“Erase una vez una alegoría, dedicada a Escultura”. El Alba. Un momento de enorme esplendor, vivido por la antigua Pérgamo, indudablemente uno de los lugares más impresionantes de toda Asia Menor, siendo fundada por los griegos eolios en el pretérito siglo VIII a.C. y que en el posterior siglo II a.C. ya bajo el dominio de la dinastía de los Atálidas, al imponerse el rey Eumenes I, que la gobernó desde el año 263 hasta al 241 a.C.

Fue cuando esta ciudad se había convertido en uno de los centros más importantes de toda la cultura helenística, cuyo floreciente periodo estuvo relacionado con la genial concepción del famoso Altar de Zeus y Atenea, en donde estaban maravillosamente esculpidos en la base de su zócalo todos los hermosos relieves de la tan célebre Gigantomaquia,  un atemporal y emblemático “símbolo de la victoria de la civilización, sobre la barbarie”, que había sido un genial invento de los griegos, el esplendoroso renacimiento de la cultura ateniense en la nueva e ilustre capital del saber, que a pesar de basarse en el estudio de los clásicos como los geniales escultores Fidias o Escopas.

No obstante, todo el lenguaje artístico de Pérgamo, no había sido en absoluto demasiado clasicista, por el mero hecho de haber adoptado, en cambio, un carácter marcadamente festivo, dando un cierto énfasis barroco,  expresado por una relevante teatralidad y un exagerado y sobrio realismo, que iría tener demasiada influencia, sobre todo, en el arte romano posterior. La llegada de la dominación romana a Anatolia Occidental, no supuso un cambio brusco de toda la tradición arquitectónica y figurativa local.

Por el contrario, bajo el edulcorado barniz romano, comenzaron a resurgir muy progresivamente ciertos elementos de la tradición figurativa autóctona y en el momento en que el poder romano llegó a alcanzar su mayor cenit, todo el arte anatolico se encontraba dominado por el vigente desarrollo de ciertos estilos propios, ayudada avasalladoramente por la introducción hecha por los romanos, en la creación de  tan sólidos arcos y unas exquisitas bóvedas, multiplicándose la construcción de tantos edificios monumentales, cuya magnífica escultura siguió floreciendo en diversos centros como, Afrodisias, Hierápolis y Perge,  favorecida por la utilización de un mármol local de resplandeciente calidad.

En cuanto al retrato, que había sido un arte típicamente romano, también había sufrido un novedoso desarrollo en toda Anatolia, manteniéndose vivo y dinámico hasta los primeros siglos del periodo bizantino. Sin embargo, cuando la ciudad de Pérgamo, estuvo bajo el dominio de Alejandro Magno fue cuando uno de sus bravos lugartenientes llamado Lisímaco construyó entonces una solida fortaleza durante la conquista de Asia Menor e hizo depositar en ella un riquísimo tesoro constituido por tan valiosos 900 talentos, transmutándose enseguida en el principal núcleo de la civilización helenística en todo Oriente junto a la ciudad egipcia de Alejandría.

Años más tarde, fue constituida en la muy ufana e ilustre capital de la Provincia Romana de Asia, saboreando frugalmente durante más de tres siglos de tan floreciente prosperidad económica, que se tradujo en un excepcional renacimiento, en el ámbito de las artes y la cultura, todavía atestiguado por los esplendentes restos de magníficos y prestigiosos monumentos; pues debido a ellos aún se podía apreciar toda la fabulosa habilidad con que los arquitectos griegos y romanos, supieron adaptar todo un área dotada de una difícil situación orográfica, en tan colosal ciudad, rebosada de tan majestuosos edificios y  venerados templos, plagados de tan exquisitas ornamentaciones sagradas y terapéuticas.

Infelizmente, todas las hermosas decoraciones de la mayor parte de estos impresionantes edificios clásicos, habían desaparecido para siempre, sin embargo, aún se podían apreciar los distinguidos elementos de un estilo grandilocuente e heroico, divinamente hecho en la renacentista antigüedad clásica,  que fue capaz de unir la más pura tradición helénica con la tan característica monumentalidad de los avasalladores arquitectos romanos.

El primer asentamiento de que se tenían pruebas concretas correspondía al periodo de la ocupación persa (546-334 a.C.) si bien fuera posible que la extraordinaria Acrópolis de la ciudad de Pérgamo, estuviera ya habitada en la época arcaica, resaltada por el nacimiento de las Polis, la persistente guerra habida entre diversas ciudades, las colonizaciones y la tiranía que en la ciudad de Atenas sería sustituida por un nuevo tipo de gobierno, denominado de democracia. Fue durante la dinastía de Atalo,  que dio inicio a la construcción de tan fabulosos monumentos, que simultáneamente aumentaran todo el poder económico y político de esta importante ciudad, sobre una gran parte de territorio perteneciente a la zona occidental de Asia Menor. 

Tras las victorias de los romanos sobre Sífilo, en Magnesia, el rey cario Eumenes II (197-159 a.C), llegó entonces a controlar un territorio cada vez más amplio que se extendía desde el Helesponto hasta Capadocia y Cilicia, convirtiendo su aglutinante capital en uno de los centros más   dinámicos del mundo helenístico, gracias al floreciente desarrollo del comercio impulsado por la muy racional construcción de unos enormes almacenes, que atrajeron a los más variopintos comerciantes de toda la efervescente cuenca anatolica.

Asimismo, favoreció el desarrollo de una elocuente cultura, al crear una extraordinaria biblioteca, dotada de unos cuantiosos 200.000 volúmenes, que en el año 41 a.C. el romano Marco Antonio, regalaría a la biblioteca de Alejandría como parte de su consumado regalo de boda a la tan astuta reina Cleopatra. Había sido verdad que Egipto siempre estuvo tan preocupado por la enorme influencia cultural que había adquirido la tan activa ciudad de Pérgamo, prohibiendo entonces de forma tan drástica toda la exportación de papiro, empezándose a usar en la ciudad de Pérgamo un nuevo tipo de material para escribir fabricado a partir de la piel curtida de corderos o de cabras, tratándose, ipsus facto, del pergamino, derivado, etimológicamente, del latín “pergamen” y que habría de perpetuar para siempre en la incesante historia de la humanidad, el nombre de la legendaria ciudad de Pérgamo.

Al estar bajo el dominio de los emperadores romanos Adriano, Vespasiano y Trajano, la ciudad de Pérgamo llegaría a alcanzar su máximo esplendor, cubriéndose exquisitamente de un monumental “Asklepieion”, que se convirtió en fulgurante centro curativo, siendo el más célebre de aquella época dorada, llegando a tener esta mítica ciudad en aquellos tiempos una población formada por unos 160.000 habitantes.  

Y la tan ruinosa decadencia, empezó a surtir nefastos efectos, a través de la total disgregación del Imperio Romano, mermada ocasión a partir del cual debido a la feroz competencia de los ricos y ditirámbicos oasis de Petra y  Palmira, todo el comercio con Oriente empezó a disminuirse de forma progresiva.

Tras haber sido una sede episcopal durante la época bizantina, bajo el dominio de León III el “Isaúrico” y Constantino V Coprónimo, se derribaron entonces muchos monumentos antiguos, para recuperar ciertos materiales para la construcción de las nuevas murallas, siendo posteriormente saqueada e incendiada, sin ningún tipo de piedad por los árabes.

Viniendo posteriormente a ser conquistada por los otomanos, pasando entonces a convertirse en un centro religioso de tanta importancia, donde habían tantas mezquitas, siendo años más tarde arrasada de nuevo por tan impetuosas y crueles tropas de Tamerlán.

 

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