«Qué podríamos hacer con esa difunta que no termina de morirse, hija, ya son dos meses de martirio desvelándonos y esta mujer no da signos de muerte alguna”, se quejó el anciano hombre a la hora del almuerzo, mientras acariciaba la cabeza de Nerón, el perro pastor alemán que le había regalado su compadre político y quien anhelaba aunque fuera una tortilla de maíz mal cocido, porque el hambre sentida era atroz.

Reclinándose sobre la mesa para servir una sopa de frijoles con arroz y vegetales, la hija volvió a mirar al padre con profunda tristeza y preocupación, sus ojeras estaban bien marcadas junto al sufrimiento experimentado; una vez servida la mesa respondió después de respirar profundo: “No sé, padre mío, debería estar pidiéndole perdón a Dios por desear la muerte absoluta de mamá, para mí no es ningún sacrificio estar atendiéndola, me conformo mirarla día tras día aunque ella solo tenga la cabeza viva, peor es tenerla en el cementerio olvidada para siempre”.

Una muerte viva

Una muerte viva

El padre miró de reojo a su hija, por su rostro rodaban gruesas lágrimas adoloridas; haciendo un alto en su comida, prometió: “Dentro una hora me voy quebrada abajo a traer aquel curandero, ese podrá curarla de la vida y terminar ya con este martirio”.

“Haga lo que mejor convenga a sus intereses, padre”, dijo la hija, al tiempo que caminó hacia la hornilla, coló el café que estaba haciendo, lo endulzó en forma breve y preparó una taza, luego se dirigió al dormitorio de la casa, en la sala estaban algunos vecinos que como siempre llegaban para hacer compañía a la familia en su pesadilla, unos en el día otros en la noche. “Esto va para largo y debemos turnarnos”, acordaron.

Con la taza de café en mano llegó hasta la cama donde estaba la difunta viva, la mujer expelía un extraño mal olor, casi a mortandad, casi a muerto viejo, solo la cabeza estaba viva, el resto del cuerpo estaba sin signo vital alguno, inmóvil; sin embargo, abría con perfección los ojos y reconocía a cualquier valiente que se le acercara; no pronunciaba palabra alguna, pero escuchaba y entendía todas las frases dichas. Cuando sintió llegar a la hija giró con levedad la cabeza y sonrió a secas; disimulando satisfacción, la joven señora regresó la sonrisa y con un algodón en la mano derecha empezó a empaparles los labios de café  fuerte como a la media muerta le gustaba: esa era su bebida favorita en completa vida. En ese entonces no ingería agua, solo café, desde la madrugada cuando se levantaba a atender sus labores domésticas hasta el anochecer antes de irse a la cama; si recibía alguna visita, siempre ofrecía una taza de café, por esa razón en vida la apodaron vaca, porque era una vaca bebiendo tanto café  y algunos argumentaban que esa era la principal causa de esa media muerte y al mismo tiempo el bendito grano la tenía con media vida. Algunos doctores de la ciudad habían llegado a verla y examinarla, pero eran incapaces de diagnosticar mal alguno, la anciana mujer había caído de repente y poco a poco se fue muriendo su cuerpo, la muerte comenzó a cobijarla por los pies y la fue cubriendo hasta llegar al cuello, de allí no avanzaba. Desde hacía dos meses, la enferma no daba señales de morir a plenitud ni de regresar a la vida, el último doctor que la examinó dos días recomendó a la familia enterrarla porque estaba entrando ya en estado de descomposición, que una vez en el sepulcro la cabeza debería sucumbir ante la muerte; entonces los hijos reaccionaron indignados y le gritaron al doctor que no sabía ni mierda. ”Cómo vamos a enterrar a nuestra madre medio viva, hacer eso sería un crimen fatal que siempre nos estaría carcomiendo la conciencia. Preferimos enterrarla por pedazos y estar desvelándonos con ella para atender sus necesidades”, manifestaron sus vástagos.

“¿Y si la cabeza nunca se muere?”, interrogó contrariado el doctor.

“Estará con nosotros hasta donde viva”, respondió resuelta la hija, quien bondadosamente empapaba los labios con el fuerte café ese mediodía.

El marido de la medio muerta terminó de almorzar, con buenas ganas ingirió la taza de café servida con anterioridad por la hija, se levantó de la mesa, agarró su sombrero de ala ancha fabricado con junco, buscó un machete bien afilado y emprendió el camino hacia quebrada abajo, a traer al curandero prometido y terminar con la triste pesadilla.   “O mi mujer regresa a la vida o se va para siempre con la muerte”, dijo el compañero de vida de la mujer saliendo de la casa de alto techo y bahareque.

Después de hora y media de camino llegó donde el curandero.

“Ya sabía que vendrías, es más, ya días te estoy esperando”, dijo el viejo asomándose a la puerta de su choza.

“Bien sé que no te la comes por comértela eso me trae a buscarte sabiendo lo mañoso que sos”, contestó forzando una sonrisa el marido de la casi muerta.

“No está fácil lo de tu vieja, pero miraré si puedo hacer algo”, prometió el curandero mientras invitaba a entrar al hombre, “siéntate”, casi ordenó, agitó una botella con un líquido, buscó un vaso y empinó la botella para sacar parte del contenido. “Bebe. Es agua con flor de muerto para limpiarte del mal ejido de tu mujer”, aclaró. El recién llegado confiado ingirió el contenido. Platicaron por espacio de una hora de diferentes tema,; de la siembras, de las lluvias, de recuerdos amorosos y de la muerta con vida.

“Vámonos, quiero llegar a tu casa a la oración para hacer así mejor mi trabajo”, pidió el curandero.

Una muerte viva

Una muerte viva

Emprendieron el camino quebrada arriba, el curandero adelante, el marido de la casi muerta atrás. En la entrada del pequeño pueblo, el curandero cortó tres ramos de una limonaria florecida. “Camina adelante y diles a todos que salgan de tu casa, solo debe quedar tu mujer, de allí nadie en lo absoluto”, ordenó. El hombre lo miró receloso, pero confiando en  su amigo obedeció y con pasos largos llegó hasta su casa, hizo cuanto el curandero dijo, los pocos vecinos que estaban acompañando a la casi muerta obedecieron, los hijos, quienes ya estaban en la casa, también; solo la hija fue que reacia murmuró: “Ojalá esto que estás haciendo, padre, sea para el bien de todos”, miró de reojo a la madre en la cama y salió.

 

El sol terminaba de esconderse, los pájaros cantaban alegres finalizando el atardecer, una brisa muy fresca acariciaba la arboleda de la aldea. El curandero llegó a la casa de su amigo, todos se le quedaron mirando, él sonrió malicioso y antes de entrar decidió caminar alrededor de la casa cantando un avemaría y golpeando las paredes con los ramos de limonaria; dio tres vueltas alrededor de la vivienda al derecho y al revés. Los vecinos no dejaban de observarlo, esta vez preocupados. El curandero no los volvió a mirar, entró a la casa, sigiloso caminó hasta la cama donde estaba la casi muerta o casi viva, ella pujó cuando lo sintió llegar; el curandero mientras sonreía rozó las patas de la cama con uno de los ramos de limonaria, cerró las puertas y ventanas dejando abierta solo la ventana del cuarto donde estaba su paciente. La mujer comenzó a pujar seguido, entonces comprendió el brujo la verdad, comenzó a decir unas palabras invertidas, extrajo un frasco de agua bendita, lo roció alrededor de la cama y sobre la mujer. Empezó  a rezar el padrenuestro y el avemaría moviendo para ambos lados los ramos de limonaria, golpeó con ellos la cama y empezó a caminar alrededor de la mujer rezando unas extrañas oraciones. La casi muerta movía para ambos lados la cabeza con desesperación sin dejar de pujar, “Desgraciada y cobarde, te metiste a bruja sin conocer la hierba. Ahora decime adónde guardas cuanto tenes”, insultó el curandero. El hombre azotaba fuerte con sus limonarias las patas de la cama, la mujer soltó un pujido fuerte haciendo un raro gesto en el rostro. El curandero la miró sonriente, “te gané”, afirmó señalándola con el dedo índice de su mano izquierda, se acercó a ella y levantó su cabeza, buscó debajo de la almohada y extrajo un pequeñísimo paquete con un extraño olor, lo desenvolvió, en medio de unas ramas de ruda había tres papeles, comenzó a extenderlos, leyó cada uno mientras los colocaba sobre el estómago de la mujer, ella había dejado de pujar y tenía los ojos cerrados; sin embargo, respiraba fuerte.

Pendeja, mañosa, quién te mandó a aprender babosadas”, la regaño el curandero, tiró la bolsita de nailon sin mirar hacia donde ella y leyó en voz alta las tres notas tendidas sobre la mujer. “Oración al puro, oración al justo juez, oración a Monserrat”, refirió antes de pronunciar un extraño conjuro golpeando fuerte con las ramas de limonaria el espaldar de la cama, la mujer dio un suspiro fuerte y expiró para siempre, un fuerte ventarrón se escuchó alrededor de la casa y por la ventana abierta miraron salir unos curiosos a un enorme animal negro en forma de perro que se perdió en un remolino más obscuro que la noche, los jóvenes se quedaron mudos del terrible  miedo que se apoderó de sus cuerpos.

Que en paz descanses y el Altísimo tenga piedad de tu alma”, dijo sonriente el curandero asegurándose de cómo la mujer había dejado de una vez la vida y se había entregado a la muerte. Recogió las tres oraciones y las guardó en sus bolsillos, luego comenzó a abrir las ventanas y puertas de la casa terminando en la puerta principal, allí enfrente de ella estaba la hija de la difunta con las manos en la cabeza dando fuertes alaridos mientras preguntaba por la madre, el padre la abrazaba tratando de consolarla. “No llores por esa infeliz que todo ha terminado para ella, aparte de vaca era una bruja arrepentida que nunca practicó ni para bien ni para mal cuanto aprendió, por eso el cielo se la disputaba con el infierno causándoles ese dolor y ese sufrimiento; pero ya todo terminó”, dijo fuerte el curandero. Miró al cielo, la luna asomaba brillante entre las escasas estrellas. “Deben ser las siete de la noche y debo regresar a casa”, dijo. “Cuánto te debemos”, preguntó el marido de la muerta. “Nada, hombre, nada, para eso se aprenden estas cosas”, argumentó, mientras empezaba a caminar despacio siguiendo el camino de quebrada abajo.

 

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