“Erase una vez una alegoría, dedicada a la Diplomacia”. El Alba. Ya ocurría el albor de un nuevo día, atizado por la incesante y flagrante búsqueda de florecientes y sorprendentes geografías íntimas, para que el insaciable alma de nuestro entrañable personaje fuera holgadamente saciada. En aquella transcendente ocasión, el reluciente sol ya se iba alzando muy rápidamente con tan solemne magnificencia, proyectando un radiante y luminiscente fogonazo de luz,  a lo largo de Afrodisias, repleta de amapolas rojas y cuyo nombre evocaba el término afrodisíaco  derivando del nombre griego de la diosa del amor puro y espiritual, Afrodita y llamada Venus por los romanos.

Su prosperidad ocurrió durante los siglos II o I a.C. cuando se convirtió en una ciudad prospera, y durante el siglo III d.C.  fue la ufana capital de la provincia romana de Caria, al recibir la protección de Marco Antonio y Tiberio, legando hasta nuestros días algunos monumentos muy bien conservados, como un teatro, un odeón y el estadio quizá más bello de toda la antigüedad,  cuyo esplendor se veía acentuado por atractivo paisajístico que lo rodeaba. Iba él por el camino que nacía del lado septentrional del templo y  rodeaba  un edificio  destinado a escuela filosófica, llegando al estadio que se conservaba en perfecto estado  incluidos los muros de apoyo, aunque estuviera parcialmente enterrado.

Originalmente tenía una pista  de 250×34 m y las 22 filas de gradas podían albergar a unos 20.000 espectadores.

La diplomacia

La diplomacia

En aquella diáfana mañana, tras haberse bañado tan relajadamente  en los blancos acantilados y cascadas de agua petrificada de  Pamukkale, consistiendo en unas formaciones calcáreas, fruto de una fractura tectónica de la que surgen gran cantidad de manantiales termales, a 35ºC, en cuyas aguas abundan las sales de calcio,  ya tomaba él un engalanado autobús ornamentado con las joyas paisajísticas más emblemáticos de Asia Menor, cuya ruta lo llevaría, de aquella vez, hacia Esmirna, considerada la más occidentalizada y  cosmopolita de todas las ciudades otomanas,   considerada como una de las principales metrópolis de Asia Menor y del mundo Mediterráneo, que en el pasado  había disputado eternamente con Éfeso y Pérgamo, el competitivo rango de primera ciudad de Asia Menor, pues en la antigüedad contuvo prestigiosas bibliotecas, reputadas escuelas de medicina y también escuelas de enseñanza de retórica, cuya oratoria asiánica era de un tono exuberante, creativo y con conmovidas figuras estilísticas, donde todos los argumentos (exordio, narratio, argumentación y conclusión) seguían a los principios impuestos por la imaginación y no por la lógica.

Poco tiempo después, ya se encontraba él en la expectativa de poder descubrir nuevas y originales veredas dotadas de tan enriquecedoras y refinadas idiosincrasias y mientras esperaba la hora de la partida,  tomaba él un delicioso y tan aromático café turco, que consistía en el “Keyif”, relajándose e deleitándose, mientras iba contemplando serenamente a todos los ataviados transeúntes que pasaban tranquilamente por la calle de enfrente,  mirada desde la atmosfera interior de tan diáfana y pintoresca cafetería turca, cuyo lema, como si fuera una autentica delicia turca, en lo que respetaba a tan buen café, decía literalmente esto: un buen café ha de ser negro como el infierno, fuerte como la muerte y dulce como el amor (Proverbio Turco).

“Erase una vez una alegoría, dedicada a la Diplomacia”

El pueblo otomano había sido el primero en incitar a Europa en el gusto de esta tan célebre infusión, siendo en la ciudad de Moka situada a orillas del Mar Rojo, el primer puerto donde se había comerciado el café producido en Yemen y Etiopía, habiendo sido de facto un monopolio del imperio otomano hasta el siglo XVII, momento en el cual entró hacía Europa vía Venecia y Viena.

Susodicha cafetería turca, se encontraba ubicada tan cerquita del museo de Esmirna, que era enaltecido con ciertas esculturas de enorme calidad, donde sobresalía el grupo de Poseidón y Deméter, transfigurados altivamente en una pareja de estatuas, que formaban parte de un conjunto de refinados altorrelieves, representando legendariamente a un tan nutrido panteón de dioses y diosas del Olimpo.

En los jardines exteriores de este museo, había también larguísimos frisos de lustroso mármol y tan altivas columnatas de todas las ruinas de Aphrodisias, mostrando una sucesión de retratos de ninfas y  seres mitológicos, con todas las cabezas entrelazadas por una refinada guirnalda de frutas.

En un ápice, ya se iba tornando tan borrosa la inefable imagen de nuestro protagonista, cuando por fin subía él las escaleras de un ferri, que lo llevaría como nómada errático a otro indeterminado punto geográfico de tan azulenca Tierra.

 

 

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