“Sed.”
Bajo témpanos de sol una calle desafiaba con su frío. Se mantenía rígida, apenas su tétrica
palidez oriundaba flexibilidades con grisáceas paciencias. Y se distanciaba ante los soles, y
acercaba su voz silente cuando aguas por debajo la ignoraban plegante.
Por encima, las temperaturas hacían vahos donde asfaltos horizontales resquebrajaban
tesones asfixiados. Las calles en esquinas se fundían, y contra ochavas concluían sus
desarrollos para perpetuar, continuar; hacerse edilicia grisatura sobre veredas, sobre paredes.
Quizás algunas puertas hubieran permitido adentrar rutas sin sosiego aunque irritasen sus
planos imposibilitando andanzas de vehiculares movimientos deteriorándolas con mayores
sofocaciones. Porque había un orden solar, un designio astral. Una determinación, un destino.
Y una víctima.
Estaba la calle balanceando sus últimas plegarias contra ese enigma ambiental solventándose
en auxilio por impudente y maltrecha, por asfixiada y a punto término. Y algún final vendría, sí.
Alguno presagiado y experimentado. Alguno sin consuelo, sin perdón con aceptación. Vendría
ese fin, alguna vez; desde veces reconocidas como decisiones prepotentes para agrietar la
gélida tiesura hasta abismar su tempánica tez de calle asfáltica.
Por encima vendría, sí, seguro, por supuesto; y vendría para fulminar los últimos silencios
impronunciados, y los primeros silabeos callados.
Sí, por encima vendría –determinántemente-, como había estado viniendo con una
designación implícita para deshacerla derritiéndola y desautorizándola.
Y mientras ese aparente témpano insolaba, la agrietaba con su omnipresencia; clandestino
asfalto queriendo ser ruta fría donde paseadores con vehiculaciones anduvieran. Y siempre
con firme convicción de saberla calle de fríos rumbos donde poder seguir reiterándola
permitida frialdad sin vahos.
“Sedes.”
Sobre sus horizontes calóricos se derriten los paseantes. Se disgregan, se dividen hasta
separarse con vanas estimaciones acerca de aquella ruta fría por estable. Aquellos rumbos,
aquellos ensueños predilectos.


Por encima, las personas caen ante ese calor que como témpano descompone organismos
gregarios. Los hombres atan sus manos en las puertas para que los desmayos conozcan un
socorrístico presente desafiando al imperativo auge del sólido calor con brumas de oxidados
vientos de acero de infiernos. Las mujeres trepan sobre ventanas, y se adosan, se asientan y
convencen acerca del despótico vendaval con calores de un calor temperamentalmente
elevado que desciende hasta reflejarse desde ese asfalto que jamás ha podido retenerlo. Y la
calle es refracción, es repetición potenciada de esos fuegos del mismo fuego sol haciéndose
vaho, y amurallando asfixias con imperativos de un decidor destinal.
Por encima, esos soles. Por encima de ellos, por encima de nosotros, esos astros inclementes
rugiendo climas inadecuados para desprender nuestras libres direcciones; y cautivarnos en el
letargo de un final friccionado junto al agua que nunca ha podido desenvolverse, desprenderse
y acercarse. Verterse sobre cada uno, sobre todos. Y para que los mismos accidentados
puedan remediarse como si una medicina fuese contra inclemencias siderales. Pero nunca ha
devenido, jamás. Y el asfalto lo ha sabido, y en todas las calles se ha vaticinado sin atisbo
solventor este declive ante ese rugir dándose y batallando contra soldados prontos a
derretirse.
Y se arremolinan paciencias en capsulares gritos que sin sonido alguno se desprenden. Y las
paciencias se encapsulan con gritos sin expeler sonidos para desprenderse. Y las cápsulas sin
gritos sonoros se esparcen. Y los gritos insonoros se derraman. Y, y se desprenden, y, y se
expelen, y, y se esparcen esos derrames arremolinándose hasta acabarse holocausto.
“Sedante.”
Aquella agua sedará por debajo de la misma calle. Bajo el mismo asfalto, la misma ruta, la
medicina se reconocerá siendo remedio donde no habrán ni noches ni fríos, sino aguas
sedimentadas por debajo augurándose protectoras.
Esas corrientes devendrán desde los bajos de cada calle y vereda, hacia paredes y puertas.
Hasta las personas irán recorriéndolas como si rutas fuesen para sedarlas componiéndose
libertarias por librarse con son libre ante hegemonías solares. Corrientes de agua, efluvios de
calma; socorros medicinales, vendavales fríos; auxilios contra asfixias, vientos con lumbre de
agua para aquellas calles que volverán a serlo hasta una plenitud briante.
El agua se ahondará debajo de cada esquina, de cada ochava para desde puertas verterse
sobre clementes horizontes donde los rumbos lo seguirán siendo. Y las rutas lo continuarán
siendo cuando las calles lo han sido. Por estar firmes, por haberlo estado; y por proseguir
estando debajo de vahos y tormentas de calor; debajo de nubes de fuego y noches de luces
calóricas. Por estar, estar y seguir siendo calles buscándose en las ochavas, en las esquinas, en
esos fines que son principio cuando ese remedio surgiendo desde los bajeríos medicinará cada
vertical despotismo con fiebre aguacera.
Sobre sí, aguas recorrerán con salud los infiernos despidiéndose. Agua que verterá gotas hasta
comprenderse gota que entre todas ensimismadas despejarán.
De témpanos punzantes contra el único solar, irán aguas vertiéndose hasta rearmar esa calle.
Ese camino donde esos rumbos se establecerán siendo rutas paseantes.
Sobre sí, ese silencio deshará el pujante sol con prepotencia por entonces doblegada. Sobre
ese grito la calle ordenará en las esquinas, ochavas; y sobre paredes, puertas con ventanas.
Para decir, para decirse y ordenarse como senda amena, ruta dada y rumbo remediado