“Erase una vez una alegoría, dedicada a la Escultura”. El Crespúsculo. Como de costumbre ya daba él su tranquila “paseggiatta”, deambulando hacia el sur del Yacimiento Arqueológico de Pérgamo, yendo él por el antiguo camino empedrado donde se veían aún todos los restos del antiguo Gimnasium y todas las ruinas de la antigua Palestra, que daba hacia un patio triangular y donde se habían puesto de pie cuatro colosales columnas.

Todas las termas, piscinas, estanques y lavaderos, habían estado conectados, en la antigüedad, con la propia Palestra y el Odeón,  enaltecido por formas semicirculares y cuya sala anexa estuvo revestida por translucidas losas de mármol, en donde se podía distinguir en los diáfanos bajorrelieves un frenético y saltarín gallo de peleas y los tan enigmáticos Dióscuros, eternamente permanecidos bajo una brumosa “invisibilidad” subjetiva.

El crepúsculo

El crepúsculo

Al otro lado del camino, se alzaba todo el conjunto monumental del templo de Deméter erigido a comienzos del siglo III a.C.  y que fue modificado en los tiempos del rey Atalo I, siendo posteriormente reformado durante la época romana, cuyo espacio sagrado del santuario (Temenos) al que se accedía a través de un majestuoso propileo, se encontraba cerrado por diversos pórticos en sus tres lados, en donde por delante del Templo se alzaban cinco altares, cuyas gradas que ocupaban los dos lados más largos podían acoger a más de 1.000 fervorosos fieles, que habían asistido a las ceremonias de iniciación de los Misterios Eleusinos o bien a ritos en honor de la diosa Deméter y su hija, cuyo templo propiamente dicho, había sido un diminuto edificio de andesita al que se le añadieron cuatro esbeltas columnas corintias y durante el dominio romano fue decorado con un refinado friso de guirnaldas y simbólicas cabezas de toro.

Desde la etérea cima, se dominaba todo el conjunto de tan sobrios edificios, constituyendo los tres activos gimnasios extendidos sobre tres terrazas en distintos planos: la superior, estuvo destinada a los adultos e incluía una palestra rectangular de 74×36 m que sirvió para los ejercicios gimnásticos, estando rodeada por un pórtico helenístico, que ya había sido reformado en la época romana;  en la otra terraza,  hubo un Odeón  donde se daban los cursos terapéuticos y un Efebeion,  connotada con una sala reservada para ciertas ceremonias y que se podía distinguir todavía en su lado Este y en la cara Oeste, resaltando todos los restos que aún se conservaban de las antiguas termas y los baños, que fueron alimentados por un alargado acueducto por donde fluya tan precioso liquido.

La refinada escalera de bóveda, que comunicaba el edificio superior con el gimnasio intermedio, era de una belleza extraordinaria; el gimnasio intermedio, estaba destinado al entrenamiento de tan volátiles adolescentes, ocupando una terraza de 150 metros de longitud y 36 metros de ancho e incluyendo un gran estadio cubierto; el gimnasio inferior, era totalmente dedicado al entretenimiento de tan caprichosos niños, cubriendo toda una terraza de 80 metros de longitud, flanqueado por una calle empedrada ya hecha en época romana. 

Deambulaba él por la calle antigua encontrando en la ladera ubicada a la derecha la llamada Casa de Atalo, una construcción helenística dotada de tan elegante y refinado peristilo, revestida de tan deslumbrantes mosaicos de la que todavía se conservaba un delicioso y grácil mosaico mural y tan hermosos pavimentos que aún se conservaban en muy buen estado.

En la visita a las excavaciones más recientes de Pérgamo,  situadas cerca del río que atravesaba la ciudad de Bergama,  era el lugar donde se encontraba el patio rojo trasmutado en un solemne santuario erigido en tiempos del emperador Adriano, dedicado al culto de los dioses egipcios, en particular al Dios Serapis, debiendo su nombre al abundante empleo de ladrillos de color rojizo, estando rodeado por una soberbia columnata, que se extendía con demasiado aire, por sus tres caras.

En el ascético interior, todo revestido de lustroso mármol, hubo una gran estatua sobre un altanero podio, consagrada a la divinidad Serapis mientras que hacia el lado Este, se abría un amplio patio bajo en el que fluían las cristalinas aguas del río Selinus a través de dos hermosas galerías de bóveda.

Todo este imponente yacimiento arqueológico, era concluido en el ágora inferior ya levantada bajo la dinastía de Eumenes II, estando reservada solamente para las actividades comerciales, cuya pavimentada plaza del mercado, ocupaba un cuadrilátero de 64 metros de longitud por 34 metros de anchura, rodeada por magnificentes pórticos en estilo dórico, bajo los que se asomaron grandes y tan ajetreados comercios.

 

Sigue leyendo a José Manuel da Rocha