Cuando Dimitry Sokolov se dispuso a prender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida a una barra del chasis por efecto del intenso frío. Dimitry ha perdido un tiempo precioso maldiciendo por el infortunado descuido, hasta que la dura realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue encender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca las caja de fósforos del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar las cerillas y dirigir su mano derecha para coger una; pero enfundada como está en el mitón, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano. Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. Resopla con cuidado por la nariz y siente un picor repentino en toda la cabeza. Se desespera.

La temperatura sigue descendiendo. Quizá haga cuarenta bajo cero, piensa, o cincuenta, es igual, a esta temperatura no se puede cometer ningún error. Se le ocurre una idea. Se trata de encender la propia cajetilla mientras la sujeta con la boca y, una vez prendida, con todos los fósforos dentro, lanzarla a la madera. Pero sería como cruzar el Rubicón: no habría vuelta atrás. Decide, antes de poner en práctica esta opción desesperada, intentarlo otras veces. Cinco. Cinco es un número que le gusta. Aparta las cerillas precisas, dejándolas sobre su regazo. Prueba con la primera. Deja que el pequeño astil blanco de madera prenda bien, haciendo una llama en forma de corazón, azul, amarilla y anaranjada; la baja suavemente, alentándola a arder con la mirada; pero, antes de alcanzar la mitad del recorrido, tiembla y se le apaga. Lo intenta sin éxito con otras tres cerillas.

Vamos con la quinta, se dice. Aún apagada, la sostiene entre las yemas de los dedos, se la acerca a los ojos y la hace girar ante ellos, observándola, queriendo penetrar su esencia. Pero sólo ve la piel morena de su mano y las líneas que la suciedad marca entre las huellas digitales. La prende con un chasquido seco y su nariz siente al instante el olor acre y espeso del fósforo al arder. Contiene la respiración para no turbar la llama, de la que percibe el exiguo calorcillo. Inclina la cabeza de la cerilla hacia abajo, hasta que la lengua de fuego crece y casi le lame la piel de los dedos. La protege de la brisa con la palma de la mano y la baja con lentitud pero sin pausa. Cuando llega a la altura de la cadera tiene una llama aún potente. La mano prosigue el viaje hacia la pila de leña. Está cerca de ella, pero la blanca astilla se consume rápidamente, tornándose negra y raquítica. La llama mengua, cabalgando la astilla quemada, se fracciona en dos, en tres sectores, y finalmente se extingue.

El frío

El frío

Dimitry expulsa el aire retenido y le parece que con él se desinflan sus esperanzas. Deja vagar la mirada más allá del marco del camión, por el campo blanco, siguiendo sus huellas aún impresas en la nieve, grandes y profundas, hasta perderlas tras la primera irregularidad del terreno. Ya no le duele la mano izquierda. Las uñas se han vuelto negras, como si se las hubieran golpeado con un martillo, y la carne de los dedos se amorcilla y oscurece. También la mano derecha empieza a sufrir los efectos del tremendo frío y debe introducirla nuevamente en el mitón para que recupere, al menos, la sensibilidad.

El hombre cierra los ojos para convocar en su interior las fuerzas y la voluntad que le van a hacer falta. Sabe que tendrá que arriesgarse quemando la cajetilla, sabe que está jugando a algo más peligroso que la ruleta rusa, aunque no tenga ningún arma en las manos. Abre los párpados y respira profundamente el aire seco y gélido hasta conseguir acompasar los latidos del corazón. Vamos allá, viejo tonto, se dice, concéntrate en la tarea.

Dimitry muerde con fuerza el exterior de la cajetilla, desenfunda su mano del mitón y rasca el fósforo, que aplica a la cajita de cartón por la esquina más alejada de su boca. Se levanta una llama que sus ojos miran hipnóticamente durante una fracción de segundo. Siente un calor reconfortante en la mejilla, en la nariz casi congelada y, justamente cuando estallan con un remedo de pirotecnia las cabezas de los fósforos, Dimitry la coge y la lleva, esta vez sí, hasta la pila de leña. Se ha quemado las yemas de los dedos, pero ese dolor apenas lo inquieta. La primera astilla se enciende y una lengua de fuego danzarina la recorre y salta a la astilla contigua y a la siguiente. Las más pequeñas son apenas virutillas que se convierten en pavesas en un suspiro. Ahora son varias llamitas que se funden en una mayor y van abriendo un pequeño cerco irregular en un costado de la pila de madera, como la chimenea lateral en un volcán diminuto. En su centro van formándose las primeras brasas, de color rojo pálido y ceniciento. Dimitry siente crecer su esperanza. Ya no se acuerda de la mano que se le está helando, ni de la otra que se ha chamuscado.

No quiere soplar desde tan lejos para no desbaratar el fuego. Sólo con los ojos y con la voluntad parece querer alimentarlo, pero las llamas se topan con algunas ramas húmedas y menguan. Alarmado, Dimitry busca una astilla más seca, la retira cuidadosamente del otro extremo de la pila y la acerca a la llama. Cuando prende, la apoya suavemente junto a las otras. Repite la operación, pero la pila, hecha con precipitación, no está bien armada. Las ramitas secas se consumen rápidamente y las que están húmedas tardan en prender. Al intentar coger una astilla mayor, el montón se desmorona y las llamas se dispersan y disminuyen rápidamente. Dimitry agrupa nuevamente la pila con la palma de la mano, pero ahora es una amalgama desordenada de astillas carbonizadas y brasas dispersas en un mar de madera virgen. Ha desaparecido la sinergia necesaria para generar el fuego. En un intento desesperado por evitar el desastre, coge las pequeñas y volátiles brasas con las yemas de los dedos y las acerca unas a otras. Se inclina sobre ellas todo lo que la mano prisionera le permite y sopla para avivar el fuego, pero la distancia es demasiado grande para aplicar el aire con eficacia. Una tímida espiral de humo gris es la desoladora divisa que campea sobre el revoltijo de astillas carbonizadas, ceniza y madera húmeda.

Dimitry necesita unos momentos para revestir de valor la angustia y enfrentarse al bronco páramo de la supervivencia. Conservar la vida pasa ahora por arrancar la mano de la barra, aplicando el tipo de lógica que emplearía un oso atrapado en un cepo; y lo único que tiene es su cuchillo.