantar, olvidan toda afectación gauchesca y abordan temas filosóficos” (“El idioma de los argentinos”, “Discusión”).

Ejemplo textual de lo expuesto. Dice el gaucho Martín Fierro en un fragmento de ese contrapunto: “Uno es el sol, uno el mundo,/ sola y única es la luna./ Ansí, han de saber que Dios/ no crió cantidá ninguna./ El ser de todos los seres/ sólo formó la unidá;/ lo demás lo ha criado el hombre/ después que aprendió a contar” (6623-6630).

Un antepasado ilustre he hallado de este sutil gesto técnico. Hacia el final del Libro Primero de la “Eneida”, Virgilio nos cuenta que la Reina Dido ofrece un banquete en honor de Eneas. En ese banquete entra en escena, también clásicamente, el aedo, cantor y recitador de estirpe griega. En otras obras épicas, como la “Ilíada” y la “Odisea”, el aedo canta fragmentos de batallas, subsidiarios del argumento principal. Pero en la “Eneida”, Virgilio olvida por un instante fugaz la preocupación por el color local y lo hace cantar en un idioma general: ese cantor “no habla de temas vernáculos, sino de grandes temas abstractos, del tiempo, del espacio, del mar, de la noche”. Así, leemos en el poema: “El crinado Yopas hace sonar/ su cítara dorada cual le enseñó Atlante gigantesco./ Canta éste el vagar de la luna y del sol las fatigas,/ el origen de hombres y animales, del agua y del fuego,/ Arturo y las lluviosas Híades y los dos Triones,/ por qué tanto se apresuran a bañarse en el Océano los soles/ de invierno o por qué se demoran las lentas noches…” (1, 740-746).

No sé si se ha sido consignado antes esta filiación directa, la momentánea unión entre estas dos célebres obras, o si Hernández tenía presente o nó en su memoria el pasaje de Virgilio. Como advierte el epígrafe de este texto, me interesa menos la novedad de la noticia que su verdad íntima.

 

¿Es el “Martín Fierro” el que es libro que más o mejor nos representa a los argentinos? ¿Es (como la llamó Leopoldo Lugones en “El payador”) “el poema épico nacional”? Tampoco me atrevo a afirmarlo o negarlo. Es (estoy persuadido de ello) nuestra gran obra intertextual. No sólo nos remite a la lectura (la meta-lectura) de los textos citados en este breve opúsculo. También ha engrendrado (ha permitido) obras de índoles tan dispares como los dos  voluminosos volúmenes de “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, de Ezequiel Martínez Estrada; los textos borgeanos “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “El fin” y “El Martín Fierro” (en colaboración con Margarita Guerrero); “El Martín Fierro ordenado alfabéticamente”, de Pablo Katchadjian; y la reciente y extraordinaria novela “Las aventuras de la China Iron”, de Gabriela Cabezón Cámara.

Emir Rodríguez Monegal, en el ensayo citado al principio de este texto, dice: “Leer el Martín Fierro que sus lecturas [las de Borges y Martínez Estrada] re-escriben es leer una obra infinita, superior a la que piadosas lecturas conmemorativas nos tienen acostumbrados”.

Yo agregaría a esa sentencia que la magia del “Martín Fierro” es de orden múltiple: se manifiesta no sólo en el texto original sino (además) a través de sus precursores y sus constantes sucesores.

 

 

  1. Los lectores de Fierro

 

Apunte para un cuento. Dos hombres conviven en un humilde departamento. No trabajan o trabajan lo mínimo indispensable. Son coleccionistas de libros: recuerdan (o parodian) a Bouvard y Pécuchet, de Flaubert. Leen continuamente y de tanto leer, como al Quijote, se les seca el cerebro. Son fanáticos del “Martín Fierro” y sus diálogos ya no son sino continuas (y cada vez más tiradas de los pelos) citas del poema. Una tarde, llega la orden de desalojo. La ignoran. “Hacéte amigo del Juez/ no le des de qué quejarse;/ y cuando quiera enojarse/ vos te debés encoger”, dice uno. El otro, mate en mano, completa: “Pues siempre es güeno tener/ palenque ande ir a rascarse”.

Finalmente, llega la policía a desalojarlos por la fuerza. Los sacan por la fuerza, ellos alcanzan a salvar sus ediciones personales del “Martín Fierro”. Los arrastran violentamente. Uno recita, grave: “Y cuando la habían pasado,/ una madrugada clara,/ le dijo Cruz que mirara/ las últimas poblaciones;/ y a Fierro dos lagrimones/ le rodaron por la cara”.

El otro responde (contra-cita) antes de ser arrojado a la calle: “Es un telar de desdichas/ cada gaucho que usté ve”.

Mueren en la mismísima miseria, desbordados por las citas, devorados por las citas.

 

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