En esta maldita ciudad donde las prisas, los codazos, las malas miradas y la competitividad es el pan nuestro de cada día. Como en cualquier ciudad de las llamadas desarrolladas del planeta. En una de esas ciudades que importa el nombre vivía un muchacho llamado Harry.
Harry era de aquellos niños raros de los que todos se burlan, pero Harry apenas hacia caso a su entorno se encerraba en si mismo como una tortuga en su caparazón.

Su niñez y adolescencia pasó como un sueño y como pasa la vida sin apenas pestañear se hizo un hombre. Un hombre que luchaba el día a día por poder trabajar y así poder ir viviendo a duras penas dentro de una sociedad intransigente y competitiva. Pero Harry al igual que fue de niño, ya siendo mayor era un tanto especial una persona soñadora pero a la vez muy tenaz, creativo e inteligente. Ingredientes que daban a su vida mas de un sentido por vivir.

Harry se dedicaba a la conducción profesional cuando no trabajaba con el camión, lo hacia con el taxi y así fue cotizando a la seguridad social poco a poco hasta un total de 19 años, hasta que un día estando trabajando con el taxi le notificaron que iba a perder el carnet de conducir y llego el día que le retiraron el carnet de conducir por acumulación de sanciones esto ocurrió durante la época estival.

Para Harry esto no fue un varapalo muy grande dado que estaba muy ocupado con sus proyectos publicitarios una conocida agencia publicitaria le había encargado un brief para un anuncio de televisión y Harry estaba volcado en escribir el guión literario y hacer los bocetos del story board para la idea del anuncio que posteriormente se diseñaría digitalmente.

Entonces Harry pensó en comprar una vieja bicicleta que Berta vendía a un buen precio, una flamante y antigua bicicleta de paseo morada de la cual Harry se enamoró a primera vista. Así fue como Harry adquirió la bicicleta y la primera vez que montó en ella, percibió una sensación mágica.

Tan mágica fue esa sensación que se fue repitiendose un día tras otro, hasta que una noche de verano muy calurosa, Harry hizo una reflexión mental.
Diciendo para si mismo:
“¿Porque será que cuando subo a la bicicleta siento una sensación extraña?  Aunque creo saberlo. ¡No hace falta bicicleta que me demostréis nada!”

Al instante de acabar Harry su reflexión. La bicicleta comenzó a ascender del suelo y suspendida en el aire, volaba hacia donde Harry la guíaba si quería subir mas bajaba el manillar y si quería descender subía el manillar, y girando el manillar a la derecha o la izquierda hacia allí se dirigía.

¡Caray! Nunca pude imaginar que esa bicicleta morada era mágica …

Mas que mágica.

Mi bicicleta ¡Volaba!

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