CAP- UNO

Estaban reunidos el señor Radio, la señora Lámpara, el señor Suéter y la joven Cortina; cuando llegó Pantalón. Se trataba de un reducido grupo de ancianos adinerados –salvo por Cortina, claro– que se juntaban todas las tardes para beber; y hablar del mismo tema que habían dejado a medias el día anterior.

Al centro de una salita de sillones y divanes forrados con una tela de terciopelo azul, se encontraba una mesa fina de damasco: de patas profusamente talladas con volutas; y oleorresinosa como si estuviese recién barnizada. Tenía un cenicero de cristal en medio, así como unas garrafas de plata con forma de mujer.

Radio, que era el anfitrión, fue el primero en presentarle sus respetos a su amigo recién llegado, dándole una muy cordial bienvenida.

–Será mejor que cierres el pico de una vez si no quieres que me arrepienta de haber venido –comentó Pantalón–. Deja ya de abrumarme con tus ridículas formalidades y mejor invítame un trago… Eso sí que me haría sentir bienvenido.

–¿Será Brandy?

–Me estáis puteando Radio, ¡De ningún modo! Ginebra.

–Seguro que vienes ebrio… ¿Has bebido camino acá? Sí, como de costumbre –intervino Lámpara con un delicado matiz de desdén. Pese a todo, el tono de su voz sonaba imperioso.

–Padezco de todo menos de abstemia… afortunadamente. Pero, hoy no he bebido nada, salvo unos cuantos tragos de juventud –confesó Pantalón.

El Gato Viejo - Cap 1

El Gato Viejo – Cap 1

Pantalón era un hombre sincero para sí, y se daba cuenta de que no sentía remordimiento alguno por ello. De rostro agraciado y de buena planta. Tenía los ojos verdes-azules, más azules que verdes. En su juventud, había sido la clase de joven que siempre tenía un aspecto pulcro, también era distinguido, casi tanto como vanidoso. Entendía bastante bien como ser galante y cordial. Claro que… ahora, el paso de los años y toda una larga vida de experiencias, le habían convertido en alguien despreocupado cuyo carácter casi rayaba en atrevimiento.

–Estás muy hermosa esta tarde –añadió refiriéndose a Lámpara–. Ojalá te hubiese encontrado ebria. Tal vez así, con la ayuda del alcohol, desaparecerían las arrugas en mi cara y me verías como cuando tenía yo veinte años. –Miraba de un modo penetrante. Era una de esas miradas que hacen que las mujeres sientan que traen los pechos de fuera.

El nerviosismo de Lámpara no pasó inadvertido para Cortina. Casi siempre, la jovencita se limitaba a escuchar lo que decían los viejos –una conducta prudente a su edad–. Sin embargo, cada vez que escuchaba al señor Pantalón hablando de ese modo, se preguntaba si tan solo se trataba de un inocente coqueteo; o realmente existía una genuina atracción entre él y Lámpara.

Resultaba difícil no ver entrambas.

La señora Lámpara no parecía corresponder a los probables sentimientos de Pantalón. Todos sabían que era una mujer demasiado religiosa, una excelsa y fiel cristiana. «Demasiado como para pensar tener una aventura», pensó Cortina, «Posiblemente ningún hombre la ha tocado en su vida». No eran pensamientos que una muchacha de su edad pudiera compartir con una mujer.

Y menos con una mujer como aquella.

La música empezó a sonar. Escuchaban el segundo movimiento de la séptima Sinfonía de Beethoven.

(Continuará)  Sigue descubriendo todos los martes esta saga de cuentos de “El Gato Viejo”.

Sigue leyendo a Habid Marín