La tasa de crecimiento anual de población era de unos 77 millones de personas, casi mil veces más que la experimentada entre los 10.000 y 400 años atrás, que rondaba por aquel entonces una tasa de 67.000 personas anuales. Si la población siguiera creciendo al ritmo actual, unas nefastas consecuencias se verán hacia el año 2025 y todos los recursos entrarán en un momento crítico, allá por el venidero año 2045. Intentaba él poder sentir la verdadera esencia de la atmósfera original de estos abruptos relieves, de su “mundo propio”, tan ricamente impregnado del más profundo silencio, digno de uno mismo poder escucharlo, cobijándose  mansamente, en su sutil atmósfera, activada de magnificente y beatifica quietud, donde la creación era un modus vivendi relacionado con la esencia divina, mutándose, desapareciéndose, en un vanguardista espectro de invisibilidad virtual.

Simbólicamente, se enmarcaba él en tan dulce ternura y en exquisita delicadeza de afecto hacía a sí-mismo, en compasiva humanidad por su efímero tránsito por esta azulenca Tierra, plagada de tantas enfermedades, que empezaban por los malos sentimientos y las malas vibraciones (…) rumiando él acerca de la identidad de los lugares, como viva proyección de la más entrañable identidad personal.

De forma indeleble, su naturaleza humana le había dotado de exquisita sensibilidad y extraordinaria finura de espíritu, cavilando encarecidamente acerca de la fragmentación y, de todo el extrañamiento en un mundo heteróclito, que siempre reflejaba en la pátina espejada del simbólico estanque, el rostro en que supuestamente se reconocía totalmente, llegando siempre a los lugares más extraños, impulsado, herméticamente por una dada geografía íntima, plagada de extrañas intuiciones que en pleno extravío, cruzaba el bien y la belleza.

El don de la ubicuidad

Era como si una cámara instantánea Polairod, le fuera invadiendo por los recovecos más indescifrables de su onírico subconsciente, regalándole el supremo “don de la ubicuidad, en un espacio totalmente desconocido. Siendo la primera vez que  él visitaba el Valle de Göreme, como eterno peregrino, transfigurado en una huella de la gracia y de la esplendente hermosura, que del alma al ojo iban y del ojo al alma entendían. De repente, ya era él un narrador de tan prístinas clarividencias, que iban creando profundos pensamientos y, que se tornaban en difusos y expresivos hilos de multidimensional y vívida conciencia, obtenida desde ardiente fuego sensorial, multifocal y aglutinante.

Erase una espiral de delirantes introspecciones, de tan extrañadas especulaciones. Ya era entonces él un poeta sensitivo, rebosante de exuberantes “momentaneidades” de ascesis, abandonando toda vanidad. siendo el genuino héroe de un nuevo Renacimiento espiritual, un momento excitante de creativa espera, en que el propio hombre volvió a creer en sí mismo como medida de todas las cosas, revalorizando toda la belleza frente a lo rudo, el deleitable placer frente al tortuoso pecado, imponiendo la razón frente al dogma, primando el espíritu emprendedor y la curiosidad científica, en pos de una utopía imposible, creando así una viva y dinámica Teodicea del individuo, en su sintomático proceso de floreciente “individuación” que guiaba al alma de la oscuridad a la viva luz.

Las inolvidables panorámicas sin fin, de desbordante, vívida y rica paleta cromática, de la altanera cumbre del sobrecogedor volcán de Erciyas Dagi, la cúspide de montaña que dominaba todo el valle de Göreme, empezaban a ser para él un apacible y dichoso lugar, donde recogerse, donde buscarse interiormente, porque todas las circunstancias existenciales de ese diáfano momento, le iban enseñando con una determinada perspectiva… era como si fueron lámparas de fuego, imbuidas de palabra, razón, relato, razonamiento y cálculo, que sólo su curiosidad en la creación de fantasiosos relatos literarios, le mantenían en el lado cuerdo de su propia vida, siendo un camino de despojamiento,  vivido con tanta autenticidad, siendo él un autodidacta por antonomasia,  siempre en eterna búsqueda del desfrute del sentido del maravilloso, en la compleja y trágica condición humana, abandonando toda la artificial pose (la equilibrada medida en todas las cosas era siempre lo mejor).

Y bajo un torbellino de multidimensionales percepciones sensoriales, revestidas con un otro sentido del tiempo,  deslizándose,  como intangible proyección de un tiempo “Kairos”,  lleno de fulgor e intensidad, ante un alargado y etéreo espacio que se disponía abruptamente a su alrededor, plagado de nuevos y desconocidos confines de cumbres iluminadas, era cómo si conceptualmente fueron coloridos globos y esferas que se hinchaban como plausible escenificación cósmica, ornamentados con todos los colores del arcoíris, en simbólico y prístino mundo de ardientes ascuas, regodeándose sutilmente con el edén terrenal.

Tras haber transcurrido cierto tiempo, tras una buena práctica de senderismo, ya practicaba él, deliciosamente en el pulpito telúrico situado el algún lugar entre los dos picos Erciyes, el Mayor y el Menor, donde descansaban dos lagos glaciares, el Cora y el San , conectándose con las más profundas y misteriosas entrañas de la propia Tierra. En un ápice, ya practicaba el acto del vivaque, en delicioso, ameno, íntimo, y metafórico “Hotel Volcánico de las Mil y Una Estrellas”, bajo una deslumbrante esfera celeste, cuya estrella más cercana α de la constelación del Centauro estaba a 40 billones de kilómetros de la Tierra. Vivaqueaba él introducido en un buen saco de dormir de color rojizo, cuyo altivo volcán Erciyas Dagi, en esa noche actuaba como si fuera una mágica ventana totalmente abierta a los astros y a las galaxias, un colosal velo que cubría ocho profundos misterios todavía por descifrar en el estirado Universo, aunque la propia Humanidad hubiera adquirido una ingente cantidad de conocimientos de notable precisión, pero cuanto más respuestas se obtenían más incógnitas emergían paradójicamente. En la indomable astronomía, habían ocho misterios que se destacaban, siendo el más candente el de la energía oscura, que iba estirando el Universo más de lo esperado, lo cual, podría ser un tipo de misterio atemporal.

La energía oscura, hacia 13.700 millones de años que había nacido a través, de una enorme explosión, donde el Universo, inmutablemente, se expandía como si fuera un globo que se hinchaba y las galaxias se iban alejándose unas de las otras. La expansión del Universo, en lugar de ralentizarse, iba tomando una velocidad demasiado acelerada, cuya mejor explicación, tal vez, se tradujera en la constante cosmológica, connotada con la propiedad del vacío que iba estirando “el espacio-tiempo” o “la quintaesencia del universo”,  cuya materia oscura, fría o caliente, solamente constituía el 46% del universo, es decir, la materia común compuesta de átomos y partículas, que formaban todo lo que veíamos. Mientras tanto, la energía oscura formada por el 23%, todavía no estaba claro en qué consistía, pues no absorbía ni emitía luz en cualquier longitud de onda, pero siempre manifestaba su intangible presencia a través del efecto gravitatorio, sobre todo, en las lejanas galaxias. Y la enigmática materia oscura estaba posiblemente compuesta de desconocidas partículas elementales pesadas, lentas, frías, con una masa basada entre uno y mil de veces la del protón. Para que la materia oscura fuera caliente para poder describir el Universo, necesitaríamos saber lo que había en su hermético seno, y el exacto lugar donde residían todos sus componentes invisibles.

En las explosiones estelares, donde las centellantes estrellas nacían, vivían y, por fin, desaparecían, había en su interior un reactor de fusión, que la hacía lucirse, evitando así su total colapso, bajo el dominio del efecto de la gravedad, cuyo hidrogeno se iba acabando paulatinamente si la estrella fuera al menos ocho veces más masiva que el propio Sol, en el momento en que se apagaba su reactor, se hundía entonces, formándose en su centro una compacta estrella de neutrones, con todas las resplandecientes partículas de luz viajando libremente por el ensanchado Universo. Y representaba también un enigma, los rayos cósmicos súper-energéticos procedentes del inescrutable espacio sideral, transfigurados en tipos de partículas eléctricamente cargadas de protones, electrones y núcleos atómicos de hidrogeno o de helio, que bombardeaban constantemente nuestro azulenco planeta Tierra.

 

 

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