Al igual que muchas empresas grandes, medianas y pequeñas, el seny –o parte de él- también se ha mudado de su sede catalana –esperemos que temporalmente- y se ha alojado, multiplicándose, en muchos rincones de España; en todas aquellas plazas, calles y comunidades que reclaman la vuelta a la sensatez, al diálogo y la convivencia pacífica.

Con el seny exiliado, ténganlo claro los independentistas en Cataluña, se cuenten o no por millones, que ya sabemos cómo se manipulan las cifras: ¡así, no! Por las malas, no. Fuera de la ley, no, NUNCA. Cataluña jamás será independiente por la fuerza, violentando las leyes de un Estado democrático.

Nadie en Europa y en el resto del mundo civilizado respaldaría su República, salvo algún Estado paria. O, quién sabe, Rusia, que, según The Washington Post, el periódico que tanto le gusta al conseller de Asuntos Exteriores  Raül Romeva, anda detrás de todo este movimiento independentista para desequilibrar a las democracias occidentales.

“Evidentemente Moscú percibe el movimiento catalán como otro vehículo para dividir y debilitar la democracia occidental”, escribió el Post en un editorial el pasado 2 de octubre, titulado:  “Cataluña mantuvo un referéndum. Rusia, ganó”.

He aquí mi punto de vista sin ambages, ni paños calientes: Me temo que Cataluña jamás será independiente, ni por las buenas, así se acuerde un referéndum legal, del que hablaré más adelante, ni por las malas.

En primer lugar, y más importante, porque más de la mitad de los catalanes no quiere independizarse. Pero aún desequilibrando la balanza del lado del independentismo, dudo que se llegue a un acuerdo por la secesión. No es por el empecinamiento de Rajoy y su Partido Popular, que se han mostrado muy alérgicos al diálogo. No. Sencillamente, no le interesa en absoluto a la Unión Europea.

Un catalán de nacimiento como Manuel Valls, el ex primer ministro francés, advirtió en declaraciones a diferentes medios galos, que si se permite la independencia de Cataluña, le seguirán en sus reclamaciones los vasco franceses, los corsos, el norte de Italia, además de (esto lo agrego yo) los sardos, los flamencos, los bávaros, una parte de Holanda, y un largo etcétera.

Una cascada así, sería el fin de la Unión Europea y, lo que es peor, el temor al final de 70 años de paz porque la UE nació de la necesidad de cerrarle espacios al odio y el enfrentamiento, después de dos guerras mundiales. Los vecinos europeos no quieren otros Balcanes. No será nunca, ni por asomo, el caso de España con Cataluña, ni histórica ni militarmente, pero el miedo es libre.

Valls lo dejó bien claro en la televisión francesa. Si se abre ese melón en Europa, el de los nacionalismos que tanto sufrimiento nos han traído, “c’est la guerre!”.

Así pues, la crisis provocada por el iluminado de Carles Puigdemont y su corte de quiméricos quijotes irresponsables está sirviendo de laboratorio de pruebas más allá de nuestras fronteras para entender el perjuicio que supondría para la ardua convivencia europea el que una de sus regiones se separe y, además, lo haga al margen de la ley.

Quien sabe si a la postre –la Historia lo dirá- haya sido buena la “desmesurada” actuación policial del 1 de octubre sirvió para abrirle los ojos al mundo. En un primer momento, para condenar la actuación policial,  sí, pero luego dio paso al análisis de los motivos y el mundo descubrió cómo un gobierno chusquero, secuestrado por radicales independentistas, se puso por montera las leyes de un modélico y ejemplar Estado democrático, como lo definió el portavoz de los liberales, el eurodiputado flamenco belga Guy Verhofstadt. “Soy un gran admirador de la democracia española”, dijo.

Quien sabe si también ha sido positivo que haya salido fuera de las casas todo el debate contenido en la sociedad catalana sobre su futuro. La desmesura ha provocado lo más inaudito: que la mayoría silenciosa hable y lo hizo de forma contundente el pasado 8 de octubre en una manifestación. No se han visto ondeando tantas banderas españolas en los balcones y la calle de todo el país, desde que la selección española ganó el Mundial de Sudáfrica en 2010.

No puede negarse el sentimiento de una parte importante de la ciudadanía catalana que aspira a tener un país propio. De la misma manera, tampoco puede negarse el sentimiento de la otra parte de esa ciudadanía, que se opone y quiere continuar dentro de España. Y tampoco puede negarse el sentimiento y la opinión del resto de ciudadanos del país que, con sus impuestos y su trabajo, han contribuido al crecimiento de Cataluña.

Se ha dicho, hablado y escrito hasta la saciedad sobre las implicaciones de una secesión forzosa y de cómo la carencia de diálogo y negociación han derivado en este reto independentista. Son muchas las voces que reclaman, además, un referéndum legal como única salida a esta crisis.

Pues bien. ¿Por qué no? Parlem, hablemos. Y pactemos. No uno, sino dos referéndum legales. Quizá hayamos llegado al momento histórico de hacerlos.

El primero con dos preguntas dirigidas a todos los españoles: “¿Quiere usted que el Gobierno de España negocie un referéndum de autodeterminación para Cataluña?”. ¿Sí o No? Y la segunda pregunta: ¿Aprueba usted una reforma constitucional para convertir España en un Estado federal? ¿Sí o no? Las respuestas a ambas preguntas nos darían la pauta de por donde ir.

Está claro que el resultado no le gustará a los independientes, que querrán un referéndum específico para Cataluña sobre si sus ciudadanos quieren o no que se convierta en una República.

“Nadie en Europa y en el resto del mundo civilizado respaldaría su República, salvo algún Estado paria”

En ese caso, los demócratas convencidos deberíamos decir que sí. Es más, para contentar a los independentistas lo deberíamos hacer de acuerdo a sus preferencias: siguiendo el modelo de Quebec.

Perfecto, entonces. Sigamos ese modelo. Acudamos al Tribunal Supremo de Canadá, que definió las condiciones “leoninas” de cómo debería ser un referéndum http://laws-lois.justice.gc.ca/eng/acts/C-31.8/FullText.html. Porque aquí, no se trata de votar con una mayoría simple si los gatos pueden ir en autobuses urbanos con sus dueños. De lo que se trata es decidir sobre algo muy trascendental para la vida de los ciudadanos de todo un país.  Y para ello, tanto el número de votantes como el porcentaje del sí a una hipotética independencia deben ser muy elevados.

Ya hemos visto cómo por unas décimas, el Brexit fue aprobado cuando el margen para validarlo tendría que haber sido de, al menos, tres cuartas partes. De ese inmenso error se arrepienten ahora muchos británicos. Llegado el caso, si algún día llega, apliquemos el seny  en una hipotética negociación sobre Cataluña.

Sigue Leyendo a Enrique Merino