Y la mano de refinados paisajistas, habían transformados todos los jardines en vívida creación ditirámbica, que se correspondía con su peculiar visión y con su rango, pero decidiendo preservar, ante todo,  las tradiciones más genuinas de Constantinopla.

Iba él incansablemente por el entorno cultural del Bazar Cavalry, donde por el aire se destacaban las voces de los vendedores de alfombras y de simit (roscas de pan), tras pasar junto al hammam de Roxelana, a través del lugar donde se destacaba un friso bizantino diseñado con doce corderos que representaban alegóricamente los doce apóstoles,  para después poder entrar a la nave de la excelsa Basílica de Santa Sofía, que desde el año 360 y hasta el 1453, sirvió como catedral ortodoxa bizantina de rito oriental, excepto en el paréntesis entre 1204 y 1261, que se convirtió en catedral católica de rito latino durante el Patriarcado Latino de Constantinopla, fundado por los cruzados. 

En palabras de Agatías, los extraordinarios diseñadores de la deslumbrante Santa Sofía, trataron de aplicar la consagrada geometría a la materia solida, y su superlativa cúpula daba la sensación de estar suspensa en el cielo por una cadena de oro, evocando extraordinariamente el alto  refinamiento de la capital de Bizancio, durante su edad de oro, en el siglo VI.

Era ella considerada como una de las obras arquitectónicas más importantes del mundo, siendo epítome de la arquitectura bizantina que cambió para siempre la historia de toda la arquitectura universal, convirtiéndose en el centro político y religioso de Bizancio, aunque las pugnas con los iconoclastas, ocurrido en el año 726, cuando el emperador León el Isáurico publicó una serie edictos contra la veneración de imágenes, ordenando al ejército destruir todos los iconos (iconoclasia bizantina), dañando seriamente toda la sublime decoración de mosaicos figurativos, rebosantes de tanto pan de oro.

La Basílica de Santa Sofía, había sido considerada “la maravilla de las maravillas” o “la gloria del Imperio Bizantino”,  donde el poeta bizantino, Pablo Silenciario, compuso un poema épico conocido como Ekphrasis, para la dedicación a la monumental basílica de santa Sofía, presidida por el patriarca Eutiquio, el 23 de diciembre de 562, refinadamente ornamentada con un iconostasio de plata de quince metros de ancho. En su azarosa existencia a lo largo de la historia, se resaltaba también la profanación de la iglesia como si fuera un templo pagano, llevada a cabo por los cruzados, que saquearon todos los objetos de pan de oro y plata.

Los dos excepcionales arquitectos griegos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, recibieron el encargo de dirigir todos los trabajos que se prolongaran durante casi seis años, cuyas imponentes paredes de Santa Sofía, se hicieron de ladrillo, y sus sólidos pilares fueron hechos con calizas de enormes proporciones, unidas por grapas de hierro. 

El emperador Justiniano, hizo traer material procedente de todo el Imperio Bizantino, como las columnas helenísticas del templo de Artemisa en Éfeso y para construir la enorme cúpula de 56 m, se hizo preparar en la isla de Rodas, unos ladrillos especiales hechos con tierra muy ligera, donde doce de estos ladrillos pesaban lo mismo que un ladrillo normal, mandando grabar en ellos la siguiente inscripción “Dios la ha fundado. Dios la protegerá”.

A finales del año 537, la basílica de Santa Sofía estuvo terminada, pero la cúpula cuya edificación había sido tan audaz, se hundió, tras un fuerte terremoto ocurrido en el año 559, siendo de esta vez reconstruida por Isidoro de Mileto, el Joven, bajo la directa supervisión del emperador Justiniano, cambiando todo el proyecto original, al disminuir el diámetro y la altura de esta impresionante cúpula, además de añadirle en el exterior unos macizos muros de sujeción.

«…donde por el aire se destacaban las voces de los vendedores de alfombras y de simit»

El 29 de mayo de 1453, en la misma noche de la toma de Constantinopla, el sultán Mehmet II, fue directamente hacia Santa Sofía y dio orden de transformarla en mezquita, quedando posteriormente rodeada por cuatro erectos y estilizados minaretes de aguja, es decir, los dos situados en el plano de la fachada mandados erigir por el sultán Murat II, en el siglo XV, y el de la derecha, al fondo, teniendo una sección poligonal de caras planas, fue mandado construir por el sultán Mehmet II, siendo el ultimo, estriado, ordenado por Selim II,  donde entre los cuatro minaretes de aguja, se alzaba, ufanamente, la tan majestuosa cúpula, cuyas pechinas de la base de la misma fueron adornadas con hermosos serafines.

En la época bizantina, la tan amplia explanada que se hallaba frente a Santa Sofía, se llamaba Foro de Augusto y estaba cerrado en la parte norte por la sobresaliente Basílica, frente a la cual se erguía la altiva columna del emperador Justiniano.

Sigue leyendo a José Manuel da Rocha