“Érase una vez una alegoría, dedicada a la gran arquitectura”. El Día. Era él, ante todo, una avis rara en vías de extinción, pues estaba dotado de forma esplendente de un cierto carácter humanista y renacentista, licenciado en humanidades, pero rebosado de un hábil espíritu autodidacta que era someramente equilibrado con buenas dosis de lúcida inteligencia racional.

También contenía él a raudales  excesivos flujos de pasión, de sensualidad, de generosidad, de plenitud y pureza… y estaba él eternamente enamorado por su tan dedicada entrega literaria, siguiendo la tradición romántica de centenares de escritores en ciernes que habían optado por alejarse durante un cierto tiempo de sus respectivos países de origen, para descubrir como esponja semántica, cuajada de tanta curiosidad, todas las “sensaciones” más predilectas de sus percepciones cognitivas y suntuosos paisajes de la mente.

Y aguzaba él su ingenio, viéndose inmerso en un metafórico jardín ataviado de tantas sensaciones, sonidos y buenas dosis de laberíntica imaginación , en donde habían ciertos mapas conceptuales, que interactuaban sobre la arquitectura y la historia, transformando los espacios para generar sutilmente unas fuertes experiencias sensoriales de lumínico deslumbramiento, cuyo centro era enmarcado por tan deliciosa “fuente de las piedras” guardando cierta relación con la idea de fontana italiana, en torno a la cual se reunía y se presentaba un pueblo entero, que iba tirando pequeñas piedras al agua, desde la parte superior de este tan hermoso jardín conceptual, actuando como una invitación a recordar y poder revivir tantas sensaciones, que ejercitasen los sentidos porque para él era una riquísima fuente de conocimiento, que incluso le permitía comprender lo invisible, así como añorar antiguos vínculos del hombre con la propia naturaleza.

El primer móvil era un punto indivisible e inmaterial, donde él presenciaba el tiempo exacto de un pretérito viaje humano, en un dinamismo físico de movimiento que era a la vez un dinamismo espiritual de perfeccionamiento desdoblante. Ya resaltaba él la rutilante luz como elemento definitorio del día, del paso del tiempo, y también de la arquitectura, toda la incidencia de los múltiples espacios que se entreabrían en un espacio de misterio y de  recóndito y tan mágico silencio, aludiendo a la médula misma de ese arte «escribidor» al que él eligió dedicarse con denodado ahínco.

Y había en él, una intangible geometría, que era como si fuera la caligrafía de la propia alma, así como el sutil tratamiento dado con su penetrante mirada a la esplendente luz y el cálido modelado de toda la materia viva, porque resultaba tan atractivo sobre todo al atardecer, en sus tan relajantes  paseos deambulatorios a lo largo del ancestral y bullicioso camino que comunicaba el monumental Asclepeión con el palimpsesto urbano de la parte baja de tan legendaria y famosa ciudad de Pérgamo.

“Erase una vez una alegoría, dedicada la Geometría”. El Alba. Ya acontecía tan inefable aglutinación rutilante del Sol, como refulgente juego de tintadas luces ¡era cómo si la histórica y nostálgica ciudad de Pérgamo ya estuviera toda ella bucólicamente  [retro]iluminada! dando acceso, tan deprisa, a unos idílicos e inéditos juegos ópticos que producían una enorme multitud de apacibles composiciones estéticas rebosadas de mágico e inaudito goce estético, hacía el muy dilatado infinito, en unos refinados tonos azules demasiados puros a veces sutilmente nublados por ingentes claroscuros, en tan viva y dramática contraposición, en donde se acentuaban paulatinamente un enorme laberinto de formas geométricas, cuyo deslumbramiento surgía cuando algo nuevo aparecía, avizorándose exquisitamente todas las calidades compositivas gracias a las flameantes llamas desprendidas por tan deliciosa luz mañanera.

El refulgente Sol ya se iba alzando majestuosamente impregnando intensamente de luminosidad y penumbra a las infinitas y deslumbrantes “imágenes latentes” del grandioso Asklepieión ufanamente construido en honor de Asclepio el sanador Dios de la Medicina. Había sido un dignificante lugar de culto y renombrado centro terapéutico, siendo de los más conocidos en todo el mundo clásico. Allí se consiguió curar a tantas personas enfermas, tanto físicamente como psicológicamente, cuyos sacerdotes médicos-religiosos siempre prescribían para que tomasen constantes baños de barro hiciesen tantos masajes, practicasen incesantes ejercicios físicos y llevasen a cabo tan rigurosas dietas, llegándose al exhaustivo diagnostico a partir de unas freudianas y psicoanalíticas interpretaciones de los sueños, que los mismos pacientes iban hilando narrativamente de forma tan sucinta, tras haber dormido en lugares especiales para este fin, llamadas estancias de incubación.

Había también ciertas representaciones teatrales, que hacían parte de esta innovadora terapia, cuyo escritor e historiador Pausanias,  narraba que el culto a Asclepio había sido traído hasta allí por un tal Archias que en señal de agradecimiento por una curación ocurrida en el Templo de Asclepio de la ciudad de Epidauro, hizo levantar en su honor este consagrado centro terapéutico al que vinieron a curarse entre otros los emperadores Adriano, Marco Aurelio y Caracalla. Una gran parte de los edificios, entre los que se encontraban algunos erigidos ya en la época romana, siendo posteriormente destruidos por Prusias II en el año 156 a.C.  en donde el Templo de Asclepio había sido asolado por un virulento terremoto y que durante el reinado de Valeriano (233-260 d.C.) fue transformado por los bizantinos en una hermosa basílica complementada por un adosado baptisterio.

Al complejo del Asklepieion, se llegaba siguiendo un trecho de la impresionante y engalanada Vía Tecta, que estuvo flanqueada por pórticos bajo los que se abrían locales y tiendas, pavimentada con tantas losas bien hundidas en el suelo y que comunicaba todo tan innovador santuario con la parte baja de la ciudad, flanqueado por esbeltos pórticos bajo los cuales fueron abiertas algunas tiendas pudiéndose ver aún un monumento funerario ya levantado bajo el reinado del emperador Augusto. Al final de la Vía Tecta, había un patio curiosamente desfasado con respecto al plano de la calle que en su origen se remontaba al primer santuario construido en el siglo IV a. C;  había también otro acceso que contenía un pórtico y al Oeste sobre una monumental puerta, se abrían panorámicamente los esbeltos propileos precedidos por cuatro soberbias columnas de estilo corintio edificados en el año 146 a.C. según una inscripción allí existente.

Hubo también un pequeño altar circular, esbeltamente ornamentado con tan escurridizas serpientes, transfiguradas en el emblemático símbolo de Asclepio.  A través de dos escalones, se permitía el acceso al diáfano patio central de este monumental Asklepieion; una vez comenzada la visita a tan prestigioso espacio legendariamente rebosado de tanta riqueza sanadora se encontraban nada más entrar a la derecha todos los restos de la famosa Biblioteca de Pergaminos y también un edificio destinado al culto del emperador Adriano, del cual aún existía  una estatua.

Durante la época clásica todos los voluminosos rollos de pergamino habían sido colocados en anaqueles dentro de  nichos existentes en tres lados, donde todavía se podía ver una parte del esbelto pavimento revestido de unos hermosos mosaicos “opus musiuun” con policromadas teselas que componían un  esbelto y detallado opus vermiculatum. Desde este lugar y deambulando por una de las dos puertas de este monumental edificio, iba directamente al pórtico Norte que tenía una longitud de 128 metros y estaba compuesto por 45 columnas jónicas, cuya pared del fondo había estado exquisitamente revestida por losas de tan translucido y refinado mármol, mientras que el suelo había sido de tierra batida, tanto por razones medicas como por conceptos de índole religiosa.

En el extremo del grandioso pórtico, se hallaba en todo su esplendor, el estupendo teatro que había sufrido importantes modificaciones a fin de poder celebrarse en él determinados festivales de teatro, cuyas gradas fueron esbeltamente decoradas con impresionantes patas de león, de las cuales solo algunas eran originales y el fondo del escenario estaba compuesto por tres pisos con un aforo para unos 3.500 espectadores. El pórtico Oeste, al igual que el pórtico septentrional, presentaba una hermosa estructura jónica, que era interrumpido por una puerta central que daba acceso a un edificio de función indeterminada que era precedido por un pórtico dórico de 104 metros de longitud.

Y una larga bóveda de cañón, conducía directamente al templo de Telesforo de planta circular y cuyo techo de madera había sido cubierto de rojizas tejas y contenía tres filas de columnas entre las que estaban situados tan preciosos estanques con una maravillosa escalera que conducía hasta el propio rellano, adornado con seis hornacinas semicirculares esbeltamente realzadas de unas solemnes estatuas. Tras haber regresado él hacia el enorme patio central, ya visitaba el impresionante Templo de Esculapio, que en su origen constituía el edificio principal de todo este importante yacimiento arqueológico, teniendo forma circular y estando  precedido por una monumental entrada, rematada por tan diáfanas columnas, habiendo sido  construido en el año 150 d.C. por Potumenio Rufino.

En su tan refinada atmosfera interior, tan sólidos pilares sostuvieron una cúpula de 2385 metros de diámetro, llegando a ser muy parecida a la tan apabullante y majestuosa cúpula del Panteón de Roma, Caputi Mundi, donde estuvieron separadas por  unas ornamentadas hornacinas semicirculares o rectangulares que contuvieron hieráticas estatuas consagradas a las más diversas deidades. En tan sobrecogedora y etérea Acrópolis, asiente sobre tan rocoso y alzado promontorio,  rodeado en su origen por un triple cinturón amurallado, del que quedaban algunos restos, fueron entonces construidos numerosos palacios y muchos templos, así como edificios públicos y privados, que al ser contemplados, a vista de pájaro, desde una panorámica altura de 275 metros, dominaba imponentemente  la tan placida y verdeante llanura existente a su alrededor.

Además, había una escarpada rampa que subía incesantemente hasta la entrada principal del primer cinturón amurallado correspondiente a la época de Eumenes II. Antes de  atravesarla, se podían ver a la izquierda todos los restos del antiguo Heróon, que fue un edificio de culto erigido en honor de tan prestigiosos soberanos de Pérgamo, es decir, los reyes Atalo I y Eumenes II, siendo posteriormente reformado ya en la época romana, dando énfasis a la lectura de Vitrubio quién incitaba a repensar un nuevo espacio urbano a través de una original arquitectura, confrontada por unos nuevos rasgos geométricos. Más allá de la puerta principal, había un monumental propileo que le iba conduciendo por el lado izquierdo hacia el Templo de Atenea, mientras que en la cara derecha, adosados a la muralla oriental de tan fortificada ciudadela, se sucedían de forma intermitente los restos de tan monumentales palacios reales, pudiéndose admirar desde aquí una esplendida vista de 360 grados, sobre todo, el valle del antiguo Celtius, en el que se reconocían aún las ruinas de algunos de los 41 acueductos y también el “nymphaeh romano (sistema de depósitos, para distribución de agua fresca) que antiguamente aseguraron el total abastecimiento hídrico a la esplendente ciudad, por medio de ciertos manantiales, que se hallaban a más de cincuenta kilómetros de distancia de Pérgamo. Y había tan embriagadoras y penetrantes vistas, en cuyo centro junto a la orquestra, se incrustaba tan suntuosa “Galería Real” hecha de un refinado mármol, cuyo magnificente escenario había sido concebido en  tan  rica madera de cedro.

En el extremo septentrional de la terraza del catártico Teatro, se hallaba el diáfano Templo de Dionisio, que dignificaba todo el ritual del pantagruélico banquete- memoria mítica- memoria visual  porque en el banquete, el bebedor que estaba inmerso ante esta imagen, podía ser mucho más receptivo que nosotros al relato del episodio evocado o bien imaginar su desarrollo, apoyado en una memoria colectiva, que hoy se nos escapaba y cuyas representaciones tenían como función activar esta memoria, en especial en los banquetes como lugares de dialogo y recitación poética.

En sus requintados vasos, aparecía siempre la tan repetitiva imagen de Dionisio, enseñando a los griegos a saber cultivar la báquica vid y a dar un buen uso a tan delicioso vino, en exaltado delirio extático que debía ser tan bien controlado, porque habría que mezclarlo con agua, según las proporciones que iban variando para luego poder compartirlo bebiendo en el simposio (banquete) transfigurado en un acontecimiento demasiado importante para la vida social masculina griega. Para ello, se requería de una vajilla especial, adaptada a la técnica del buen beber y se necesitaban ciertas ánforas para el transporte del vino y también de ciertos cantaros para el agua y aún de tan bellas cráteras, poseedoras de una enorme abertura, donde se mezclaba el vino con el agua, en donde finalmente se escanciaba en tan finas copas, cuya originalidad de la vasija griega con respecto a la de otras culturas, radicaba en su tan hermosa decoración apoyada en la representación de la figura humana.

Todo el repertorio ático, se había consagrado tanto a los temas mitológicos, en especial, a los héroes predilectos como Heracles y Teseo, dando énfasis a los combates épicos, así como a los temas ligados a la vida social como el atletismo, la guerra, la caza y los  banquetes. Todos los motivos representados, habían encontrado su equivalente en la poesía épica o lírica,  cantaba y recitada en los simposios y toda la reproducción pictórica y toda la cultura oral, obraban en paralelo y dialogaban sin que la una fuese la ilustración mecánica de la otra.

La poesía y pintura se entrecruzaban efusivamente en el propio banquete, para el deleite de tan preciada mirada y tan fino oído de los participantes, captando tan verazmente el sentido del ocio en las escenas monumentalmente reflejadas en la Copa Ática, enaltecida con magnificentes figuras rojas atribuida a Douris, agraciada con una enorme maestría de dibujo y composición icónica , impidiendo ver en ella una simple divagación o un supuesto error del artista, donde la diosa Atenea tenía una lechuza en la mano y estaba de pie delante de un dragón, que devoraba a un hombre con el pelo desordenado y con los brazos colgando, cuyo árbol estaba colocado en segundo plano y la piel de cordero colgaba de una rama haciendo pensar que podría tratarse de Jasón, el jefe de los argonautas, retratado aquí en una aventura de la que no se sabía absolutamente nada. Los poetas, tenían la maravillosa función de poder honrar la memoria de los héroes de los tiempos pasados, en sus cantos rapsódicos, en cambio, los pintores no dudaban en introducir ciertas variantes imaginarias en todo su vastísimo repertorio heroico.

 

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