Qué magnífico espectáculo, aunque por eso no menos patético el que nos presenta el siglo IV. Comienza con las persecuciones ordenadas por Dioclesiano (Diocles), culmina con la Iglesia en el poder, en el medio: un mar de sangre; “nunca se odió tanto como en este siglo” nos refiere Ciorán.

La Iglesia Frente al último Augusto no cristiano"

La Iglesia Frente al último Augusto no cristiano»

Recorrido por el conflicto entre el feneciente panteón al que sólo le quedaban las inofensivas armas del desprecio y la ironía frente a la intolerancia y la agresividad del cristianismo, su síntesis, con el triunfo de estos últimos producirá un sincretismo religioso, que sumado al prestigio que les irá dando el tiempo (más el “tomado por añadidura” al judaísmo), convertirá a esta nueva moral en verdad absoluta (revelada), además como suele suceder cuando la historia es tradición, se juzgan a los personajes involucrados de manera acorde al rol que tuvieron frente a la disputa, por ejemplo a Constantino muy plácidamente acomodado entre los justos (o, ¿es qué acaso puede alguien tener la osadía de “escandalizarse” por lo de Crispo… o lo de Fausta?) el acervo cristiano lo llamará “el grande”, mientras que por el otro lado, el ético, estudioso y valiente Juliano deberá cargar, entre otras miserias con el mote de “el apóstata”. No escapará a mi honesto lector quien de los dos fue necesario (¿genuflexo?), a los intereses de la naciente Iglesia.

Ya en el siglo XXI, aunque se siga discutiendo si la historia es una ciencia o no, a nosotros “los veraces”, que investigamos y estudiamos con rigor esta época, y no nos dejamos llevar por las habladurías de la chusma institucionalizada, para que no nos tilden de oscuros o densos, es mi intención dedicar una serie de artículos sobre estos temas y sumar a todo aquel, sabedor o ignorante que desee comentar, preguntar, observar y… si alguno se indigna bueno que no es para menos, que venga el indignado y lo diga, porque la idea es debatir para aprender… perdón ¿hay alguien ahí?

 

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