Amelia. Un nombre elegido al azar para la protagonista de la historia que quiero contarles, y Javier, otro supuesto. ¡Pero cuidado!  Les estoy hablando de un hecho real y a uno de vosotros les podría suceder.

Amelia, una guapa abogada de treinta y cinco años, que va por la vida al ritmo de sus tacones, escondida en su traje de Chanel. Deja a su paso un halo de seguridad. Pero yo no me atrevería a mirar debajo de su sofisticado vestuario.

Está claro que todos, sí y no me equivoco al decir todos, solemos crear un avatar con el que nos movemos libremente en esta sociedad competitiva y en ocasiones devastadoras.

Javier, su esposo, informático de carrera y nerd por decisión. Algo parecido al fundador de Apple, Steve Jobs, cuando era joven, solo que más guapo menos bohemio y más sociable.  Después de varios años en el paro, por fin una multinacional se interesaba por sus programas.

Necesitaba recuperar su identidad, sentirse valorado, volver al mundo laboral.

Amelia disfruta sabiendo que el amor de su vida está siempre al otro lado del teléfono.

Mensaje de Amelia 17:30.

Javi, ¿dónde estás? ¡Te llamo al teléfono de casa y no me contestas!

Javier, a pesar de que iba conduciendo de regreso a su hogar en el barrio de las Rosas en Madrid, devolvió el mensaje con una llamada de teléfono. Sabía que si la hacía esperar se pondría nerviosa, y no quería que nada le amargase su gran día.

—Hola, cariño. Voy conduciendo, estoy muy cerca de casa. Acabo de tener una entrevista de trabajo.

—Me preocupé —dijo Amelia— no sabía dónde estabas. ¿Qué tal con la entrevista?

—Bien, creo que muy bien. Pero mejor te cuento cuando nos veamos esta noche.

Cuando los demonios se agitan

Cuando los demonios se agitan

—No, no… Mi madre nos invitó a cenar en el restaurante Lua. Es su cumpleaños este domingo y como estarán de viaje decidió festejarlo hoy.

—Ve tú, a mí no me apetece. Sabes que tu familia y yo no congeniamos demasiado bien.

—Por favor, es viernes, haz un esfuerzo. Cenamos y luego nos vamos de copas los dos solos. ¿Vale?

—Vale. ¿Dime a qué hora nos vemos? ¿Y dónde? Pero ten en cuenta que no quiero ir a la casa de tus padres.

—Es que yo pensaba ducharme allí y que tú me trajeses el vestido azul de seda, el que me compré cuando fuimos a Venecia.

—¡No iré a casa de tus padres! Punto, y no es negociable.

—Vale, vale. Me pondré cualquier vestido viejo que tenga en mi cuarto de soltera. ¿Por qué nadie piensa en mí?

—Buena decisión.

—Mi cuñada, esa a la que te comes con los ojos, irá bellísima y yo estaré fatal.

—Amelia, ¡escenitas ahora no! De lo contrario prefiero no ir.

—Vale. A las nueve en el Lua.

—Allí estaré.

Javier continuó conduciendo, estaba a pocos metros de la urbanización donde vivían.  Su gran noticia había pasado a segundo plano, como un barrilete sin cuerda su ilusión se alejaba a la merced de los fantasmas que atormentaban a su esposa. No dejaba de pensar en la difícil relación que tenían. «Las inseguridades de Amelia son como una apisonadora que arrasa con todo».

La puerta del garaje se abría con más lentitud que nunca. Angustia, ansiedad, desilusión, un cóctel de sentimientos le oprimía el corazón. Solo quería llegar a casa y darse un baño caliente, un largo y reconfortante baño.

Aparcó el coche en el garaje, recogió los papeles del asiento del acompañante y su ordenador, luego controló rápidamente que la caldera estuviese a pleno rendimiento. Pretendía gastar mucha agua caliente. Subió corriendo la escalera hasta el salón y casi sin descansar continuó subiendo hasta el desván donde solía trabajar. Guardó los documentos y un USB en una pequeña caja fuerte que había junto a su escritorio.  Puso a cargar su portátil, seguramente al regresar de la cena estaría desvelado y lo usaría.

Mientras bajaba hacia su dormitorio en busca del ansiado baño miró por la ventana el jardín trasero, sus plantas estaban mustias, casi tanto como él.

Los inviernos en Madrid son muy fríos, pero él ya se había acostumbrado. Lo que cada día soportaba peor eran las gélidas miradas de sus suegros. Encontrarse con los padres de Amelia era como ser arrojado a los leones. Se cebarían con él, no dejarían de recriminarle por su intransigencia para trabajar con ellos. «Un bufete de abogados tan importante como el nuestro necesita de un informático. Es una vergüenza que tengamos que contratar…»

Mientras Javier recordaba, la ya desgatada frase de su suegro, el vapor empañaba los espejos del baño, la bañera casi rebosaba de espuma. Javier dejó que su cuerpo se fuera adormilando entregándose lentamente a los brazos de la resignación. Un refugio cálido que lo absorbía y le ayudaba a olvidarse de todo.

En un par de horas deberá ponerse una máscara sonriente y un traje hecho de paciencia. Sería un viernes difícil, seguido de un sábado bastante complicado, pero el domingo seguramente conduciría las aguas a su cauce normal. Como de costumbre la armonía volvería a reinar augurando una nueva semana donde los engranajes de la rutina harían que todo funcionase a la perfección.

Pero no sería tan fácil. Javier sabía que debajo de la coraza de Amelia había una niña asustada, intentando huir de los demonios que ella misma libera.

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