Tenía él demasiado claro, que las cosas más importantes que habría que hacer un escritor, era solamente poder seguir transparentemente el hilo más genuino de su propia voz interior. Eso era lo único importante para él, saber obedecer genuinamente a su peculiar lenguaje, simbólicamente estructurado como si fuera un camino de unificación, entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu,  dando énfasis también a su pensamiento visual, para poder saber resaltar la diáfana luz, como elemento definitorio del día, del paso del tiempo y también de la gran arquitectura, la incidencia de los múltiples espacios que iban entreabriendo un espacio cargado de misterio y  apaciguador silencio, aludiendo a la médula misma de ese arte escribiente, al que él eligió dedicarse con denodado ahínco.

La gran mezquita azul

La gran mezquita azul

Y había en él una intangible geometría, que tras un arrebato sensible le tornaba visible, (…) era como si fuera la sensible caligrafía de su propia alma, así como el sutil tratamiento dado con su penetrante mirada, de tan esplendente luz y su cálido modelado de toda la materia viva, porque resultaba tan atractivo, sobre todo, al atardecer y al amanecer, en sus tranquilizantes paseos peripatéticos, a lo largo del ancestral camino, que comunicaba la monumental Basílica de Santa Sofía engalanada con sus puntiagudos minaretes con la gran Mezquita Azul.

En los intersticios del paso del tiempo fugaz, ocurría la inefable aglutinación luminiscente, bajo un refulgente juego de tintadas luces (…) era cómo si la romántica, nostálgica, engrandecida ciudad de Constantinopla, estuviera toda ella bucólicamente [retro]iluminada, dando acceso, en un ápice, a idílicos e inéditos claroscuros, que producían una gran multitud de apacibles composiciones iconográficas,  rebosadas de excelso goce estético, hacía el dilatado infinito, en refinados tonos azules muy puros, a veces sutilmente nebulosos, con ingentes claroscuros, en viva y dramática contraposición, acentuando paulatinamente una gran multitud de formas geométricas, avizorando exquisitamente todas las calidades compositivas, gracias a las flameantes llamas desprendidas por la deliciosa luz del crepúsculo, impregnando, intensamente de luminosidad y  penumbra, a las infinitas y embelesadas “imágenes latentes” de esta impresionante “ciudad entre muros”, zambullida en constante confrontación de valores entre Occidente y Oriente, donde todavía en sus iglesias bizantinas se podía ver partes del esbelto pavimento hecho de hermosos y refulgentes mosaicos “opus musiuun”, hechos con policromadas y resplandeciente teselas, que componían un detallado y centellante “opus vermiculatum”.  

E iba él por el cinturón de murallas  que permitió a la ciudad de Constantinopla, poder resistir a los sucesivos intentos de invasión durante más de mil años, cuyo bello itinerario incluía la visita a una de las iglesias bizantinas más bellas de la ciudad de Constantinopla, bajando una colina sobre la que se alzaba la hermosa San Salvador en Chora, traducida en  ( San Salvador de los Campos), acurrucada a la sombra de las murallas de Teodosio II, siendo el edificio bizantino que todavía conservaba la decoración más abundante de mosaicos de fondo dorado y cuyos frescos se encontraban entre los más hermosos de todo el arte bizantino, donde merecía la pena fijarse en el recubrimiento de mármol de la parte inferir de sus paredes, y sobre todo, contemplar detenidamente los mosaicos de fondo dorado del siglo XIV.

La iglesia actual que había sido reconstruida durante cinco veces,  sobre todo, en los siglos XI, XII y XIV. Se debía en parte a María Dukas, sobrina de Isaac Comneno, que la mandó construir hacia finales del siglo XI, cuyo ábside y cúpula eran posteriores al año 1200.

«Eso era lo único importante para él, saber obedecer genuinamente a su peculiar lenguaje, simbólicamente estructurado…»

Más tarde Teodoro Metoquitas, poeta y hombre de letras, fundador del monasterio (1270-1332), siendo aún primer ministro del emperador bizantino Andrónico II Paleólogo, asumió con orgullo el encargo y gracias a su riqueza y cultura personal, transformó la iglesia en el monumento más representativo de la última época dorada del arte bizantino, en el cual, hizo añadir el exonártex y la parekklesia, donde durante el asedio del año 1453, los griegos colocaron el icono de la Virgen Hodeguetria, esperando que su presencia en el punto más vulnerable de la ciudad sirviera para alejar el peligro de la invasión otomana. Los frescos del ábside estaban considerados como uno de los grandes logros del arte bizantino.

Sigue leyendo a José Manuel da Rocha