Extraviado, me interno en las letras de Ciorán y tomaré un fragmento de su obra “El aciago demiurgo” (Alianza Editorial, trad. F. Sabater), aquí lo encuentro reflexionando sobre el emperador Juliano.

“…Murió joven, es cierto: apenas dos años de reinado; si hubiera tenido diez o veinte ante él, ¡qué gran servicio nos habría hecho! Sin duda no hubiese ahogado al cristianismo, pero le habría obligado a una mayor modestia, seríamos menos vulnerables, pues no habríamos vivido como si fuésemos el centro del universo, como si todo, incluso Dios girase en torno a nosotros. La encarnación es el halago más peligroso del que hemos sido objeto. Nos ha dispensado un estatuto desmesurado, desproporcionado con lo que somos. Alzando la anécdota humana a la dignidad de drama cósmico…”

Unas pocas y puntuales palabras: “modestia”, “centro del universo”, “Dios”, “anécdota humana”, “drama cósmico”; un estruendo dentro de mí, ¿todo ésto hizo la religión con nosotros? Ordenando estas ideas, me obligo a buscar información (siempre desactualizada) sobre el cosmos:

Una digresión

Una digresión

Tamaño: El límite visible desde la Tierra está a 46.500 millones de años luz en todas las direcciones. Es decir, un diámetro de 93.000 millones de años luz. Un año luz equivale a 9´46 billones de kilómetros.

Cuántas galaxias hay en el universo: El número exacto no es conocido, se estima en varios billones.

Cuántas estrellas hay en el universo: 10.000.000.000.000.000.000.000.000; esto es un estimado, comprenda mi lector que cuando esto llegue a usted seguramente habrá algunas más.

Cuántas estrellas hay en nuestra galaxia (vía láctea): Si todas tuvieran el tamaño de nuestro sol, se estiman en 100.000 millones, pero como todas no tienen la misma masa el número puede alcanzar los 400.000 millones.

¡Caramba!… ¿Mareado? No debiera esto sorprender a nadie porque desde el punto de vista religioso son éstos nuestros dominios, sucede que plasmado así hace un ruidito y es normal, salvo cuando a esta verídica información la enfrentamos con una sola neurona racional a esa otra. A ver, repasemos: “modestia”, “centro del universo”, “Dios”, “anécdota humana”, “drama cómico” (perdón, ¿sobra o falta una s?). Entonces es cuando nos quedamos como el principito con su rosa y no es para menos, porque esto convierte a mi generoso solcito en un punto hecho con mi lapicera sobre ese paredón que está frente a mí, y ahí pegadito a ese puntito ¡sonría mi lector que viene la foto! estamos nosotros. Esta insignificancia cósmica de la que participamos no parece abrumar a nadie, por lo tanto impulsados por nuestra jactancia (y no nos vamos a achicar ahora), ahondaremos sobre el tema. ¿Acaso no somos el centro del universo? Que la modestia no viene con nosotros, es cierto y por lo que se ve y se siente, ¡importa nada! Menos aún cuando nos afirman con autorizada opinión, que el incansable demiurgo de toda esta inconmensurable inmensidad (los que observan el universo son concluyentes, no deja de crear ni en sábado), según corresponde a nuestra innata dignidad, nos hizo a su imagen y semejanza. Hasta aquí nada especial; me gusta lo mitológico, ya sea de Israel o la de las otras muchas civilizaciones, todas tienen naturalmente sus diferencias y sus inquietantes parecidos, pero la primera, por su influencia sobre nosotros es la que nos importa; porque aquí es donde entra en escena un tipo parasitario de hombre: el sacerdote (como se ve, en mi equipo juego con Nietzsche), que falseará todo, incluso su propio pasado como pueblo para introducirlo traducido al plano religioso, ¿se entiende? A partir de aquí y aunque sabemos que “Dios no juega a los dados”, comenzará con arrogante desfachatez la anécdota humana; así Yaveh, mientras continúa compulsivamente expandiendo el universo, de un insignificante planeta elegirá un puñado de gentes, todas muy sencillitas con muy poco dominio de las pasiones, las tendrá de acá para allá, también las llenará de misterios, de culpas (son muchas), les entregará un par de tablas (no será fácil, una de ellas habrá que reinterpretar) y como si

Una digresión

Una digresión

fuera poco les hablará difícil, tan difícil que cada uno entenderá y adaptará a su conveniencia, para terminar pariendo dos delirios con los consecuentes subdelirios, dando paso a miserables intereses (todos muy humanos) que habilitarán la intolerancia, el fanatismo y la muerte y en medio de su misericordiosa buena nueva, ¡aún hoy! le siguen agregando actos a ese “drama (¿con s?) Cósmico”. Bueno, pero en definitiva, deberemos disculpar a los antiguos, eran niños, el problemita y por favor no se “escandalice” mi lector, es el hombre de hoy… ¿qué decís?… que no; más fuerte por favor, ¡qué se oiga bien! ¿Qué no es tan así?… Silencio, hablad hombre de negro. –Antes que nada más respeto por favor,, en todo caso nosotros somos sus víctimas; la culpa es de unos pocos a los que le han colonizado el cerebro… Bien decís eso del respeto, pero se lo van a ganar cuando respeten nuestras vidas, porque sus insensatas creencias con su máscaras de amor y tolerancia, conducen siempre a la muerte, mientras tanto, me es lícito perseguirlos con mi rencor… ahora me diréis, con ese “cerebro colonizado” ¿qué piensan hacer?… ¡Bueno, bueno!… Entonces, no va siendo hora, con todo respeto, de romper con esas cadenas marchando hacia un nuevo orden, hacerle comprender a este ser entre místico y vanidoso, ridículo y pedante, dicho con todo respeto… ¡a éste! que prefiere creer en la Nada antes que en nada, que no tiene el monopolio de la moral; que se le meta en la cabeza, que no es el centro del universo; que entienda de una vez, que la historia proyectada de la humanidad sobre la Tierra, equivale en términos cósmicos al tiempo que dura un fósforo encendido en la mano de un hombre que vivirá cien años; y por sobre todas las cosas: ¡qué la vida es lo sagrado y lo único que debemos honrar por sobre todo!

«Ordenando estas ideas, me obligo a buscar información (siempre desactualizada) sobre el cosmos»

Ahora, volviendo a Ciorán me pregunto: ¿hubiera él podido obligarlos a una mayor modestia? Mi respuesta es no, tenía enfermos frente a él y lo asesinaron. A partir de ahí el cristianismo marchó a la conquista con su fanática intolerancia, cargará sobre su conciencia con millones de muertos, “matar en nombre de Dios es blasfemo” dirá sin sonrojarse el actual Papa después de los atentados en Francia. Hoy, aunque sabemos que son solo “unos loquitos radicalizados”, con unos años de atraso y confirmando una vez más la estupidez humana, por ese igual (parecido-diferente) estadio, viene transitando su primo con la misma despreciable enfermedad. Lo cierto es que gente inocente sigue muriendo y todo el mundo con justa razón mira a las autoridades pero, las cúpulas religiosas aparte de responder con cara “de yo no fui”, que lo nuestro es la tolerancia, el amor, bla…bla… ¿no se van hacer cargo de nada? Las ovejas descarriadas ¿no son su problema también?

¡Santa simplicidad! Fanatismo religioso, locura armamentista, voracidad e indiferencia con la ecología: las ideas con las que hasta ahora se jugó, se han puesto a jugar con nosotros, pero esta vez irremediablemente de continuar por este derrotero, la humanidad (¡nosotros!) amordazada camina hacia su propio funeral.

¿Ofendido?… ¡Oh, no! Perdón, fue solo una digresión, un divagar poco serio pero eso sí, dicho con todo respeto. Sigamos, adelante ¿todo bien?… no pasa nada, todo bien.

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