Ya con las primeras estelas luminosas reflejadas en el río Danubio, continuaba nuestro legendario y tan sofisticado catamarán Dacia, surcando, de esta vez, el curso bajo del imponente río Danubio, que los rumanos llamaban Dunǎrea, marcando la frontera natural con Bulgaria, cruzando Rumanía a lo largo de 1.075 Km, de los 2.875 km de su cauce total, que empezaba en la Selva Negra-Alemania, navegando el catamarán Dacia por el curso medio del Danubio hasta detenerse en el muelle fluvial de la población de Turnu Mǎgurele, a fin de poder colmar otro fantástico y mágico  itinerario, por los fabulosos tesoros de Rumanía. En el “rayar” de un nueva aurora, ponía él a prueba su tan insaciable Sentido de Percepción, empezando a recorrer en zigzag, Curtea de Arges, trasmutada en una animada población, ubicada en una colina de enorme belleza, donde la gran llanura de Valaquia, daba paso a los abruptos montes Fǎgǎrǎs,  rebosantes de tan hermosos paisajes, creando la sensación de hallarse él “fuera del mundo”, siendo telúricamente atravesados por el circuito de excursiones más famoso de toda Rumanía, por donde bajaba  tan impetuosamente el caudaloso río Arges, un afluente del Danubio. Y aparecía mágicamente él delante de la Biserica Sfântul Nicolae, donde la iglesia de San Nicolás, era indudablemente lo único que quedaba del antiguo complejo del palacio del voivoda Curtea Domneascǎ, construida en tiempos de Besarab I (1310-1352) y su hijo Nicolae Alexandru (1352-1364). Era considerado como uno de los más bellos monumentos de este país, debido a la genuina elegancia de sus tan hermosas formas arquitectónicas, de estilo bizantino, de los siglos XI-XII, realzada también por algunos ciclos de tan centelleantes frescos del siglo XVI. Esta bonita iglesia, se conservaba todavía en muy buen estado, cuyos muros exteriores bizantinos fueron construidos de bandas regulares de piedra y ladrillo, estando formada por una planta de cruz griega, inscrita en un rectángulo de 23,5 x 14,5 metros, dividida en pronaos, naos y santuario, con ábside y absidiolas. En cuanto a su decoración pictórica, era digno de resaltar los hermosos frescos del pronaos, contemplándose con demasiado deleite, la gran escena de la Déesis, que incluía la ofrenda votiva del donante Nicolae Alexandru. Eran también de extraordinaria factura, los hermosísimos frescos que resaltaban escenas de la vida de San Nicolás y los excepcionales doce frescos de la catedral de Curtea de Arges, concebidos antes del año 1526, por Dobromir Târgovişt. Enalteciendo siempre el hermosísimo collar de perlas, relacionadas con el valiosísimo patrimonio histórico-artístico rumano, ya aparecía él como encanto, por el legendario lugar donde se agrupaban de los Monasterios del Valle de Olt, una viva manifestación del mejor arte de Valaquia, construidos entre los siglos XIV y XVIII, y ubicados entre boscosas colinas y tan exuberantes valles, a lo largo del curso medio del río Olt, cuya historia de este antiguo voivodato, se había escrito en buena parte en estos apartados lugares, siguiendo activos desde el punto de vista religioso, pues todavía habían ciertas comunidades monásticas en continuo crecimiento. Mirando él a través de imaginarias buhardillas en forma de ojos tibetanos, visitaba él por fin estos focos de arte, ubicados en un territorio de abundantes balnearios, apareciendo primero el Monasterio de Cozia, fundado por el voivoda de Valaquia, Mircea cel Bâtrân, en el año 1386 y dotado de una tan esplendida iglesia, que era enaltecida  con  formas y estilos de la arquitectura religiosa de Oltenia, habiendo sido construida entre los siglos XIV y XVIII. En la primera fase, y siguiendo rigurosamente  el modelo serbio, se debía el uso en las paredes exteriores de encalado y ladrillo, siendo este ultimo empleado también como elemento decorativo en las cornisas, en forma de diente de sierra. Tras la restauración llevada a cabo por Neagoe Basarab (1517), el voivoda, Serban Cantacuzino, promovió otra en el año 1706-1707 añadiendo el elegante nártex de estilo brancovino, aunque no armonizara con el resto del edificio. Esta iglesia albergaba un valioso patrimonio pictórico de luminiscentes  y tan refinados frescos de los siglos XII, XIV y XVIII, donde los más antiguos eran de facto los del pronaos, que contemplados de abajo arriba, exaltaban, iconográficamente, todos los profetas y eremitas, los siete concilios ecuménicos y también el calendario de los mártires. Los exquisitos frescos del nártex y naos, habían sido concebidos en el siglo XVIII y su tan ornado iconostasio concebido en el año 1794, era enaltecido pictóricamente con un tema poco frecuente (El Árbol de Jesé), mostrando los santos guerreros en la franja inferior y el Cristo Pantocrátor, estampado pictóricamente en su tan altiva cúpula. Como si fuera tragado telúricamente por las incognoscibles entrañas de la Tierra, penetraba él enseguida en las tan sobrecogedoras gargantas de Cozia, profundamente excavadas por el río Olt, teniendo una longitud de 45 km y encajonado entre fantásticas y escarpadas paredes de roca gris. El saliente rocoso de la entrada al desfiladero, que según la leyenda fue tallado en tiempos del hispano emperador Trajano, se denominaba también “ La Mesa de Trajano”, apareciendo por fin en tan recóndito Monasterio “Dintr-Un-Lemn”,  un monasterio femenino “ de un solo árbol”,  que debía su nombre a la capilla de madera excavada en un honorable roble, que se hallaba aquí en el momento de la fundación de este complejo religioso, ocurrido entre 1634-1635, habiendo sido una obra de Preda Brâncoveanu. El Sentido de Percepción, de nuestro entrañable protagonista, iba señalando que la iglesia de planta trilobulada, ubicada en este tan balsámico “oasis verde”, era indudablemente una obra maestra de toda la arquitectura de Valaquia. La Virgen del tímpano, la había pintado el griego Konstantinos,  en el año 1684 y en la pronaos fueron pintados magníficos frescos en el año 1841, donde en la naos estaba pintado un icono de la Virgen de la segunda mitad del siglo XVI, quizá procedente del Monte Athos. Y en aquella tan extraordinaria ocasión, aparecía él mágicamente en el Monasterio de Horezu, connotado como un verdadero lugar de paz y de serenidad absoluta, estando dedicado al emperador Constantino y su madre Elena, habiendo sido construido a estancias de Constantin Brâncoveanu, (1688-1697), siendo considerada como la suprema obra maestra y el verdadero arquetipo del arte brancovino. El complejo religioso encalado y pintado al fresco, parecía envuelto en un aura que emanaba mucha serenidad, recónditamente emplazado en una cuenca ubicada entre verdeantes colinas recubiertas de exuberantes bosques. Su tan hermosa iglesia, estaba tan engalanada de formas muy refinadas y no exenta de una cierta majestuosidad, pues debía servir de mausoleo al voivoda Constantin Brâmcoveanu, siendo una autentica joya arquitectónica, hecha de volúmenes equilibrados, con la consabida planta con nártex porticado, pronaos, naos con ábside y santuario con tres ábsides, habiendo también dos registros de molduras en los muros, rectangulares en la parte inferior y en forma de arcadas, en la parte superior, separadas por dos cornisas en forma de diente de sierra. Y tan refinadas paredes de esta suntuosa iglesia, iban regalando un maravilloso desfile de suntuosos frescos, de finales del siglo XVII, y los más interesantes eran indudablemente los del nártex, representando iconográficamente, a la izquierda, “El Paraíso”, exaltando la ciudad de los santos, confrontado con tan demoniaco  “Infierno”, que denigraba  los pecadores, tan torturados por los demonios. Debajo de la representación del “Infierno”, se fijaba él en la franja con imágenes monocromas y estilizadas de los condenados al infierno, revestida de gran modernidad, pues en la sucesión de imágenes, la perdida de cromatismo y la definición de los contornos de las figuras humanas, iba aumentando con el mayor grado, en términos de condenación humana. Captando el movimiento de nuestra tumultuosa época, cuajada de total disrupción tecnológica, definiendo de qué forma, si bien rompiendo con el pasado, salvaguardaba las condiciones de todo humanismo, la creatividad y el equilibrio existencial, irradiando la alegría de un desciframiento en profundidad, hecha con alma y con conciencia, emanando para tal una sinergia que suponía la diferencia, la comprensión matizada de las situaciones y de los seres- suscitando para eso muchas imágenes-ideas-fuerza… justo cuando iba él adentrándose telúricamente en la gargantas de Bicaz,  un extraordinario espectáculo natural a lo largo de 10 km de rocas calcáreas,  de entre 300 y 400 metros de altitud, habiendo sido formadas en el Mesozoico, resultando también espectacular todo el paisaje situado a su alrededor, donde sobresalía una región tapizada por tan exuberante manto de verdeantes pinos, abetos, tejos, hayas y enebros, apareciendo él por fin en los Monasterios de Bucovina, cuya región histórica de Bucovina acogía entre sus tan majestuosas y silvestres colinas, un tan esplendido escenario de muchos valles neblinosos y tupidos bosques de hayas y abetos, dando abrigo a la mayor concentración de monasterios decorados con pinturas del mundo. Por fin aparecía realmente en el Monasterio de Voronet, edificado por voluntad de Esteban el Grande, entre los meses de mayo y septiembre del año 1488, donde actualmente solamente quedaba su preciosa iglesia dedicada a San Jorge, siendo la única que se había conservado de las cuatro originales, y una de las más hermosas de este país danubiano. Se trata de una simbiosis perfecta entre la horizontalidad de la arquitectura y la esbelta verticalidad del arte gótico, cuyos exquisitos frescos exteriores, constituían una de las cumbres del arte europeo, teniendo el color como protagonista absoluto, enaltecido por el  famoso azul de Voronet, obtenido triturando lapislázuli, habiendo sido concebidos entre los años 1547 y 1550, primero por encargo del metropolita y erudito Grigore Rosca, quien mandó realizar los magníficos frescos exteriores hasta el nártex, y después por el metropolita Teófanes, al que se deben los magníficos frescos,  interpretados  como una especie de Biblia Pauperum. En contraste con los refinados frescos del interior, de registro más intelectual, por cuanto estaban dedicados a los monjes y eruditos, las hermosas pinturas del exterior, de naturaleza menos hierática, mostraban un mayor gusto por lo descriptivo y por la armonía cromática de tradición popular. No obstante, la verdadera obra maestra de esta iglesia, convergía iconográficamente en la gran representación del Juicio Final, realzada en la fachada del nártex, tratándose de una de las creaciones más hermosas de Bucovina, habiendo sido fruto del escrupuloso trabajo de un gran artista y erudito, profundo conocedor de los dogmas y de la doctrina ortodoxa. En el marco de una complejidad iconográfica extraordinaria, destacaban por su fuerza y por su intensidad expresiva, por su monumentalidad y aún por su capacidad de síntesis, regalando para la vista momentos de gran lirismo, donde en la parte superior había una refinada escena pictórica, donde beatíficos ángeles protegidos por arcángeles armados, cerraban el pergamino del tiempo, señalando así, el final del Cielo- exaltando también los símbolos del Zodíaco y el fluir del infinito Universo- cabiendo destacar la figura de la Eternidad, representada según los dogmas de la iglesia ortodoxa, por la cual el Principio de la Trinidad, no se regía por la consubstancialidad, sino por la descendencia- del Padre al Hijo y del Hijo al Espíritu Santo. Envuelto en vivo  frenesí de nuevas sensaciones, aparecía él por fin en el Monasterio de Sucevita, metafóricamente denominado como “la joya verde”, ya que para llegar hasta él habría que recorrer un verdeante paisaje montañoso, rebosante de una belleza indescriptible, caracterizado por verdeantes prados y tupidos bosques de abetos. En sus tan esplendidos frescos- tantos los exteriores como los interiores- mostraban cierta influencia del arte ruso, resaltando tan hierática dignidad de los rostros y ropajes, la actitud de las figuras, los detalles que recordaban a la pintura de los iconos- no solo como el resultado de una cierta tendencia artística, sino más bien un autentico programa político. Los frescos exteriores concebidos entre los años 1595-1596, fueron una obra pictórica de los hermanos Sofronio y Juan de Pângǎrati, celebres pintores de iconos y miniaturistas, que supieron dar tanta vivacidad cromática, a una dada iconografía eminentemente dogmática. La representación pictórica del árbol de Jesé, hecha a la derecha del muro meridional, presentaba una abigarrada decoración, donde los propios personajes estaban encerrados en hojas de acanto, que parecían formar medallones, proporcionando un extraordinario efecto ornamental, que parecía darle al fresco cierta apariencia de una gran alfombra oriental. Su muro norte, presentaba una hermosa representación iconográfica de la Escala de las Virtudes, inspirada en la Escala del Paraíso,  obra conformada por 30 volúmenes de Juan Clímaco, un místico eremita y abad del Sinaí, que vivió a caballo entre los siglos VI y VII, y que narraba la historia de la ascensión de su alma a la luz infinita de Dios, donde antes de llegar en presencia de la divinidad, debería subir los numerosos escalones de las sagradas virtudes. Tras haber apreciado él con tanto deleite en el Monasterio de Moldovita, a sus magníficos frescos realizados en el año de 1537 por Tomás de Suceava, pintados sobre un fondo cromático rojo y ocre, en el cual, producía un gran impacto visual y amortiguaba la viveza de los restantes colores. El tan precioso Árbol de Jesé,  en cuyo verdeante follaje se mimetizaban decenas de figuras humanas, el Himno Acatisto a la Virgen y, sobre todo, el Asedio de Constantinopla, donde el minucioso realismo de la representación iconográfica tenía un efecto excepcional en el sombreado de los cañones y en la procesión de los sagrados iconos, así como en el sabio uso de la perspectiva, a fin enfatizar con demasiada crudeza este crucial acontecimiento histórico. Por fin, navegaba de forma tan mayestática nuestro sofisticado  catamarán Dacia, por el poliédrico Delta del Danubio, sin tener ninguna prisa, queriendo gozar plenamente de los lugares donde el mar Negro y el majestuoso Río Danubio se abrazaban infinitamente, bajo un espacio edénico que acogía unos doce ecosistemas diferentes, habiendo miles de especies clasificadas en términos de flora y fauna… de facto, un gozoso viaje al beatifico Edén… donde los pelicanos llegaban a millares, junto con las especies más inimaginables de garzas y multitud de ánades, golondrinas de mar y donde los falcinelos exhibían sus velocísimos vuelos  y desde lo alto de tan azulenco cielo, el águila pescadora, el águila calzada, el halcón sacre, cernícalo del Amur, el gavilán vulgar, el gavilán de cola blanca, todas especies exclusivas por las que merecía la pena hacer este “danubico” viaje, hasta este tan apartado rincón de Europa, le hacía pensar inequívocamente en la solemnidad del vuelo de las sagaces rapaces… y en Ponto Euxino, denominación del mar Negro, en la época clásica, con poca salinidad de sus aguas, cuya materia en descomposición se depositó a 200 metros de su superficie, creando una capa que impide la vida a más profundidad, estando él en Constanza, en el Muzeul de Istorie nationalǎ si Arheologie, más concretamente en la segunda sala, a fin de apreciar las estatuillas  de los siglos II y III d.C., destacando en especial el Glykon, una divinidad de la casa y de la familia, realzada con cabeza de antílope, cabellos y orejas humanos, cuerpo de serpiente y cola de león, así como el grupo de Fortuna y Ponto, divinidades tutelares de la ciudad y del puerto de Tomis. Miraba él fijamente de las dos estatuillas de bronce de El Pensador y su mujer, una obra maestra de la cultura Hamangia… cuyo fluir creativo, le iba arrastrando visceralmente a la condensación del saber, basado en nuevas cogniciones, creando así un nuevo y tan prístino Cuerpo de Conocimiento. En un ápice, se iba apagando su tan difusa y legendaria figura, tras haber vivido tan deslumbrante aventura fluvial, por la impresionante cuenca rumana del Danubio azul.

 

 

 

Sigue leyendo a José Manuel da Rocha