La resiliencia es un tema que en los últimos años se ha tratado mucho en el ámbito de la psicología. Se refiere a la capacidad para reponernos de sucesos estresantes, tomar lo mejor y lo peor de dicha experiencia para convertirlo en aprendizaje y seguir adelante. Lo que pocas veces nos dicen es que esta capacidad, como muchas otras, está íntimamente relacionada con la inteligencia emocional, además de que es aprendida y es necesario practicarla para que pueda resultar saludable para nosotros. En la práctica clínica he logrado apreciar la gran cantidad de adultos que sufren por no saber cómo manejar algunos asuntos naturales de la vida y, explorando su niñez, hemos reflexionado que ello se debe principalmente a que sus padres, en el afán de facilitar las cosas, impidieron que pudieran enfrentar y resolver situaciones problemáticas comunes;  en otras palabras, pensando que protegían al niño del dolor evitaron que desarrollara recursos que utilizaría a largo plazo para resolver y afrontar problemáticas de adulto.

Hijos reflexivos, adultos resilentes

Hijos reflexivos, adultos resilentes

Entonces, tomando en cuenta que los padres tienen la gran responsabilidad (entre otras tantas) de desarrollar en sus hijos la resiliencia, podemos comenzar educando al permitir que los niños pierdan; ya que a veces los padres tratamos de que nuestros hijos no sientan lo que es perder ya sea en un juego, cosas materiales o incluso personas. La pérdida y el duelo son parte natural de la vida y experimentarlo a temprana edad (siempre y cuando sea bien conducido) puede ayudar a formar adultos resilientes. Así mismo, podemos Brindar estrategias concretas para que el niño o joven enfrente una situación difícil; Es posible que los niños no sepan la mejor manera para resolver conflictos y esto lo podremos notar en sus cambios de conducta; pero en caso de que así sea, debemos poder brindarles alternativas realistas y concretas para resolverlas. Esto quedará almacenado en su memoria y podrá regresar a estas herramientas de vida más adelante. Por otro lado, también es importante Dejar que las emociones fluyan pero no permita el anclaje, todos hemos conocido a aquellas personas que guardan rencor por mucho tiempo o que perduran enojados por días o semanas; son estados emocionales a los que no debemos aspirar y que nuestros hijos no merecen pues se derivan de una pobre inteligencia emocional. Por el contrario, enseñe a los hijos que hay situaciones que no merecen la pena y otras tantas que sí.

La vida cotidiana nos brinda grandes oportunidades para desarrollar y reflexionar en la resiliencia. No desaproveche todos aquellos momentos donde los hijos pierden en el partido, tienen un pequeño accidente, extravían la mascota o discuten con sus amigos; por el contrario, todos estos instantes forman parte de la escuela de la vida que los ayudará a discernir y crecer en la inteligencia emocional. ¡Qué dicha poder estar junto a ellos para apoyar en este gran proceso de aprendizaje!

 

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