Sinopsis del libro: Asesinos a sueldo, lujuria, traición e intriga son los ingredientes que componen el primer libro de la saga Touched with fire. Un amanecer rojo y un campo lleno de cadáveres advierten el solsticio de verano, un ejército se prepara para librar una guerra imponderable y las alianzas nacen y se disuelven como nubecillas de humo.

La isla de Vílion, asolada por el caos y habitada por diversos seres mágicos está por re-vivir una época de terror tan brutal y grotesca que no se había visto hacía más de mil años

 

Adelanto Especial del capítulo: Bráken.

La muerte de la princesa nos entristeció mucho a todos, mi señor —dijo Rógimstein (el estatúder) frente al consejo del rey—. La causa de todos los problemas es toda esta tristeza, no hay duda. Esta tragedia tiene a los ciudadanos al borde de la locura; anoche tuvimos tres peleas en diferentes tabernas las cuales dejaron nueve muertos, apuñalaron a un hombre cerca de la plaza principal y encontramos la cabeza de una mujer en la provincia de Yen, por lo visto nadie sabe su nombre ni tampoco como llegó allí. También hubo tres violaciones, un ahogado, y un niño herido que al parecer jugaba con espadas embotadas y se ha sacado un ojo.

«¿Quién se saca un ojo con una espada de esas?», se preguntó Colmillo.

—¡Cállate Rógimstein, te garantizo que nadie quiere saber nada del tema —exclamó Joran—, no es culpa nuestra que no puedas mantener la paz!

—En estas condiciones me temo que ningún hombre podría mantenerla —dijo, testarudo—. Necesitó más hombres, ya he perdido bastantes en estos últimos días.

—¡Te cederé unas cuantas espadas bajo mi mando con tal de que cierres la boca! —le sugirió Joran en tono acre.

El rey Itmon se encontraba sentado en la silla de oro, ahora estaba seguro de que jamás olvidaría esa sensación: ¡sangre y metal!, ¡frío y calor!; su daga desgarrándole el cuello a su propia hija. Llegó a perder la razón durante un rato, el mero recuerdo lo hacía estremecer, y cada vez que pensaba en ello, un escalofrío se le trepaba en el cuerpo y lo recorría todo.

A partir de la muerte de Ádelitt, esta era la madrugada número veinticinco. Ya se le habían hecho los honores; su cuerpo, envuelto en una sábana blanca cubierta de flores y guirnaldas había sido llevado a la cripta, y sepultado junto a la tumba de su madre, pero el ambiente todavía olía a lágrimas negras.

«Esto debe ser lo que la gente llama la sombra de la noche», concretó Itmon.

El rey les contó a todos que su hija había muerto a manos de Sirlott, quien ahora era llamado Traidor. Resultó ser una historia tan convincente, que incluso él mismo se atrevió a intentar creerla, pero el calor en sus manos le recordaba que él lo había hecho, que él la había matado. El fuego de las antorchas chisporroteaba en el salón, barrido por el viento frío y amenazador que soplaba del este; las noches, pese al verano, eran muy frías.

—¿Y de qué quieres hablar entonces, maese Joran? ¿De las putas? —inquirió Rógimstein con amargo sarcasmo.

—El rey no tiene porqué escuchar tus groserías —respondió Joran—. Tenemos problemas más apremiantes, como presentarle a su majestad el cadáver de…

…Sirlott, iba a decir.

—Del traidor —continuó—. Mis hombres han recorrido todo el puerto, pero sólo encontraron los cuerpos de nuestros hombres.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó el estatúder—. ¿Sabes interpretar rostros desfigurados? Hasta donde sé, el Gigante ardió y las quemaduras les deformaron el rostro. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que alguno de ellos no era el traidor?

Kotler se metió en la discusión:

—Yo mismo inspeccioné los cadáveres que los hombres de maese Joran recogieron de entre los escombros del Gigante, todos llevaban armadura; aparte se encontraron otros cinco cadáveres de hombres que pertenecían a la tripulación del barco, y uno de ellos es el capitán Lúim Ferko, ¡pues le falta una mano! —dijo con una sonrisa fría—. Así que… eso lo acredita todo, ningún cuerpo coincide con las características del traidor, ni con la vestimenta.

Kotler sabía además que las cuentas no cuadraban, debían ser veintiséis cadáveres… aún faltaba uno.

—Régon el estrangulador e Ílik Sietededos eran hombres bajo el mando de Sirlott. El maese Alazásin les metió serpientes en sus camas, y acribilló a otros cuantos con saetas de ballesta mientras dormían —reconoció Joran—. Kotler por otro lado, también mató a unos cuantos.

«Sus ciervos violaron a las esposas y les mataron a los hijos», recordó Joran.

Kotler matabebés fue el mote que le puso Alazásin. El brujo le había quitado la vida a siete u ocho recién nacidos.

«Les arrancó las cabecitas y las guardó en un costalito como si fueran cebollas», recordó Colmillo, y se le salió una risita.

—Te felicito, maese superior, Joran; también a ti Kotler, mi estimado consejero; porque si bien no habéis descubierto nada, cuando menos no habéis renunciado a vuestros recelos —reconoció el rey—. Otro en vuestro lugar hubiera considerado la rebelión de esos cambia capas como sin importancia, poniendo en peligro mi corona.

 

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