Michel Foucault para el desarrollo de su curso “el nacimiento de la biopolítica” no dejará de interesarse en el cristianismo antiguo y las filosofías helenísticasromanas y lo hará a mi entender, porque de esa transformación sujeto-verdad es innegable que es de donde proceden las causas sagradas que oprimirán, esclavizarán, humillarán y asesinarán a millones de personas hasta nuestros días.

El antijudaísmo en los primeros siglos

El antijudaísmo en los primeros siglos

Que esos primeros siglos de nuestra era liberan un tufillo que apesta es inocultable, ya Nietzsche se jactaba que lo mejor de él residía en su nariz y uno de tanto visitarlo, aunque no pase de aficionado, tiene la ilusión de haber desarrollado las mismas habilidades, ahora bien ¿es la ficción histórica el género idóneo para descubrir el velo de esa pestilencia? Es obvio que no, dirán los doctos, pero yo no la subestimaría pues puede ser una provocadora muy eficiente y como es lo que yo hago, procuraré aquí convalidar y sostener algunos hechos que de manera soslayada se mencionan en mi “nouvelle” sobre el emperador Juliano (331-363) y que merece el lector una mirada, al menos un tanto más minuciosa. Uno de estos temas del que me ocuparé ahora, es el antijudaísmo cristiano de esos tiempos que concluirá en antisemitismo manifiesto en el siglo IXX, el problema de embrión a monstruo.

Para la Iglesia de esos días, los judíos constituían, lo que podríamos llamar: los testigos de la verdad (testis veritatis), por ser quienes probaban la antigüedad y veracidad del Antiguo Testamento, por lo tanto con ello, su cumplimiento en el Verus Israel (Iglesia), por esto era imperioso y necesario preservar al judaísmo, pero al mismo tiempo (la ingenuidad no estaba permitida) la teología exigía que fuera con un rango inferior al de los cristianos. Ahora, salvando las distancias de atrevido no más, me permitiré usar un método al que osadamente llamaré como “nietzscheano-filológico”; para ejemplificar lo dicho viajaré un siglo después y recurriré a San Agustín, el santo en su doctrina llamaba a tolerar a los judíos, hoy este término tiene un concepto positivo pues se lo interpreta como tolerancia, pero en aquellos días no había tal “interpretación” y quería decir con arrogante desprecio: “aguantar”, “disimular”, “soportar”, “padecer”. En fin: “permitir hostilmente aquello que no es lícito”, como se ve, todo muy misericordioso. Hoy si leemos literalmente al santo pensaríamos equivocadamente que fue tolerante con los judíos. Con esta imagen tengo la pretensión de acercar a mi lector a lo que estimo yo, es el contenido nuclear del pensamiento especulativo de la Iglesia con respecto al judaísmo en esos días; y la legislación, con ellos en el poder tendrá la misma intencionalidad.

El antijudaísmo en los primeros siglos

El antijudaísmo en los primeros siglos

Con Constantino comienza el proceso de degradación jurídica de los judíos. Del año 321 es recogida por el Codex Theodosianus la primera Ley en este sentido, inaugurando el proceso de reducción de los privilegios y derechos civiles, políticos y religiosos de los judíos del Imperio.

Los doctores de la Iglesia, condenaron teológicamente a los judíos predicando y promoviendo su aislamiento, debían ser apartados y condenados a la segregación: el ghetto medieval en su génesis.

El éxito del proselitismo judío en esta época, está fuera de dudas (el ejemplo dado de San Agustín va en esta dirección), el judaísmo atraía más que el cristianismo, ¿por qué la copia y no el original? Tenían antigüedad frente a un Dios de fecha reciente, no los podemos juzgar, acaso hoy ¿la sospecha no sería la misma?

De las 66 leyes que el Codex Theodosianus dedica a los judíos (siempre para degradarlos, no se confunda) 14 hacen referencia al proselitismo ejercido contra los hombres libres y 12 a las conversiones practicadas sobre los esclavos. Esto ejemplifica y hace evidente que la atracción de los gentiles hacia el judaísmo, constituyó una preocupación central en la legislación cristiana; la constante insistencia de penas por circuncisión es prueba de ello.

El ético Juliano abolió todas las leyes de Constantino y de su hijo Constancio II referente a los judíos, además anuló la perpetua vigencia de las mismas. Por ello los emperadores posteriores co-gobernantes con la Iglesia que quisieron usar algunas de ellas, se vieron obligados a emitir nuevas leyes.

En un próximo artículo me abocaré a examinar algunas cartas y leyes de Juliano, el último emperador no cristiano que dio Roma, que fue curiosamente ético y moral sin serlo, un dato no menor que me impulsó a novelar su vida.

 

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