Un país situado al medio de Sudamérica, si, podría decirse incluso que es el corazón de la región, aunque no mucha gente lo registre ya sea porque es pequeño, quizás también porque resulta poco relevante a los menesteres internacionales o bien porque cuesta publicitar su cultura más profunda. Una de las pocas maneras de saber algo de esta zona son los indígenas, sobretodo las cholitas, unas mujeres morenas que utilizan polleras largas y sombreros negros que a veces tienen variaciones de tonos hacia el gris o café; si esto todavía no despierta cierto reconocimiento, ellas también modelan dos largas trenzas que muchas veces suponen discusiones sobre qué tanto será de ellas y qué tanto será bendición de una peluca. Visten, además, un “atado” o sea una suerte de manta que amarran a sus espaldas para llevar todo lo que a uno se le ocurra ¡si hasta sirve para cargar pequeños bebés!

El cementerio de elefantes en Bolivia es un lugar clandestino, donde la gente va a morir.

Hombre sentado con una botella y un cubo

Las cholitas son casi lo único que gente foránea reconoce de este país. Casi. El otro elemento diferenciador, que ya lleva más de una década, es su estimado presidente, Evo Morales. También con ascendencia y descendencia indígena, éste sujeto ha situado un pelín más a Bolivia en un marco internacional; sin embargo describir sus andares cuasi juveniles sosteniendo el cetro de poder de esta zona vulnerada supondría perder el hilo de esta historia. Tal vez, si la libertad de expresión y su señoría Morales lo permitiera y el estómago de quien escribe es lo suficientemente fuerte para relatar la situación actual, llegará a futuro una historia poco colorida del contexto social y político. Quizá.

Bueno, entonces a lo que íbamos, los mitos que son verdad. El cementerio de elefantes ¿qué pasa por la cabeza cuando uno escucha esto? De repente puede cruzarse por la mente de quien es más letrado que esto tiene que ver con la mitología africana y el mito popular de que los elefantes escogían ciertos lugares para pasar sus últimos días y si, tiene que ver con muerte pero no precisamente de animales. El cementerio de elefantes en Bolivia es un lugar clandestino, una suerte de hotel -cuyo paradero pocos conocen y al cual solo se puede entrar conociendo una clave- donde la gente va a morir en una instancia que poco tiene que ver con encontrar la luz de una manera fácil, rápida e indolora; a estos sitios recurren sobretodo indigentes, bebedores o marginados quienes son considerados lo más bajo de la sociedad.

Su método de despedida es sencillo pero no por ello menos lúgubre, voluntariamente estas personas llegan al lugar, donde pueden o no encontrarse con más desgraciados que comparten el mismo sentimiento. Una vez decidida su suerte, quienes administran estos sitios los encierran en un cuarto abstrayéndolos de la realidad y quitándoles la noción del tiempo para luego proporcionarles alcohol puro, un poco de agua y “yupi” (un saborizante artificial para disimular el sabor y olor de la bebida) Parece novelesco y de hecho lo es, pues en una historia corta el escritor boliviano Victor Hugo Viscarra, describe estos centros de muerte como parte de sus experiencias de vida. Si existen. De hecho en las noticias se ha dado cuenta de los terribles sucesos en estos antros y a pesar de su conocimiento siguen operando. Aquí la frase de beber hasta morir cobra una connotación horrorosamente verdadera.

“Las cholitas son casi lo único que gente foránea reconoce de este país.”

Pero ¡no se asusten! Bolivia no es solo un sitio tenebroso y tétrico, es también un lugar donde los extranjeros pueden llegar a encontrar diversión desmedida y loca. Nuestro vecinos, de hecho, reconocen que en esta zona hay una gran riqueza de estupefacientes, después de Perú y Colombia, Bolivia ocupa el tercer lugar en producción de cocaína. Hay plantaciones gigantes de coca y accesibilidad monetaria para conseguir marihuana, característica que por supuesto jamás pasa desapercibida para los turistas ávidos de experiencias “extrasensoriales.” En el altiplano, específicamente en La Paz, se conoce de un bar en movimiento, uno al cual solo pueden acceder aquellos que porten un pasaporte que señale su procedencia. Siempre que sea argentino, mexicano, marciano, etc. estará bien. Todo menos boliviano. Allí, los fieles siervos y servidores del local se ganan el amor y respeto de sus visitantes al ofrecerles cocaína por gramo en una bandeja de plata además del trago que desee para acompañar a la dama de blanco. El nombre es susurrado entre los jóvenes de esta población pero llegar es cosa de titanes, hay que hablar con los dueños de hostales o bien con los taxistas de turno quienes, dicho sea de paso, son los que mejor conocen las movidas nocturnas.

Así es Bolivia, muertes clandestinas por un lado y fiesta en compañía de líneas blancas por el otro. No obstante, esto no es todo, este es un país con tradiciones, culturas y movimientos extraordinarios nunca antes vistos. La política es diferente, la sociedad arraigada en el indigenismo es variada ¡hasta el socialismo se hace de manera peculiar! Aquí hay historia, algunas tristes y escalofriantes, otras sorprendentes y coloridas, será hasta la próxima para que vuelva con la explicación de lo que es un carnaval para mi gente, cómo funcionan los mal andares de gobierno (es de película, lo digo en serio) o bien lo caótica que puede resultar la vida en estas pequeñas calles.

 

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