“Erase una vez tan didáctica alegoría, dedicada a la Democracia”. La Noche. Bajo tan diáfana perspectiva atmosférica, que tan idealmente pintaba el etéreo aire, que iba paulatinamente separando todas las cosas y las envolvía  sutilmente, difuminando todos los contornos con sublimes veladuras, cuya atmósfera era apenas desvelada por la tenue luz de la diosa Selene, en marcada fase de cuarto creciente. Ya iluminaba en la curvatura del espacio-tiempo infinito ∞, la tan preciosa isla de Creta, que estaba considerada como la más meridional de todas las islas griegas, siendo cortada por tan enhiestas montañas y aislada por el mar Mediterráneo. La singular personalidad de esta fabulosa isla, siempre había estado marcada por una orgullosa independencia, en donde durante casi unos 3.000 años, todas las ruinas de la antigua civilización minoica, yacieron ocultas hasta el siglo XX, el siglo donde salió a la luz todos los restos de tan grandiosos palacios de Cnosos, Festo y Záktos, en el cual todos ellos estuvieron misteriosamente envueltos en un elevado grado de refinamiento e imaginación artística. La tan sobresaliente civilización minoica, había sido innegablemente el gran manantial de donde brotó toda la cultura europea, cuyos dos palacios minoicos de Festo, ubicados soberanamente sobre tan altiva cresta telúrica, con tan preciosas vistas hacía la tan fértil llanura de Messará, habían sido unos de los palacios minoicos más importantes de toda la isla de Creta, siendo arrasados  por un seísmo ocurrido en el año  1700 a.C. donde la mayoría de las ruinas actuales correspondían al segundo palacio,  tan enigmáticamente enaltecido por el Disco de Festo, traducido en un disco de arcilla grabado por ambas caras con símbolos pictóricos en espiral, que muy probablemente se tratara de un cantico sagrado, habiendo también muchos Pithoy gigantes, es decir, unos gigantescos recipientes que se usaban para almacenar las reservas del palacio, viniendo a sufrir tan graves daños hacia 1450 a.C.  posiblemente por un violento tsumani originado por una erupción registrada en la isla volcánica de Santorini,  considerado como uno de los antiguos volcanes que integraban el arco del sureste del Egeo, cuya erupción dejó una enorme caldera y devastó totalmente la Creta minoica. El palacio de Cnosos, fue destruido también por un seísmo hacía 1700 a.C.  siendo considerado como el mayor y más suntuoso de todos los palacios de la isla de Creta, y según tan mítica leyenda, había sido justamente en Cnosos donde estuvo ubicado el laberinto concebido para encerrar el minotauro, una criatura mitad hombre mitad toro, nacida de Parsifae, esposa del rey Minos, muerta a manos de Teseo. Este tan magistral palacio, que llegó a ofrecer demasiadas comodidades, estuvo formado  por el salón del Trono provisto de una antecámara y un baño lustral, sirviendo de santuario para la “Diosa de las Serpientes”, que era representada iconográficamente por una figura femenina con los pechos desnudos y una serpiente en cada mano, cuyas paredes estuvieron tan refinadamente ornadas de un centelleante fresco, donde aparecían grifos, símbolos sagrados de la época minoica, cuyo primitivo trono de piedra lo ocupó una sacerdotisa, traducido por el fresco del Sacerdote Rey llamado también Príncipe de los lirios, que representaba una figura tocada con una corona de lirios y plumas, en donde los aposentos reales incluían el megaron del rey también llamado salón de las Dobles Hachas, símbolo sagrado del inmenso poder vinculado al culto de la Diosa Madre y el megaron de la reina, profusamente decorado con el famoso fresco del delfín. Bajo tan azulenco mar Egeo, ya iba navegando plácidamente  nuestro metafórico “castillo flotante”, transpuesto en tan  emblemático ferri denominado “Mare Nostrum”,    columpiándose incesantemente sobre un mar de aguamarina tan refulgente, navegando dulcemente al sabor de tan suaves olas del mar Egeo, poniendo rumbo en incesante travesía marítima, en un mar que cesa, hacía el puerto de abrigo de el Pireo, considerado el puerto más importante de Grecia que bajo el mando de Pericles, Atenas de los dioses confió en el poder de su flota marítima y en la fuerza defensiva de sus muros largos de diez kilómetros de longitud, las murallas que unían la ciudad con el puerto del Pireo. A través del éter bullía un tiempo de primavera, cuya isla de Creta mitológicamente considerada como la más solariega isla del mito de Zeus, donde según la propia leyenda, Rea dio a luz a Zeus en la cueva Dictea, siendo protegido por los Curetes y amamantado por una cabra, estando toda ella  deliciosamente alfombrada por tan maravilloso espectáculo del renacimiento de tan exuberantes flores silvestres y en la meseta de Omalós, ya oteaban por arriba de tan escarpados montes y barrancos, algunos tan fugaces quebrantahuesos de alas tan estrechas y cola en cuña, cuya garganta de Samariá,  considerada como la quebrada más larga de toda Europa, donde a 12 km adentro, un tortuoso recorrido se encajonaba entre dos colosales paredes rocosas de unos 3 metros de separación entre sí,  que eran denominadas simbólicamente como siendo las “Puertas de Hierro”, cuyo delicioso entorno ya estaba tan tapizado de coloridas peonías, ciclámenes y ébano de Creta, donde en tan firmes pisadas, las cabras montesas Kri-Kri iban escalando tan hercúleamente todas las abruptas laderas y  los acantilados más escarpados, burlando así al ataque de otros depredadores. Y de forma inesperada, ya empezaban a ocurrir ciertos avatares relacionados con esta travesía marítima, pues en un dado momento el ferri “Mare Nostrum” engalanado con una sabia dosificación de color azul y blanco, se vio inmerso en tan atroz mal tiempo, registrándose entonces temporales- de primer cuadrante-nortes gregales- levante- y que al poseer un “fetch” importante iban levantando un mar arbolado, demasiado implacable, que se iba rompiendo impetuosamente contra los abruptos acantilados de tan dispersas Islas Cicladas. Era verdaderamente tan impetuosa tormenta, que ocurría justamente en el enclaustrado y azulenco mar Egeo, tan cerca de la emblemática y cubista isla de Santorini, llamada así por los venecianos, que la conquistaron en el siglo XIII y la rebautizaron en honor de Santa Irene,  considerada como una de las islas más hermosas de las  Islas Cicladas, enaltecida por tonalidades blanquecinas, ante un  mar teñido de un azul tan profundo. Esta isla fue colonizada por los minoicos en 3000 a.C. y una violenta erupción ocurrida en 1450 a.C. le dio forma de media luna, cuya capital llamada Thirá, se encontraba volcánicamente asiente sobre tan escarpado acantilado, asomada a la impetuosa caldera volcánica y a la isla de Néa Kaméni, fruto de un antiguo volcán, y tenía tan preciosas vistas panorámicas, sobre todo, al atardecer, tan adornada de muy bellas mansiones trogloditas con techos abovedados, habiendo también muchas casas encaladas y refulgentes y tan gráciles iglesias cupuladas, como era tan emblemática iglesia de Agíos Minos o entonces la tan preciosa capilla ocre de Agios Stylianós, ataviadas de múltiples y muy seductores colores. Los yacimientos de la antigua ciudad minoica de Akrotiri, fueron considerados metafóricamente como La Pompeya del Egeo”, pues estuvo sepultada durante unos 3.500 años bajo toneladas de ceniza volcánica, donde todas las excavaciones llevadas a cabo posteriormente habían sacado a la luz unos exquisitos murales,  pintados en torno a 1500 a.C.

 

 

Estos frescos eran similares a los de Cnosos,  donde uno los más conocidos estaba traducido en la representación iconográfica de “El joven pescador”, donde aparecía un muchacho  con peces azules y amarillos y también por “Los jóvenes púgiles”, que representaba pictóricamente a dos combatientes de largos cabellos negros y unos ojos almendrados, cuyos deliciosos colores se conservaron en buen estado gracias a la lava.  En la isla de Santorini, se  desenterró también cuantiosas viviendas, muchas de las cuales conservaban enormes jarras para alimentos pertenecientes a la ancestral y riquísima cultura minoica, cuyo arte reflejaba ante todo  tan estable comunidad humana, que llegó a dominar todo el mar Egeo a través del comercio, destacándose sobre todo tan suntuoso fresco de la “Escena Marítima Minoica (siglo XVI a.C.) que sobrevivió a la erupción de fines del siglo del siglo XVI a.C. y mostraba varios barcos (toda una flotilla) haciéndose a la mar y pasando después  ante una serie de ciudades, todas ellas emplazadas a orillas del mar Mediterráneo. En este tan original mural, todo el paisaje había sido tratado con mucha exactitud, realzando tan preciosos detalles jalonados de tanta exuberancia cromática, cuya magistral composición pictórica de todas las figuras, se encontraban situadas de forma escalonada,  lo cual le proporcionaba tan dilatada profundidad atmosférica y tan sabia viveza, en donde en el primer plano se podían apreciar algunas embarcaciones navegando delante de la imponente  y matérica arquitectura de las ciudades dominadas por tan árido paisaje rocoso, en las que se veían también algunos cazadores. Supuestamente, este mural debió de pertenecer a algún conjunto escenográfico todavía de mayor tamaño, que cubrió parte de la habitación de alguna vivienda de Thirá,  fatalmente sepultada por tan enorme erupción volcánica, ocurrida en el año 1 500 a.C.  y que  producio tan agigantadas olas que alcanzaron tan terroríficamente la aislada Isla de Creta. En aquel terrible momento, ya empezaba a llover torrencialmente, cuyo estado de la mar se veía alterado de forma muy aterradora, tornándose bruscamente muy turbulento, mismo salvaje, siendo dilacerado por un fuerte oleaje. Y nuestro acorazado ferri “Mare Nostrum”, ya era de aquella vez como si fuera un barco sin quilla que iba aleatoriamente en todas las direcciones, flanqueado por Céfiro, el Dios del viento oeste, que lo arrastraba inexorablemente hacia la costa litoral del Peloponeso, fondeándose entonces a una cierta y prudente distancia, mientras que poco tiempo después, unas pequeñas barcazas cargadas de cajas rebosadas de variopintos alimentos se abarloaban a él, siendo entonces cuando nuestro valeroso capitán del ferri “Mare Nostrum”, poniendo inmediatamente en acción los centros nerviosos de sus lóbulos frontales y temporales,  generando de forma tan categórica una toma de  tan resolutivas decisiones, cuyas emociones, comprensión, comportamiento y lenguaje, recibían tajantes órdenes para zarpar rápidamente desde el puerto marítimo de Athinios, poniendo rumbo de aquella vez hacia el Pireo,  porque debido a un problema técnico existente en la sala de motores del ferri, tuvo el  que hacer tan drásticos cambios al plan de travesía, proponiéndose de aquella vez llegar cuanto antes el puerto de el Pireo, para que fuera  reparada la supuesta avería. Avizorándose las vicisitudes marítimas, donde susodicha navegación en alta mar era constantemente agitado por sucesivas olas de un azul profundo aterciopelado o de tinte blanquecino, bajo un luminoso juego de espejos, resaltado por el desdibujado de los planos más evidentes que se iban alejando gradualmente. Bajo tan negruzca atmósfera, el ferri “Mare Nostrum”, iba dejando continuamente en su colorida proa, un incesante rastro de  rumorosas y tan suaves olas, que siempre se agitaban ruidosamente, creando incesantes paletas cromáticas de tan  translucidos colores, que iban desde el azul más oscuro, hacia el color más turquesa o esmeralda. Tras una noche de agitada navegación, ya se encontraba nuestro protagonista, dueño de su propio destino, insertado en la  consagrada “Atenas de los Dioses”, dándose cuenta enseguida del “nefhos”, que se traducía en una nefasta nube de polución, que procedía del Pireo y se abatía tan  lúgubremente sobre toda la ciudad de Atenas de los Dioses, quedándose allí  varada durante tantas horas. Ya se mostraba en todo su esplendor, en aquella tan mágica ocasión, la muy mítica y tan colosal ciudad de Atenas de los dioses, que en el siglo V a.C. durante tan luminiscente  solsticio de la “Magna Graecia”, había ocurrido allí un verdadero y esplendoroso milagro, registrándose entonces de forma paulatina, un potente deslumbramiento en la Historia, la Filosofía, la Tragedia, la Política, la Retorica, la Medicina y la Escultura, que llegaron a alcanzar tan resplandeciente cénit, sentando todas las bases de lo que en el espacio-tiempo se iría llamar Cultura Occidental.  Durante un siglo, en este reducido espacio anímico del mundo heleno, hubo realmente una vibrante eclosión, rebosada de excesiva creatividad registrada en todos los dominios del espíritu, plagada de ideas, de modelos, de estéticas, de patrones culturales, de maravillosos inventos y tan deslumbrantes descubrimientos, gracias a los cuales la tan consagrada civilización del Logos, tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas en la Época Clásica, cambiando para siempre toda la historia del mundo y  haciendo brillar todos los factores determinantes del progreso humano, como la Democracia, la Libertad, el Derecho, la Razón, el Arte emancipado de la propia realidad, las sublimes nociones de la Igualdad, la Soberanía Individual, la Ciudadanía Responsable, en suma, alumbrando una nueva manera del hombre relacionarse con el Más Allá y con las sacrosantas y politeístas divinidades. Se registró también  tan clarividente y tan valiosa idea acerca de la Belleza, la Fealdad,  la Bondad, la Maldad, la Felicidad y la Desdicha, cuyos diálogos socráticos y platónicos, como nueva manera de filosofar,  enseñaron a los seres humanos que conversar, poder hablar en grupo, era un exultante modo de vivir de forma tan civilizada, habiendo una reciprocidad de derechos entre los interlocutores, siendo la humanidad del ser humano puesta en práctica, sacándonos para siempre la tan avanzada civilización Helénica, de toda la confusión bárbara y de la  oscura y salvaje  irracionalidad. Sin embargo, las tan feroces legiones romanas, creyeron apoderarse para siempre de la antigua Grecia, sin cualquier esfuerzo, cuando verdaderamente sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrase en la mente, en el espíritu y hasta en la lengua del pueblo conquistador. Indudablemente, nuestra vieja Europa había nacido allá hacía unos 25 siglos, siendo por lo tanto su más luminoso símbolo.

 

 

 

 

“Erase una vez una renacida Alegoría, dedicada al número áureo/divina proporción”. El Día. Con el renacer de los primeros oros de la mañana, ya se despuntaba en lontananza la imponente, magnética y tan atmosférica silueta del grandioso Partenón, tan cuajado de una espiral logarítmica de razón áurea… era como si fuera un magnificente objeto de tan grata fascinación, considerado como el mayor símbolo del resplandor de la Grecia clásica. Se alzaba ufanamente sobre tan ajetreada ciudad de Atenas, que en su esencia era una blanquecina ciudad asiente en un verdadero paradigma entre lo moderno y lo antiguo, habiendo sido habitable desde el Neolítico, y tan grandiosa Acrópolis había sido sucesivamente un lugar de culto, una férrea fortaleza e incluso llegó a albergar en su seno un palacio micénico. En la Edad del Bronce, habían florecido tres grandes civilizaciones: la Cicládica, la Minoica y Micénica, que llegaron a alcanzar su verdadero apogeo durante los periodos palaciegos del segundo milenio, donde estuvieron todas ellas dominadas por un tipo de religión y una burocracia demasiado fuerte. El resplandeciente y soberbio Partenón, colocado allá en su tan altiva cúspide, cuyas altivas columnas de tan lustroso mármol pentélico, se curvaban ligeramente para poder crearse una imperceptible ilusión óptica, de una forma tan perfecta y tan armoniosa, transfigurándose en el máximo cénit de la Civilización Helénica, inmerso en un dado momento histórico, en donde Pericles había trasladado la sede del poder de la “Liga de Delos”, una alianza política y militar, a la que se unieron tantas ciudades-estado y determinadas islas Cicládicas, con el fin de fomentar una total seguridad entre ellas. Mientras se iba formando el gran imperio helénico traducido en la “Magna Graecia, la ciudad de Atenas empleaba todos los fondos del tesoro de la “Liga de Delos” para financiar grandes obras arquitectónicas, trasmutadas en muy embellecidos templos griegos, ornados de elegantes e inefables frontones triangulares, construidos con unos enormes bloques de translucido mármol pentélico o de piedra de canto vivo, que en varias ocasiones eran estucados y revestidos de unos brillantes colores polícromos. Se decía que un templo era clasificado por el numero de columnas y muros de la propia Cella… por extensión cualquier suntuoso edificio monumental era “in antis” si solo tenía dos columnas en su imponente e intricado frontón y era considerado un próstilo si presentaba una fila de columnas en su tan sobrio frontón o era un anfipróstilo si las mismas columnas aparecían en ambas fachadas, actuando como un períptero si tan altivas columnas cubrían todos los lados, transfigurándose entonces en un díptero si estuviera rodeado por una doble fila de columnas. La gran acrópolis de Atenas, literalmente llamada  “La Residencia de Atenea Partenos”, fue dedicado a la Diosa Atenea, a lo que los atenienses consideraban como su diosa más sagrada, sustituyendo un templo anterior ubicado en el mismo emplazamiento y que había sido conocido como  Pre-.Partenón, habiendo sido destruido por los Persas Aqueménidas, en el año 480 a.C. Indudablemente, el grandioso Partenón, considerado el máximo exponente artístico, tanto escultórica como arquitectónicamente, construido en el lado sur de la acrópolis, teniendo acceso principal por el este y considerado como el mayor de todos los templos dóricos construidos en la Grecia clásica, un verdadero paradigma del arte griego y la belleza clásica, en donde los romanos fueron los primeros que se refirieron a los helénicos como griegos, derivada etimológicamente de la palabra Graiko. Este tan deslumbrante monumento construido entre los años 447-438  a.C.  en homenaje a Atenea Parteno, a iniciativa del tan carismático Pericles, fue terminado a tiempo para tan efusiva celebración de las Grandes Panateneas, ocurridas en año 438 a.C. Tenía unas dimensiones aproximadas de 69,5 metros de largo por 30,8 metros de ancho, cuyas tan sobresalientes columnas dóricas de mármol tenían una altura máxima de 13,7 metros de altura, curvándose ligeramente del estilóbato que se elevaba unos 11 cm en el centro de los lados largos y 6 cm en el centro de los cortos y las erectas columnas que se situaban en las esquinas eran ligeramente convergentes,  para poder crear una sutil ilusión óptica o para compensar los supuestos distorsionantes de la perspectiva, de forma demasiado perfecta y armoniosa, rezumándose en una verdadera obra maestra en términos de diseño y ingeniaría clásica, en donde la policromía del friso estuvo suntuosamente ornamentado con más de 370 figuras humanas y divinas, los más de 200 caballos, los animales de sacrificio y los carros, estaban primorosamente policromados  sobre mármol pulido del Pentélico.

 

 

 

 

 

“Erase una vez una Alegoría, dedicada a la fertilización divina de la materia”. La Aurora. Tan magistrales arquitectos,  Ictino y Calícatres, fueron los responsables técnicos de esta tan prodigiosa construcción, cuyo gran estadista Pericles, como buen estratega ateniense y uno de los más brillantes exponentes de la extraordinaria Escuela Ática de oratoria, donde su capacidad de oratoria era de carácter espontaneo, directo y carente de artificio y excesivos adornos, ofreciendo la más completa exposición de los propios hechos y como  magnífico ejemplo de gran elocuencia “deliberativum”, para persuadir o disuadir a todo el pueblo griego, haciendo parte de un linaje ilustre y dotado de una gran lucidez para los asuntos públicos, habiendo sido también un hombre integro y demócrata insobornable ante el dinero. En el siglo V a.C. la condición de ciudadano había dejado de depender de la propia riqueza, incluso se entregaba una contribución para facilitar la preparación de los más pobres a la Ecclesia (Asamblea), que era la que votaba las propias leyes. En agradecimiento a los dioses por su victoria contra los persas en las guerras médicas, atrajo a los intelectuales y artistas más insignes de la aquella época muy floreciente, como los dramaturgos Sofócles y Euripedes, el arquitecto Hipódamo, el historiador Herodoto  y el gran arquitecto y escultor Fidias, un magnifico escultor, pintor y arquitecto ateniense,  que había nacido hacia el 430 a. C.  donde Plutarco le atribuyó un  rol preeminente  en el conjunto de los trabajos de la acrópolis,  y los atenienses lo acusaron de haber quedado con una parte del oro de la Atenea criselefantina, considerado como el gran referente de la escultura griega, igual que Homero lo era en la poesía, habiendo sido  miembro del llamado “ circulo de Pericles”, donde fue el elegido para llevar a cabo tan formidable concepción de los bellísimos frontones y también de los armónicos y tan majestuosos frisos con 160 metros de longitud, que rodeaban tan ufanamente todo el grandioso Partenón, habiendo sido pintados en tan desgarradores y policromos colores brillantes, en donde se representaron varias batallas de aquella época clásica, dando énfasis también a la venerable procesión que tan elegantemente remataba este tan sublime edificio ateniense, habiendo una combinación única de las métopas esculpidas en altorrelieve, representando simbólicamente a la gigantomaquia, en el lado este, a la amazonomaquia, en su cara oeste y a la centauromaquia, en la parte sur, acompañado de tan incisivas escenas de la guerra de Troya, en su cara norte, y aún por un exquisito friso esculpido en bajorrelieve pintado de policromos colores, enaltecido tan grácilmente por la grandiosa estatua criselefantina de la femenina deidad de Atenea Parteno, “La Diosa de la Sabiduría”, trasmutada en una escultura votiva hecha en mármol pentélico, que tuvo unos 12 metros de exaltada altivez, elegantemente revestida de muy preciado oro y  refinado marfil. Al fondo del interior de una hermosa columnata, formada por cuatro columnas, en cuyo basamento de la colosal estatua para el culto a Atenea Parteno, había un estanque poco profundo que producía un precioso efecto de incidente brillo, mediante tan translucido reflejo de las cristalinas aguas. Los dos geniales arquitectos atenienses, consiguieron por fin que el maravilloso efecto visual del arte supremo de tan magistral arquitectura, pudiera mostrar en todo su esplendor todo el Partenón, que fue incrustado por un maravilloso friso, cuyo mensaje simbólico y mitológico representó a la tan heroica procesión de las panateneas, cuyos magistrados, las doncellas, el cortejo de un sacrificio ritual, los caballeros y los ciudadanos de la  ciudad de Atenas de los Dioses, desfilaban todos juntos a fin poder de honrar a sus más reverenciados dioses, y que no se permitiera apreciar la antiestética deformación que se percibía al situarse en las proximidades de este apabullante monumento, logrando obtener así un efecto estético a través de unas certeras alteraciones, donde las erectas columnas estaban un poco curvadas hacia el centro, no equidistantes y algo más gruesas en las propias esquinas y con el frontón levemente arqueado y con el estilóbato ligeramente convexo. Sabía muy bien nuestro entrañable protagonista que en los anales de la Historia, la ciudad de Atenas de los dioses, fue invadida en el año 189 a.C. como forma de castigo por la alianza mantenida con uno de los peores enemigos de Roma, en Asia Menor, librándose de una completa destrucción porque los romanos siempre respetaron las tan avanzadas enseñanzas de esta tan grandiosa civilización, dotada de una creatividad excepcional y que había sido la fuente de inspiración de toda la Cultura Occidental, en todos los ámbitos del pensamiento y el arte, cuyos géneros literarios, como la filosofía, la historia, las matemáticas, la medicina, la arquitectura y la escultura, fueron  deudores del extraordinario genio griego. El filosofo ateniense, Sócrates, que vivió a finales del siglo V a.C. había actuado como solemne árbitro moral, sabiéndose de todas sus desconcertantes ideas a través de los “diálogos socráticos”, escritos por su tan aventajado alumno Platón, en el cual examinó tan sucintamente los conceptos de Justicia, Virtud y Valentía, situando el mundo de las ideas en el divino  cielo, creando simultáneamente su propia academia en las afueras de la ciudad de Atenas de los dioses. Su tan sobresaliente pupilo, Aristóteles, fue el autor de la primera Ética y un genio de la observación científica, fundando el Liceo para poder enseñar desde biología hasta ética, ayudando a convertir la ciudad de Atenas de los Dioses, en una de las primeras ciudades universitarias del mundo civilizado, monumentalmente reflejado de forma tan simbólica por el genial pintor toscano Rafael, en el año de 1508, en su tan genial obra maestra llamada “La Escuela de Atenas. En la poesía épica, se había destacado Hesíodo, donde sus poemas más famosos incluían la tan legendaria Teogonía, una magnifica historia de “Los Dioses, los Trabajos y los Días”, que trataba acerca de como poder vivir una vida con tanta honradez. Tras registrarse una segunda rebelión, los romanos destruyeron entonces todas las murallas, llevándose muchas de sus tan preciosas estatuas votivas o honorificas, hacía la ciudad de Roma, Caputi Mundi, pero la Grecia clásica siempre hizo cautiva a su  fiera conquistadora y tras el perdón del emperador Julio César, la ciudad-estado de Atenas de los dioses, había experimentado entonces un periodo sin precedentes de Pax Romana, es decir, durante unos tres siglos, convirtiéndose en un deslumbrante centro del saber, al que acudían los privilegiados hijos de tantos patricios romanos. En aquella sobresaliente época histórica, el emperador Adriano, que había sido todo un amante de la cultura griega, embelleció la ciudad de Atenas, con unos enormes monumentos en el Ágora Romana, creando la biblioteca de Adriano,  construida en el año 132 a.C. considerada como una de las mayores construcciones atenienses de la época romana, y también por el arco de Adriano, una construcción en mármol pentélico con un único vano y varios elementos decorativos corintios, erigido por los atenienses en el año 132 d.C. que fue considerada como la línea divisoria entre la ciudad griega y la ciudad romana, donde el friso noroeste llevaba la siguiente inscripción: “!Esto es Atenas la antigua ciudad de Teseo¡” mientras que en el otro friso narraba: “!Esta es la ciudad de Adriano y no de Teseo¡”. Sirvió igualmente para conmemorar la consagración del Templo del Zeus Olímpico, donde todo lo sacro era omnipresente, porque habían religiones politeístas y antropomórficas, sin ningún dogma, ni textos sagrados, ni clero sacerdotal, y con excepción de los cultos con misterios, se manifestaban a través de rituales públicos como oraciones, procesiones, ofrendas, libaciones, sacrificios, banquetes, juegos y competiciones deportivas, poéticas o teatrales, que constituían indudablemente tan sólidos cimientos de toda la sociedad griega, donde los atletas y los poetas, siempre defendían el honor de sus propias ciudades, que competían entre sí debido a la gran riqueza de sus enormes ofrendas.

 

 

 

“Erase una vez la virtuosa Alegoría, dedicada a la tan  prodigiosa sabiduría”. El Ocaso. En aquella tan maravillosa ocasión, empezaba él a rodear muy lentamente todo el Partenón, paseando tan plácidamente por la vía Panatenaica, teniendo siempre su penetrante mirada totalmente enfocada a este tan sobrecogedor monumento, enmarcado por los tan emblemáticos templos jónicos de Atenea Niké, una obra de Calícrates, erigido en honor a la diosa Atenea en su personificación de la victoria obtenida por los griegos sobre los persas y aún por el Erectión y el pórtico de las cariátides,  construido en recuerdo del mítico rey Erecteo, de planta irregular, con la que el arquitecto Filocles solucionó el problema del desnivel del terreno, estando tan suntuosamente adornado con seis tan gráciles cariátides, alzándose majestuosamente en el punto más sagrado de la Acrópolis, donde legendariamente había sido el lugar exacto en que la diosa Atenea Parteno, había ganado la contienda por la ciudad de Atenas contra Poseidón, al hacer brotar un olivo sagrado plantado por Atenea y que habría rebrotado tras su destrucción por los persas y haber superado también a la fuente creada por el Dios del Mar, Poseidón, siempre acompañado con la marca de su tan icónico tridente. Tras el fulgurante paso de las civilizaciones minoica y micénica, durante los siglos oscuros, ocurrido entre los siglos XIII y XII a.C. toda la fragmentación existente en la Hélade, iba a constituir el marco idóneo en el que se desarrollarían pequeños núcleos políticos organizados alrededor de las ciudades llamadas polis, perfilándose el protagonismo de dos cruciales ciudades: Esparta y Atenas. Toda la actividad de las polis hacia ultramar, había sido un elemento importante  de su propia existencia, dando lugar a luchas hegemónicas entre ellas y al desarrollo de un proceso de expansión colonial por toda la cuenca mediterránea y el  mar Negro. En su primer día de estancia en la ciudad de Atenas,  empezaba él a vivirla con demasiado goce sensorial, donde la histórica mole de la Acrópolis le iba llamando tan insistentemente para que él subiese hasta allá arriba, donde en un ápice deambulaba tan sosegadamente por la “Torre de los Vientos conocido como aérides (los ventosos), levantada hacia el 40 a.C. altivamente ubicada sobre las ruinas de la antigua Ágora Romana, habiendo sido construida en mármol pentélico con una base octogonal de 7 metros de diámetro y 12,8 metros de altura, rematada con una cubierta piramidal durante la Época Clásica por el astrónomo Adrónicus de Cirro, donde estuvo dotada de un reloj de agua con compás, algunos relojes de sol y una etérea veleta, teniendo uno esbelto relieve a cada lado que representaba mitológicamente al dios Eolo y sus ocho tipos de vientos, uno sobre cada muro. Las tan refinadas esculturas de todos los espacios públicos, siempre recordaban toda la gloria de los héroes del pasado, siendo muy a menudo sus propios héroes míticos, y era precisamente en la Atenas de los Dioses donde se encontraban los héroes de las diez tribus áticas, traducido en un altar dedicado a doce dioses, así como muchas estelas y decretos en honor de todos aquellos que la patria griega consideraba  meritorio de ser exaltados. El orador Licurgo, recordaba que mientras en las otras ciudades griegas se habían levantado en el ágora algunas estatuas votivas o honorificas de  atletas vencedores, sin embargo, en la ciudad de Atenas de los dioses, se erigieron tan ufanamente tantas estatuas honorificas, que representaron a tan buenos generales o entonces a algunos tiranicidas. Innegablemente, se traducía en un vivo discurso visual, pues numerosas consagraciones cívicas o religiosas expresaron un determinado modelo más ideológico que estético. Y deambulaba él por Dionysiou Arepagitou, situado justo en frente del gigantesco yacimiento del templo de Zeus Olímpico, comenzado en el siglo VI a.C. y acabado en época  romana, considerado como el más grande templo de orden corintio de toda Grecia, mandado construir en el siglo VI a.C. durante el reinado del tirano Pisístratos, no se habiendo terminado hasta 650 años después, justo cuando el emperador Adriano lo dedicó a Zeus Olímpico, durante el festival Panhelénico, ocurrido en el año 132 d.C.  Durante su segunda visita a la ciudad de Atenas de los dioses, mandó colocar una estatua de Zeus, con incrustaciones de tan valioso oro y refinado marfil, donde actualmente de este tan gigantesco templo, solamente quedaban en pie quince columnas, estando una de ellas en el suelo, de las 104 pudientes columnas de mármol blanco pentélico originales, que fueron hechas en estilo corintio. Sin cualquier descanso, deambulaba él ahora por el ágora mejor conservada de toda Grecia, la gran plaza pública de Atenas  de los dioses, que había sido el crucial centro de toda la vida cívica del gobierno y de la actividad social y comercial de antigua Atenas de los dioses, siendo  también el lugar de los debates filosóficos, pues justamente en este sitio donde el filosofo Sócrates, expuso toda su prístina filosofía y el apóstol  San Pablo, había predicado el cristianismo allá por el año 49 d.C. Los restos arqueológicos más importantes se encontraban reflejados en el templo dórico de Hefesteion-Teséion, un templo períptero anfipróstilo y hexástilo, construido en tiempos de Pericles,  poco después de 450 a.C. en memoria del mítico rey Teseo, cuyas hazañas figuraron esculpidas en parte de las metopas, estando emplazado sobre una pequeña colina, este templo dórico fue dedicado a Hefesto, el herrero divino, el dios de la metalurgia, en donde en la fiesta anual de las Hefesteas, habían armoniosos coros que interpretaban muchos ditirambos en honor del dios Hefesto, pero también a Atenea Ergane, la diosa de la cerámica y patrona de todos los oficios, en cuyo friso se veía representado “Los Doce Trabajos de Hércules”.  El pronaos y el opistodomos del Hefesteón, fueron decorados con frisos jónicos, donde hubo unos bajorrelieves que representaron la batalla entre los centauros y los lapitas, realizados en blanquecino mármol de Paros, cuyo templo se había convertido en la Iglesia de San Jorge, siendo esa tan verosímil razón,  el hecho de encontrarse todavía en muy buen estado.

 

 

 

 

“Erase una vez la Alegoría, dedicada a las tan exactas matemáticas”. El Día. El magnificente Partenón, se encontraba ubicado cerca de la colina del Aerópago y del Odeón de Herodes Ático, quien había sido un amigo personal del emperador Adriano, habiendo conservado un marcado carácter religioso, pues en los siguientes siglos había sido transformado sucesivamente en iglesia bizantina iglesia latina, en mezquita islámica, llegando  por fin a ser una fortaleza militar, bajo el dominio de los otomanos. En el año 1867, los turcos lo utilizaron como depósito de pólvora, y durante el sitio de los venecianos efectuado durante dos meses por el general Morosini, cuyo punto de ataque estuvo emplazado en la “Colina de las Musas”, sin cualquier tipo de hesitación  abrieron fuego y una de las bombas utilizadas durante éste brutal asedio, tuvo la mala suerte de caer en el Partenón, causando una enorme explosión que destruyó gran parte de la edificación de este deslumbrante monumento, que había estado preservado en tan buenas condiciones hasta aquel momento. En la cúspide de la “Colina de las Musas”, se ubicaba el histórico monumento de Filopapos (114-116 a.C.) trasmutado en un templete funerario de mármol blanco pentélico, construido en honor del senador romano Cayo Julio Antíoco Filopapo, un cónsul romano y pro-helenista, cuya bonita fachada cóncava hecha en tan lustroso mármol de doce metros de altura, contenía unas simétricas hornacinas, refinadamente adornadas con las estatuas de Filopapo y su abuelo Antíoco IV, y el elegante friso que rodeaba todo el monumento representaba la tan ufana llegada en cuadriga de célebre Cónsul, para su nombramiento como cónsul romano sobre la ciudad de Atenas de los dioses, hecho ocurrido en el año 100 d.C. En el siglo XIX, el embajador británico de Constantinopla, decidió retirar la mayor parte de la decoración escultórica de este tan memorable monumento, como los preciosos frisos, las valiosísimas métopas y los policromos frontones y trasladarlos enseguida a Inglaterra, para luego venderlo al Museo Británico, que los expuso no sin controversia expoliando sin ninguna contemplación uno de los más magníficos tesoros de Atenas de los dioses. Consumando él su anhelo de conocimiento real de la Atenas de los dioses, sin ninguna imposición coactiva, ya contemplaba él con inaudito goce sensorial, las tan fabulosas vistas panorámicas toda la ciudad moderna de Atenas, apreciada desde el Licabeto, donde con su minuciosa mirada dominaba toda la ciudad mítica de Atenas de los dioses,  atiborrada de tantos dioses de recambio y un sin fin de leyendas, cuyos  filósofos que allí vivieron debatieron en el Ágora ateniense, con sus tan sabios discursos, ataviados de un arrebatador exordio, cuya floritura de oratoria estaba rebosada de tan complejo narratio, una perenne argumentación y tan eficaz conclusión, siendo el preciso lugar en que confluía la Vía Sacra proveniente de Eleusis y el camino de Arcanas, habiendo sido también la cuna del nacimiento de tan consagrada Democracia,  llevada a cabo por el demócrata Solón, cuando fue nombrado arconte (Magistrado-Jefe), introduciendo para tal efecto ciertas reformas sociales y económicas, utilizando el primer parlamento de la historia en una plataforma rocosa, con forma de hemiciclo llamado Pnyx donde pronunciaron sus discursos unos grandes oradores políticos como Pericles o Alcibíades. La tan gloriosa ciudad de Atenas de los Dioses, fue también el hogar de la primera universidad y tan ufano palco de la plena culminación de muchos hitos arquitectónicos y artísticos, cuyo hilo narrativo iba desde el impresionante Partenón hasta las grandes tragedias integradas en la Edad Dorada de Atenas, además del legado imperecedero de Homero, considerado como el primer gran escritor griego, que describió los episodios de la Guerra de Troya y del gran viaje llevado a cabo por el intrépido héroe, Ulises, en sus dos grandes obras épicas del siglo IX a.C. conformadas por la Ilíada y la Odisea. El personaje Ulises, había sido un legendario héroe homérico, hijo de Laertes, rey de Ítaca,  dotado de un ingenio tan proverbial, que tras la caída de Troya, anduvo errante durante otros diez años antes de poder regresar a su propia patria y vivir junto a su esposa Penélope. La ciudad de Atenas de los dioses, en el transcurrir del tiempo, dio a la luz la primera gestación de grandes historiadores, como los renombrados Heródoto y Plutarco. El renombrado escritor Pausanias, había sido uno de los primeros escritores de viajes y el gran Tucídides que en la guerra del Peloponeso quiso descubrir toda la verdad de los propios hechos históricos, a través de tan aguda percepción psicológica. Las magistrales obras dramáticas, se remontaron a las competiciones celebradas en Atenas de los dioses en el siglo VI a.C. durante el festival de Dionisio, que sostenía el  Kántharos , la copa ritual del vino de la vida, cuyos sátiros se representaron como sexualidad salvaje y las ménades aparecían como receptáculos fecundos. Las fiestas de las Dionisias, consolidaron el ditirambo, la tragedia, y el drama satírico, como espectáculos populares en el ámbito de ciertas festividades, en que el vino propiciaba unas vivencias religiosas de elevada intensidad. La otra gran fiesta dionisiaca, Las Leneas, se asociaba a la comedia, pero en el siglo V a.C. incluía también concursos de tragedia en el teatro original hecho de madera, que había sido construido en el siglo VI a.C. Posteriormente este teatro enclavado en la ladera sur de la acrópolis,  fue reconstruido en piedra y mármol pentélico, entre los años 342 y 326 a.C. con un aforo para 17.000 espectadores, exquisitamente adornado con un altar consagrado a Dionisio, cuyo foso de la orquestra estaba agraciado con bonitos tronos de mármol pentélico en los niveles inferiores, utilizados por tan altos dignatarios e insignes sacerdotes. El grandioso e hierático asiento del sacerdote de Dionisio, se distinguía por las garras de león, los sátiros, los grifos,  tan maravillosamente esculpidos en su parte trasera. Fue en un festival de Dioniso, donde un griego llamado Tespis,  abandonó con mucha decisión el referido coro, para dirigirse al centro del escenario en solitario, cuyo acto fue considerado como la primera interpretación dramática de la historia. En la actualidad ciertas obras de tan geniales dramaturgos griegos como Esquilo, el primero de los grandes autores trágicos, donde trataba como ninguno el problema de la hamartía el “ error trágico”, cuya obra más conocida fue indudablemente la trilogía de las Orestíadas y también por Sófocles, considerado como el mejor autor griego de tragedias, destacando el conflicto entre las leyes no escritas, que regulaban ancestralmente las relaciones familiares y las leyes de las polis, que imponían un código suprafamiliar, habiendo quedado consagrado como ganador por 18 veces de tan vibrantes Dionisias, escribiendo más de cien obras teatrales, de las cuales se habían conservado solamente siete, entre ellas Antígona Electra y su obra teatral más famosa, el Edipo-Rey. El dramaturgo Eurípides, el más humano de los tres grandes trágicos, había sido el más popular, en donde sus historias siempre fueron consideradas como las más emocionantes, cuya situación límite  del “ error trágico” se manifestaba de un modo mucho más próximo que permitía conectarlos con la propia realidad cotidiana. Llegó Eurípides durante la “Edad de Oro” del teatro griego, a escribir unas ochenta obras teatrales de las cuales se habían conservado solamente unas 19 obras, entre ellas Medea Andrónicas, Orestes y las Bacantes, que se seguían representando en el Odeón de Herodes Ático y también en el impresionante Teatro de Epidauro, el mejor conservado de toda Grecia, construido por Policleto el Joven a finales del siglo IV a.C. en la ladera del monte Kynortion, estando el mismo atiborrado de  una excepcional acústica. Por fin había que resaltar el dramaturgo Aristófanes, considerado el mayor de los poetas de la llamada “Comedia Antigua”, que se diferenciaba de la comedia de costumbres, porque no utilizaba tramas y personajes de la vida real, en donde lo suyo eran unas farsas que distorsionaban la propia realidad hasta el límite de la caricatura y el disparate.   El arte griego alusivo a la Grecia clásica, representaba per se un genuino estilo elaborado por los antiguos artistas griegos,   caracterizado por la búsqueda de una radiante belleza ideal, recreándose muy refinadamente en un mundo ideal del modelo platónico o mediante una rigurosa imitación de la propia naturaleza, en el sentido de la mímesis aristotélica. Las tan resplandecientes obras de Polignoto de Tasos, que fueron magistralmente concebidas en el siglo V a.C. seguían siendo admiradas incluso tras su muerte y todas las esculturas llamadas Kóuros fueron las primeras estatuas en representar los tan magnificentes desnudos masculinos, a través de ciertas figuras idealizadas que estaban inspiradas en las estatuas egipcias, pues tenían una posición frontal y con una pierna adelantada. El genial escultor griego, Praxíteles,  fue el más famoso escultor de la Escuela de Ática, durante el siglo IV a.C. donde la propia cultura griega había sido una gran cultura seminal que sirvió de base a toda Civilización Occidental, aportando una poderosa influencia sobre todo el Imperio Romano y enormemente influyente para la lengua, la política, los sistemas educativos, la filosofía, la ciencia y las artes, dando origen a la tan fructífera corriente renacentista de los siglos XV y XVI, ocurridos en Europa Occidental, “resurgiéndose”,  otra vez, en Europa y América, durante los movimientos neoclásicos ocurridos en los siglos XVIII y XIX .

 

 

 

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“Erase una vez una Alegoría, dedicada a la tan refinada arquitectura”. El Ocaso del día. Durante tan delicioso atardecer, ya iba él montado en su tan reluciente Vespa “primavera del renacimiento 2018”, con el firme propósito de deleitarse sensorialmente de una de las puesta del sol más famosas del mundo, sumergiéndose en el mar Egeo, siendo mirada desde el cabo Sunion, situado en el punto más meridional del Ática, en tan cálidos tonos naranjas sobre un fondo azul, filtrándose con tan hermosa gracia, bajo un mágico juego de luces. Entonces, en un santiamén, el mar Egeo ya se iba transformando en una mercurial lámina de agua, vista a través de tan translucidos y bellísimos mármoles, asientes sobre un rocoso y elevado promontorio, que se descollaba sobre tan agrestes acantilados,  sublimados por la enorme belleza clásica del Templo de Poseidón, construido en estilo dórico entre los años 444 y 440 a.C. teniendo seis columnas en sus frentes y trece en los laterales, de seis metros de altura, en el cual el fuste estaba acanalado con dieciséis aristas, lo que le permitía resistir mejor a la corrosión marina. Este templo dórico, ya apareció mencionado en la Odisea de Homero, habiendo sido construido por el mismo arquitecto del Telesterion de Eleusis, donde en cada año se había celebrado  los “misterios eleusinos”, cuyas sacerdotisas revelaban la visión de la “Santa Noche”, alumbrado con fuego, simbolizando la vida tras la muerte, cuyos iniciados llamados  “mystes” bebían tan frugalmente el Ky-Ken, que era una bebida con briznas de trigo y amapolas. Este mítico lugar fue también el lugar ideal para la consumación del culto al Dios del Mar, Poseidón,  sublimemente dotado con sus tan brillantes y lustrosas columnas de mármol blanco pentélico, que habían servido de referencia a los marineros helenísticos, durante tantos siglos. La mayor percepción acontecía al estar él tan vivamente enamorado de sus tan refinados volúmenes, justo en el momento que deambulaba con paso ligero por el lado este del camino principal que iba conduciendo a este tan diáfano templo, engalanado con un friso jónico formado por trece losas de blanquecino mármol procedente de Paros, que contenían ciertas escenas mitológicas de los Lapitas y los Centauros y aún por determinadas representaciones mitológicas, de las acérrimas e intrépidas aventuras de Teseo, que según algunas leyendas era hijo de Poseidón. El templo de Poseidón, también permitía combatir los efectos producidos por la corrosión del agua, porque las columnas solo tenían 16 estrías en lugar de veinte,  de modo que se reducía el área expuesta a tan nefastos elementos atmosféricos. Era también muy famosa la inscripción del nombre grabado por el poeta romántico, Lord Byron, en el año 1810, quién escribió en la ciudad de Atenas de los dioses “La doncella de Atenas”, inspirada en su amor hacia la hija de su propia casera, diciendo esto: “!si soy poeta es gracias al aire de Grecia¡” retornando a ese país en el año 1823, por su firme deseo de colaborar en la lucha contra los turcos durante la guerra de independencia de Grecia.

 

 

 

 

 

“Erase una vez una Alegoría, dedicada a la Democracia”. La Aurora. El triunfal establecimiento de los juegos panhelénicos, ocurrido en el año 776 a.C.  había sido considerado como el primer gran evento de toda la historia griega, cuya prueba de velocidad masculina fue la única prueba deportiva, cuyos competidores provenían siempre del mismo lugar. El primer ganador debidamente documentado había sido un tal Koroinos, un hercúleo cocinero de la cercana población de Elis, cuyo antiguo Pentatlón era compuesto de velocidad, lucha, lanzamiento de jabalina, disco y salto de longitud con ayuda de lustres. Desde el siglo VIII a.C. hasta al IV d.C. los atletas competieron desnudos como si fueron estatuas Kóuros, emulando tan fidedigna representación de un cuerpo ideal, pues los escultores comenzaron a explorar diferentes formas de representar todos los detalles anatómicos, destacando  la expresión de la musculatura,  a fin de poder resaltar toda la fuerza y virilidad de sus propios modelos, cuya desnudez se convirtió en el más puro emblema de la apabullante belleza griega, siendo esencialmente de naturaleza masculina, en donde el cuerpo masculino era triunfalmente expuesto en toda su desnudez atlética y los vencedores de los juegos debían consagrar a sus más venerados dioses, su propia imagen convertida en tan ufana estatua, siempre acompañada de su propio nombre. Toda la desnudez heroica solía manifestarse en la escultura adosada a la arquitectura y también en los refinados altorrelieves, cuyo arte griego fue mostrando simultáneamente tan incesante búsqueda de una total expresividad del propio rostro, intentando, ante todo, traducir el fidedigno carácter del sujeto representado. Los tres grandes maestros del siglo V a.C.  que se habían destacado notablemente en este glorioso proceso creativo fueron: el primero, Mirón, aún cercano a las tradiciones arcaicas, realzado con su “Discóbolo de Mirón”, cuyas piernas se apoyaban en tronco de árbol, asegurando toda la solidez del bloque de piedra y buscando plasmar el movimiento en sus esculturas mediante tan elaborada y tan estilizada construcción, que se traducía en la torsión del busto, en la flexión de las propias piernas y tenía el brazo en perfecto equilibrio, realzando así todo el dinamismo del propio lanzador, cuya estatua estaba hecha para ser mirada de perfil, plasmando toda la dinámica del movimiento a través de una disposición racional y casi geométrica de tan expresivas formas del cuerpo, en vez de emplear un mimetismo puro. Asimismo, Policleto de Argos, fue  también tan apreciado en el siglo I d.C. en especial por el arte existente en la época del emperador Augusto, deseando volver a apropiarse del tan preciado modelo griego. La hierática postura en “contrapposto”  tenía la pierna extendida y el hombro caído y con la otra pierna distendida por detrás, combinando armónicamente toda la inmovilidad con el propio equilibrio de la figura humana, creando un complejo análisis de todas las relaciones entre las proporciones del cuerpo humano,  sustentado por el canon, un método de cálculo casi matemático, fundado en la medida de las falanges que él lo había presentado en un innovador tratado teórico, siguiendo el modelo de las especulaciones numéricas efectuada por los arquitectos de aquella Edad de Oro. Los juegos panhelénicos, habían sido impelidos fundamentalmente por la llegada de los dorios y el tan consagrado culto a Zeus, cuya celestial morada en el monte Olimpo, dio perpetuamente el nombre a Olimpia, en donde metafóricamente tan firme y tan solemne pulso de las hieráticas vestales, consideradas las más bellas de las Korai, realzando ante todo tan refinado hieratismo, rigidez y frontalidad, cuyas facciones de rostro o el modelado del cuerpo revelaban un interés nuevo por acercarse a una expresión muy natural, todavía se encargaban cada cuatro años de sostener una incandescente  antorcha, prendida gracias a los rayos solares que se proyectaban sobre un pebetero metálico, vistiéndose ellas de la misma forma que hace miles de años, con sus tan sutiles y plisadas túnicas blancas, pero aún con tanta sencillez, las vestales de Olimpia eran capaces de revivir el fuego que habitaba en miles de humanos. En aquella tan mágica ocasión, ya iba él montado en su Vespa “primavera del renacimiento 2018”,  reflexionando bajo atento axioma, en donde nada fortalecía el juicio y avivaba la propia conciencia, tanto como la responsabilidad individual… iba él impetuosamente directamente hacía la tan legendaria Olimpia, que se encontraba emplazada en la confluencia de los ríos Cludeo y Alfeo, donde durante más de 1000 años había sido el aglutinante centro religioso y atlético, aunque hubiera florecido en tiempos micénicos, cuya magnificente estatua de Zeus, había sido considerada como una de las siete maravillas del mundo clásico, transfigurada resplandecientemente en una notable escultura crisoelefantina, que medía aproximadamente unos doce metros de altura, habiendo sido tan delicadamente esculpida en tan refinado y blanquecino marfil. La deidad de Zeus, tuvo el torso desnudo y un manto en torno a las piernas, llevando la cabeza coronada de hojas del sagrado olivo y teniendo la mirada algo entornada hacia abajo, que le confería un aspecto muy paternal, cuyo trono fue en sí mismo otra obra maestra hecho a base de marfil, ébano, oro y piedras preciosas, erigiéndose en el interior de tan diáfano templo dórico, que había presentado sobre los entrepaños de la cella- pequeña sala central del templo- un refinadísimo decorado con las metopas consagradas a las hazañas del legendario héroe Heracles. Cada episodio, había sido tratado sobre un panel distinto, cuyo conjunto estuvo segmentado en doce obras, siendo la primera vez que se representaron en esta forma cíclica los doce trabajos del héroe fundador de los juegos olímpicos, es decir, el héroe Heracles, considerado como el supremo atleta por excelencia, aquel al que nada se le resistía. En su lucha titánica contra el toro de Creta (El padre del Minotauro), el héroe se afirmaba tan categóricamente, con el propósito de doblegar todo el impulso del monstruo, siendo ayudado por el esfuerzo sobrehumano del más poderoso de todos los héroes. La población de Olimpia, estuvo rebosada de seculares monumentos, cuyo santuario principal fue adquiriendo un carácter más helenístico, en donde su proceso arquitectónico fue completado en el año 300 a.C. y a finales del reinado del emperador Adriano (117-138 d.C.) el santuario de Olimpia ya habría perdido toda su importancia, tanto religiosa como política. Existía todavía  de forma tan metafórica,  una “Ventana Decorativa”, que había formado parte de los talleres del genial escultor Fidias, el cual llegó a desarrollar un arte muy sensual, acaparando toda la atención de Pericles, que le confió la ejecución de todas las esculturas del Partenón, destinado a asegurar la eterna gloria de Atenas de los dioses. La antigua Olimpia, fue de facto el legendario lugar donde se había concebido una enorme estatua dedicada a Zeus, cuyo impresionante Templo de Zeus, aunque solo quedara ahora ingentes cantidades de tambores de columnas y otras secciones, eran suficientes para poder mostrar toda la grandeza vivida por este tan exultante templo dórico, monumentalmente construido en el siglo V a.C. bajo el siglo de oro de tan radiante época clásica.

 

 

 

Erase una vez una Alegoría, dedicada al gran arte arcaico y clásico. La Noche. La ciudad de Olimpia había monopolizado durante casi diez siglos, toda la vida política y religiosa de la Grecia clásica, siendo de facto el aglutinante lugar en donde se celebraran los juegos olímpicos, que ayudaron a confraternizar a todos los griegos durante un cierto periodo de tiempo, habiendo un intervalo de cuatro años entre cada olimpiada, que durante mucho tiempo fue considerada como la única cronología reconocida, en el preciso momento del inicio de los juegos olímpicos, ocurridos en el año de 776 a.C. En aquella exultante época, los juegos olímpicos representaron de facto una tregua sagrada, pues se interrumpían todas las dantescas guerras, siendo considerado como un buen pretexto para la consumación de tantas fiestas y conciertos, culminados con ciertas variantes de carreras a pie, la jabalina, el disco, la lucha, el boxeo y el pancracio, cuyos apoteósicos vencedores recibían ufanamente una ornamentada corona de laurel, pero cuando volvían a sus casas, se les hacían hasta estatuas. Sin embargo, las mujeres no tenían ningún derecho a participar en los juegos olímpicos, pues se les obligaba a los atletas a entrar desnudos al estadio olímpico, hasta los últimos juegos olímpicos que tuvieron lugar en el año 393 d. C. y que fueron definitivamente prohibidos por el emperador cristiano Teodosio I. En el año 426 d.C. su sucesor Teodosio II, al considerar a las Olimpiadas como fiestas paganas, ordenó tajantemente la integral destrucción de toda Olimpia destrozando sin ninguna piedad todos los monumentos, quedando el lugar sepultado bajo toneladas de tierra. Fue en el año de 1829, cuando se empezaron las primeras excavaciones, exhumando una enorme cantidad de estatuas mutiladas, reducidas a millares de piezas y que gracias a los escritos de Pausanias en sus “Relatos Elianos”, quién había hecho un inventario escrupuloso de los propios edificios y de todo lo que adornó aquel complejo olímpico, se pudo reconstruir tan fielmente todos los frontones del templo de Zeus y la mayor parte de las estatuas, entre ellas, tan mayestático Hermes,  concebido por el gran artista griego Praxíteles.  Y todo lo relacionado con la tan refinada cerámica griega, en donde señalaba él la suprema calidad de las piezas de estilo geométrico de los siglos IX al VIII a.C. como ánforas, skyphos,  un cuenco con dos asas, muchas cráteras, entre otras una crátera datada del año 530 a.C. y debida a uno de los mejores pintores de vasijas, Exequias. Se habían fabricado también todo tipo de vasos, donde rebosaba una abigarrada ornamentación en base a líneas que formaban rombos, meandros, ajedrezados y zigzags, además de presentar ciertos animales como caballos muy esquematizados, acabando por ser resaltada por tan elegantes cerámicas de figuras rojas y negras, adornada de ciertas escenas mitológicas. En la Atenas de los dioses,  hubo también algunas clepsidras, relojes de agua de terracota, que fueron usados para medir la intervención de los oradores en los tribunales públicos. De extraordinario valor-decía él- era una estela en mármol fechada en el año 336 a.C. cuya parte superior ocupaba un relieve que mostraba la personificación de la Democracia coronando al demo (el pueblo) de Atenas de los dioses, mientras que en la inferior aparecía grabado el texto de la ley contra la tiranía.

 

 

 

 

“Erase una vez una Alegoría, dedicada al Demos”. La Noche. La sentida nostalgia por el gran taller de tan divinizado escultor, Fidias, quien había realizado en Olimpia una gigantesca estatua de Zeus, habiendo sido innegablemente considerada como una de las siete maravillas de la Época Clásica, siendo posteriormente transportada hacia Constantinopla, para ser totalmente destruida. Se levantó también el Templo de Hera, considerado como uno de los templos griegos mejor conservados, trasmutado en un pequeño edificio situado al norte del templo de Zeus, donde se puso en evidencia el sueño de la total perfección,  pues fue construido en una proporción 9:4 para hacerlo totalmente simétrico, enalteciendo ante todo el sentido de tan embaucadora y tan sublime belleza. Sin embargo, en la sobresaliente estatuaria griega, había resaltado también la soberbia escultura llamada “Auriga de Delfos”, ubicada en un mítico lugar, cuyo oráculo había sido consultado durante tantos siglos, tanto por tan humildes ciudadanos, como por poderosos gobernantes, cuyo ritual estaba centrado en la sacerdotisa Pitia, sentada en un trípode emplazado sobre una roca de la que salían varias emanaciones y en el momento  que los respiraba entraba inmediatamente en puro trance, pronunciando series de ininteligibles palabras que eran consideradas palabras del dios Apolo. Sin embargo, el ritual de Dodona, estuvo relacionado con la enigmática  interpretación, que se hacían con los sonidos producidos por el propio viento en una encina sagrada, emplazada en el mismo centro del santuario, cuyo roce de las hojas permitía a la sacerdotisa escuchar un vago susurro que era atribuido a Zeus, emitiendo una respuesta completamente diferente para cada una de las preguntas formuladas por tan perplejos peregrinos. De forma helicoidal, se iba desenvolviendo un mayestático cuadro, cuyo reflejo en un espejo o una escena que se desarrollaba en otro lugar de Atenas de los dioses, que se podía ver a través de la abertura una pared del fondo, iba indicando secuencialmente el variado legado arqueológico, que era visible por toda ciudad de Atenas de los dioses, en donde él haciendo zigzag iba resaltando, el Teatro de Dioniso Eléutero, el Santuario de Asclepo, la Estoa de Eumenes, el Odeón de Pericles, la Linterna de Lisícrates, la Estoa de Atálo, el Barrio del Cerámico, La muralla de Temístocles. Bajo un juego topográfico, con diversos planos de la realidad de Atenas, habiendo monumentos dentro de monumentos, que se reflejaban los unos en los otros, comentándose recíprocamente y que se interrogaban mutuamente su propio mensaje… en aquel tan precioso crepúsculo, era como si nuestro emblemático “castillo flotante”, el ferri “Mare Nostrum”, navegara tan plácidamente sobre una lamina de agua tan luminosa, que era visto por una atenta mirada subjetiva, cuyo rayo de visón abarcaba las tan hermosas columnas dóricas del legendario Templo de Poseidón, asiente en cabo Sunion, desfrutando así de impagable y tan sensorial puesta del sol ¿Sería que nuestro protagonista, si hubiera quedado más tiempo en Atenas de los dioses?