“…Desde el curso del siglo II se sabe que Jesucristo es Hijo de Dios, según una generación especial, pero directa; que es Dios también y organizador del mundo por voluntad del Padre y con el auxilio del Espíritu…” Así nos informa Ch. Guignebert en su libro “El Cristianismo Antiguo”, y de esta manera poder ubicarnos en el momento justo que: “…Se funda el dogma de la Trinidad y por ende la fe cristiana va transitando hacia una metafísica cada vez más complicada y más alejada de las afirmaciones apostólicas, quedando definitivamente separada del judaísmo…

El Cristianismo Antiguo

El Cristianismo Antiguo

Establecido y atendiendo de dónde venimos, tomo de la mano a mi lector, saltearemos todo tipo de pesadillas: persecuciones, herejías, violentos sínodos, etc. para darle ahora la palabra (“oficial”) al historiador eclesiástico Sócrates, que nos llevará al año 321 en Alejandría. Nos referirá en primer lugar sobre Alejandro, obispo de la ciudad epónima del magno conquistador:

“…Ejerciendo sin temor sus funciones para la instrucción y el gobierno de la Iglesia, intentó cierto día, en presencia del presbiterio y del resto del clero, explicar, quizá con demasiada minuciosidad filosófica, aquel gran misterio teológico: La Unidad de la Santísima Trinidad…”

El presbítero Arrio, quien tenía fama de poseer “…una perspicacia lógica nada despreciable”, consideró que la postura del obispo Alejandro era herética y ofreció su propia opinión. Prestemos atención nuevamente a Sócrates:

“…Si el Padre engendró al Hijo, aquel que fue engendrado tuvo un comienzo en su existencia; por lo tanto, es evidente que hubo un tiempo en que el Hijo no era. De lo cual se deduce necesariamente que su existencia provino de lo inexistente…”

Pasado a un lenguaje más llano pero igual de verídico, se puede inferir que Arrio nos está diciendo: que el Hijo es de una sustancia parecida (homoiusos) pero no igual (homousíos), por ende inferior. Esto dividió a la Iglesia (instalando el germen separatista) en una violenta y por demás, sangrienta disputa. El obispo de Nicomedia, ciudad de residencia del Augusto de oriente Licinio, puso a Arrio bajo su protección.

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Dos años después, el Augusto de occidente Constantino vence a Licinio quedando como único dueño del Imperio, “…heredando –como bien dice J. Burckhardt- la disensión en todo su esplendor…” El ojo político del nuevo amo absoluto, entiende inmediatamente el inconveniente nacido de esa oriental “minuciosidad demasiado filosófica”, y convoca lo que sería el primer concilio ecuménico de la Iglesia en Nicea (325), que tendrá como finalidad central garantizar sus intereses y entre ellos estará condenar al arrianismo. Igualmente hasta su muerte, Constantino tendrá un comportamiento errante con respecto a esta herejía, ¿el motivo? Y por ahora nadie pudo moverme de esta idea; es que él estaba convencido de que así como un día “el Dios Uno” (Jehová, Zeus, Helios) envío al Señor Jesús, ahora con “ego imperial” incluido, el enviado sería él y lo de Arrio llegado el caso no era para despreciar y de ser necesario, para que cuadre, tan solo había que encontrarle “la vuelta”. Su hijo y sucesor Constancio II curiosamente será arriano y los siguientes emperadores también, con la excepción lógica de Juliano, que no solo para fastidio decretará la libertad de cultos, su idealismo no estaba exento de cierta picardía, como cuando ordenó reconstruir el Templo de Jerusalén; luego dicha herejía desaparecerá de la púrpura en el co-reinado de Graciano y Teodosio, pero solo de la púrpura, pues seguirá existiendo y hasta reapareciendo de la manera más extrema, fanática y virulenta como fue el anomeanismo.

Para finalizar esta síntesis y por favor no se escandalice mi lector, pero corresponde advertirle que la leyenda continúa y, aunque con otra máscara, uno de los tantos arrianos de nuestros días (suele suceder en domingo) con sonrisa amable y librito en mano para obsequiar, este llamando a su puerta.

 

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