Barrio de Belgrano, caserón sin tejas, Sociedad Italiana, principio de los ’90, sábado para más datos. Me cae un hombre muy alterado, arrastrado por su hijito, párvulo de unos diez años o poco menos.

—Mi nene quiere aprender a jugar al ajedrez. ¿Usted es el profesor?

—Sí.

—Bueno, usted vio cómo es este asunto. En el cole ahora está de moda todo eso del ajedrez. Parece que sin el ajedrez la gente no aprende a pensar. Este se me entusiasmó y quiere aprender. Algunos compañeritos juegan bien y este dale que te dale con la cantinela todo el día. Yo no sé ni mover una pieza. Odio el ajedrez. En casa todo el mundo odia ese juego.

No me dio tiempo a preguntarle el porqué, que siguió con…

—…mi finado abuelo fue un fanático del ajedrez. Tan fana que llegó tarde a su casamiento, y justo por culpa del puto ajedrez.

—No me diga —atiné a decir apenas.

—Sí, imagínese. Se quedó jugando un partido… ¿se da cuenta?

“Sí, no cabe duda de que este tipo jamás quiso aprenderlo —pensé—. Ni siquiera dice partida”.

—Y paveando en el club con ese asunto del ajedrez, va… ¡y llega tarde! Mi abuela lo quería matar. Le hizo jurar en medio de la ceremonia que no tocaría más un tablero. Fíjese. Y ahora me aparece este con que quiere aprender… ¿se da cuenta?

Lo miré con curiosidad. Le saltaba un odio visceral por los ojos, un odio acumulado de tres generaciones rigurosamente antiajedrecistas. El nene me miraba como pidiendo ayuda, se sentía la oveja negra. El padre me censuraba con los ojos como si yo fuera el inventor de la bomba atómica o el culpable del hambre mundial.

To Be Or Not To Be

To Be Or Not To Be

Pensé varias cosas. Por ejemplo, “juró no tocar nunca más un tablero pero eso no incluye jugar a ciegas, ¿sería capaz de hacerlo el finado?” También, en preguntarle si su abuelo había llegado tarde a la ceremonia civil o a la religiosa, pero el tipo fue más rápido:

—Hasta el juez de paz tuvo que consolar el llanto de mi pobre abuela. Imagínese. Imagínese.

Imaginé una comedia liviana en la que su abuela terminaba casándose con el juez de paz. Eso sí, frente a otro juez de paz. No se estila casarse a uno mismo. Bueno, seguí pensando, la cosa era grave: de haber sido la ceremonia religiosa, el abuelo ya hubiera estado enganchado y era solo cuestión de pedir nuevo turno con el cura. Pero en fin, quizá…

—Imagínese el momento. Imagínese. Todo el mundo esperando a mi abuelo en el registro civil. Todos habiendo pedido permiso en el trabajo, todo el mundo nervioso, mis bisabuelos que lo querían colgar, primos y tíos segundos que miraban sus relojes, imagínese. Imagínese qué papelón. Y todo por culpa del maldito ajedrez.

El tipo teatralizaba, no cabía duda. Lo había aprendido, quizá de manera inconsciente, de abuela y madre que con seguridad se lo vendrían recalcando por décadas. Aparte del periodismo, no hay nada más eficiente para lavar cerebros que la familia, se me ocurrió. Pero más allá del teatro había algo más. Lo miré y como un rayo se me pasó por la cabeza aquello de: “pero, dígame sinceramente, ¿su abuelo tenía ganas de casarse con su abuela?”

Habría sido la pregunta del millón pero en otro contexto, entre amigos por ejemplo y en son de chacota, cerveza mediante, no ahí. Fui cobarde, forzoso es reconocerlo. Alguien que me quiera dirá no, no, fuiste prudente. Pero no hay duda, fui cobarde.

El tipo estaba con una bronca negra, como si la impuntualidad del abuelo hubiera ocurrido un minuto antes. Andaría el tipo en los treinta y cinco años. Pensé en preguntarle si sabía cómo había terminado la partida de ajedrez del abuelo, si al menos había valido la pena llegar tarde. Pero en cambio opté por:

—Mire, háblelo en casa con su nene y tome la decisión después. Usted tiene la patria potestad. Ese es el lugar adecuado, no este. Nadie los apura.

—¿Pero usted me garantiza de que mi nene no será un fanático como mi abuelo?

—No puedo garantizarle nada. Ni siquiera si su hijo va a ser bueno para el ajedrez. ¿Cómo quiere que lo sepa? —pensé agregar “quizá este nene no llegue tarde a su propia boda”, pero me cuidé de expresarlo.

Me miró como dudando y, tras una mueca, dijo:

—Está bien, lo hablaré con este en casa.

Volví a mirar la cara del tipo, creí distinguir algo más, algo más profundo que simple bronca, indignación o esas cosas con que a veces nos disfrazamos. Advertí miedo, mucho miedo. Dada su edad, el tipo me estaba hablando de un tiempo en que la gente tenía por costumbre casarse antes de engendrar hijos. La sociedad, la ley, todo, apuntaba a que el matrimonio fuera un sacramento, no solo la religión, católica o la que por geográfica suerte les tocara.

Era fácil inferir que sin casorio, la madre de este tipo no habría existido y como consecuencia, tampoco él. Claro, seguramente tampoco el hinchapelota del nene, que tanto quería aprender a jugar al ajedrez contra el casi secular mandato familiar. Todas estas meditaciones mías solo quedaron en eso, meditaciones. El tipo tenía terror a que por culpa del ajedrez pudo no haber nacido. Imagínese. Imagínese qué pérdida.

Por Héctor Zabala