Neil Alden Armstrong, Edwin Eugene Aldrin Jr. y Michel Collins, viajaron al espacio exterior, y los dos primeros pusieron las plantas de sus pies sobre el Mar de la Tranquilidad en la Luna, con esa acción que en otro lugar de la Tierra sería insignificante, sin duda alguna se lograban cosas maravillosas y extraordinarias, pero ambivalentes, por una parte se cumplía uno de los sueños más preciados de la humanidad desde el origen del homosapien, que era llegar al satélite, por otro lado, se rompían mitos, loas, y poemas, que le daban un matiz de misterio, grandeza, y una especie de plus ultra. Digamos, Selene había sido conquistada, y pasó a ser terrenal.

Si bien es cierto el intento del ser humano por llegar a Sin, fue uno de los constantes más generalizados en los tiempos y en las culturas, y origen de grandes fantasías que se diseñaron y se vivieron en torno a ello, tal vez la más avanzada, fue el espectacular escrito de Julio Gabriel Verne “De la tierra a la Luna; una ruta directa de 97 horas”, justo cien años antes de que se concretara, con solo 7 horas más de diferencia en lo sucedido.

En realidad, fue al término de la II Guerra Mundial, cuando comenzó a ser un hecho que podía realizarse, y es que la competencia militar que surgió entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que tenía como componente principalísimo el ataque nuclear desde el espacio, buscando la destrucción del enemigo, provocó una carrera sin cuartel, los rusos fueron los primeros en dar pasos concretos y avances asombrosos, pusieron en órbita un satélite artificial, el compañero de viaje (Sputnik), la perra Laika fue el primer ser vivo en orbitar la tierra y regresar con vida, lo mismo sucedió en 1961 con Yuri Alekséyevich Gagarin, el primer hombre en lograr esa asombrosa proeza.

Ante el rezago que los norteamericanos tenían, el 12 de septiembre de 1962, el presidente John Fitzgerald Kennedy habló en la graduación de los alumnos de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, y dijo, “Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos que obtener y nuevos derechos que ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos. Porque la ciencia espacial, al igual que la ciencia nuclear y toda la tecnología, carece de conciencia propia. Que se convierta en una fuerza de bien o de mal depende del hombre…No digo que vayamos a luchar desprotegidos contra el uso indebido del espacio, de la misma forma que no luchamos desprotegidos contra el uso hostil de la tierra o el mar; lo que sí digo es que el espacio se debe explotar y controlar sin alimentar la llama de la guerra, sin repetir los errores que el hombre ha cometido al extender su mandato sobre este planeta nuestro…Por el momento, no existe ningún tipo de contienda, ningún prejuicio, ningún conflicto nacional en el espacio exterior. Sus peligros son hostiles para todos nosotros. Su conquista se merece lo mejor de toda la humanidad y la oportunidad que nos ofrece de cooperar pacíficamente podría no volver a presentarse. Pero, preguntan algunos, ¿Por qué la Luna? ¿Por qué elegimos esta meta? Y de la misma forma podría preguntar, ¿Por qué escalamos la montaña más alta? O, hace 35 años, ¿Por qué cruzamos el Atlántico en avioneta?…Hemos decidido ir a la Luna. Hemos decidido ir a la Luna en esta década, y también afrontar otros desafíos, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque esta meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y aptitudes, porque es un desafío que estamos dispuestos a acepta, que no estamos dispuestos a posponer”.

Muy justo del plazo impuesto por JFK, los estadounidenses cumplieron el objetivo, no se puede dejar de mencionar que la única mujer dentro del programa Apolo, en el centro de mando de Cabo Cañaveral (Kennedy), fue la ingeniero aeroespacial graduada de Stanford, JoAnn Hardin Morgan, quien había nacido en Alabama, solo 29 años antes, sin embargo hubo necesidad de que el jefe de la misión instruyera que no se le podía pedir que sirviera café, ni que se pintara los labios, gajes de la época, ella fue la encargada de controlar los primeros minutos del despegue del cohete Saturno V, uno de los más grandes, poderosos e imponentes, con 110.6 metros de alto, 10 de diámetro y un peso total de 2,900 toneladas, un monstruo que necesitó 11 motores, propulsados básicamente con oxigeno e hidrogeno líquido.

Esta semana que termina se cumplen cinco décadas del periplo, los avances para la conquista de otros astros aparentemente van muy lentos en comparación de los tiempos de la raza humana, pero sin duda que, aunque no lo vean las generaciones actuales, los logros no son menores y se darán otras hazañas, aunque en ello nos vaya la vida, porque así somos.

 

Sigue leyendo a José Ortíz Adame