La sublime basílica de Santa Sofía, era considerada también como la octava maravilla del mundo,  deslumbrantemente realzada por una luminiscente y etérea cúpula de más de 30 metros de diámetro, que constaba de cuarenta nervios de mampostería, engalanada por cuarenta ventanas, que dejaba penetrar la bendita luz natural hacia su interior grande y tenebroso, decoradas de exquisitos dibujos geométricos,  reforzando así el efecto aéreo de una embriagadora estructura arquitectónica, que parecía flotar por el intangible aire, rodeando el tambor de la etérea cúpula, y arrojando sus refulgentes rayos de luz para dentro del templo, cuando la posición del luminiscente Sol era la más idónea, envolviendo todo el recóndito espacio interior bajo relucientes rayos tamizados de luz natural, donde imaginariamente había un torrente de excelsas imágenes divinas  que descendían místicamente del cielo hacía la Tierra.

Era como se bailasen las dos hileras de dobles columnas, que envolvían hermosamente toda la zona central, enfrentándose en encantadora alienación,  comparado a un grupo de virtuosas bailarinas, donde la excelsa Virgen, miraba de frente al apóstol San Juan Bautista, coronados por cuatro arcángeles, por otro lado, en el intradós de los arcos y pilastras, se representaban diecisiete piadosos santos.

Allá fuera, sin embargo, bullía por la etérea atmosfera que fluía en vivo caleidoscopio de vibrantes efectos atmosféricos, pues si un grupo de nubes ocupaba el pulpito del cielo azulenco, siendo traspasadas por algún rayo solar inclinado, entonces todos los contrastes se tornaban todavía más intensos y todos los claroscuros creaban bajo un clímax lumínico, sublimes juegos de luces.

Las elegantes Katholikón, siempre materializadas con sutiles e intangibles efectos ópticos, eternamente basados en la dimensión divina de la experimental y gran arquitectura bizantina, eran realzados con sublimes mosaicos de atmosfera aparentemente apacible, donde todos los volúmenes habían sido excelsamente bien calculados,  bajo la suprema dialéctica de la sabia regla áurea, donde el tiempo relativo era siempre el exacerbado y hermético escultor de todo lo que era imperecedero. Y todos los translucidos mármoles, fueron traídos de todo el imperio Bizantino, a fin de revestir sus refinados muros, cuyas hermosas columnas del arte bizantino estaban alejadas del naturalismo pues las parte de las hojas de acanto del estilo corintio clásico, su calado, y su falta de relieve, hacían que siempre tendiera hacía la abstracción, siendo hechas con mármol blanco de Mármara, mármol verde de las isla de Eubea, mármol rosa de Sinada y mármol amarillo proveniente del norte de África.

El arte Bizantino fue, sobre todo, un  desarrollado arte de naturaleza religiosa,  profundamente arraigado en la antigüedad clásica, llevando la antigua técnica del mosaico a cumbres nunca vistas antes, transfiguradas en gráciles yuxtaposiciones de policromas teselas de mosaicos,  ornamentadas con motivos “opus alexandrinum”, dispuestas en sutiles armonías, donde todos los rostros eran refinadamente modelados con la degradación del color de la piedra, consiguiendo así la luminosidad de los cuerpos, enaltecido con la soberbia disposición de los cuadraditos de cerámica. La estratégica posición geográfica de la península Anatólica sirvió casi siempre como puente de conexión entre Asia y Europa, favoreciendo tan eficazmente la penetración de las más diversas influencias, desde las de la civilización mesopotámica, como la iraní y la caucásica, ubicadas a Oriente y, también de las civilizaciones procedentes del mundo cretense, micénico primero, y más tarde de todo el espectro helenístico, emplazado a Occidente, bañado por las aguas del mar Egeo, contando con un glorioso pasado que abarcaba unos cinco mil años de exultante historia, reflejada en los grandes imperios griego y romano.

Y de aquella vez, iba él por el engalanado Hipódromo, que en tiempos de mayor esplendor tuvo una capacidad para albergar unas cien mil personas, siendo realzado por la Piedra Million, trasmutada en una fina columna, donde se medía las distancias desde la nueva capital del Imperio Romano de Oriente, representando simbólicamente el nuevol centro del mundo. Fue mandado construir en el año 203 d.C. bajo el emperador Septimio Severo, el cual, tras arrasar Bizancio, quiso levantar un grandioso monumento para recuperar así el favor de tan enfurecida población. Más tarde cuando el emperador Constantino, en el año 324, decidió trasladar la capital del imperio a Bizancio, dio a este espacio sus dimensiones definitivas, es decir, casi 400 metros de longitud y 120 metros de anchura, cuya tribuna imperial era conocida como Kathisma, y se hallaba al sur, más o menos frente al obelisco egipcio de Teodosio II, construido en el 1500 a.C. y  traído de Luxor,  en el 390 d.C. 

La otra columna llamada Columna Serpentina,  del año 479 a. C. era una estatua con tres cabezas de serpiente, que el emperador  Constantino mandó traer desde Delfos y aún por la altiva columna de  Constantino, transfigurada en una columna de bronce,  cuyo lamentable estado se debía a los jenízaros, que solían subirse a ella para demonstrar su valor. La competitiva pista desarrollada a lo largo del eje longitudinal del Hipódromo, era formada por una capa de arena batida sobre un fondo de piedra, y en el centro se encontraba la espina,  una larga terraza ornamentada de estatuas, obeliscos y columnas, que servía de línea divisoria del recorrido de las frenéticas carreras de Bigas.

“…donde imaginariamente había un torrente de excelsas imágenes divinas  que descendían místicamente del cielo hacía la Tierra.”

El tiempo nunca se detenía y tras haber visitado él el precioso Museo Arqueológico, poseedor de una de las mejores colecciones del mundo de piezas clásicas, dando énfasis a ciertas muestras de la gran escultura grecorromana, donde sobresalía las cabezas del dios Apolo, del siglo II, la estatua del emperador Tiberio, del siglo I y también una estatua de la poetisa Safo, de los siglos VII-VI a.C.  acompañado del relieve de un filosofo leyendo,  incrustado en el sarcófago de Sidamara,  creado en el siglo III.

Y se mostraba también el tratado de Kadesh, cuya tablilla reflejaba el tratado de paz más antiguo del mundo, firmado entre egipcios e hititas en el 1269 a.C.  donde entre sus muchas clausulas, se llegaba a un acuerdo, en lo que se refiere al regreso de los refugiados políticos. Y paseaba cerca de uno de los lugares más fascinantes de toda Constantinopla, que no tenía ningún equivalente en el mundo, interrumpido tan agradablemente solo por el goteo del agua, que iba cayendo poco a poco, envuelto en una sensación mística, descendía él hacia la oscuridad por húmedos escalones,  encontrándose ya bajo la cúpula de la gran cisterna, donde el agua de color verdosa era iluminada en parte por una luz azulada, aumentando así el horror a la oscuridad, de modo que le permitía adivinar las filas interminables de las etéreas columnas que había por todas partes, como si fueron metafóricos troncos de árboles, en un bosque demasiado podado.

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