Dentro de la curva de mi blanco pasillo nada ignora balancearse. Veces que invaden
con la ilusión de verme lineal se trastruecan en veces imposibles. Cada roce
convierte la blancura de la senda en homogénea realidad que nunca convence por
indeseable.
Avanzo. Las redondeces de la pared se vierten como colas de unicornios
caminantes. Se dilatan. Sus vueltas insocegables jamás perecen por pertenecer al
rumbo de la verdadera rumia que contrae hasta desplazar cualquier intento de
olvido. Es que somos uno, somos uno mientras piense lo contrario, mientras ufane
el lineamiento del cuerno de los unicornios, o tal vez sus alas para atravesar los
techos. Pero siempre manteniéndome en una recta dirección curvada.
No avanzaba realmente. Desde que había iniciado el caminar, ese pasillo angosto y
blanquecino conducía hacia el primer pisar de los pisares a todas las andanzas. Y lo
había notado. Lo supe desde que la historia de cuantos pasos di, doy o daré, se
habían citado entre ellos para desprenderse de cuanto estuviera a mi alcance, lejos,
alejado de cuanto pudiese dominar.


He estado en un pasillo curvo persiguiendo una linealidad, un lineamiento en el que
la propia elección y su hecho se mancomunaran. Pero nunca lo he conseguido.
No lo alcanzaré por mayor pretensión jamás lograda, porque la división entre una
línea y una curva –como emblemas de capacidad de gobierno y de imposibilidad
frente a éste- continuarán presentándome como un débil potrillo. Como a un animal
de carga quizás esta situación me haya dominado, hecho esclavo de todo antojo
deseado.
Avanzo sin avanzar y sintiendo que los relatos idos y por venir de toda historia se
desprenden desde cada protagonista como si el vuelo de un corcel alado usurpe
desvinculando cada opción hecha.
Avanzo, aún cuando creo no perderme detrás de lo sabido, cuando persisto en
hallar ese lineamiento dócil y dado para serme empleado. Y no avanzo cuando
reconozco que la curva conduce hacia otra curva hasta los límites de mis
ejecuciones optativas.
La linealidad curvada no será mi vida, entonces, será otra historia. Y éste es el real
lamento del caballo cabalgado, pero no del unicornio.
Él vuela, hace y deshace a su antojo sin prescripciones ni réplicas. Ronda curvas
libres pero siempre detrás de la línea de su cuerno director.

 

Sigue leyendo a Federico Laurenzana