Chicos venid que os cuento lo que me pasó cuando visité por primera vez a este pueblo.

Era un fin de semana invernal, de esos en los que no puedes salir a jugar al fútol, porque sudas y luego te enfermar. Mis padres decidieron apuntarse a un fin de semana cultural. ¡Ya os podéis imaginar cuántos niños de diez años había!

No recuerdo bien cómo se llamaba la guía, pero lo que todavía resuena en mi cabeza es su voz. ¡No paraba de contar historias! «Esta población está situada muy cerca del río Amarguillo y bla bla bla…»  Sí, ¡Amarguillo! Menudo nombre. El que estaba amargado era yo. El lugar no era feo y la guía contaba cosas curiosas, pero a mí me ponía furioso. Sobre media mañana hicimos un descanso para almorzar. Mi madre me ofrecía de todo, pero yo me negaba; estaba dispuesto a estropear la salida.  De más está decir que me quedé sin comer por caprichoso.

Según avanzaba el día se escuchaba cada vez con más fuerza el ruido de mis tripas pidiendo alimentos, pero nada  ni un helado o un chocolate, nada de nada. Me obligaron a seguir el ritmo de la excursión.

La guía que estaba muy preocupada por mi aburrimiento dijo:

—Estoy segura de que lo que visitaremos ahora le gustará a nuestro pequeño turista.

El miedo mola

El miedo mola

¡Y no se equivocaba! El Silo del Colorao y el Silo del tío Zoquete. ¿Chulos los nombres, verdad? Eran dos viviendas construidas debajo de la tierra por familias muy pobres. Se entraba por un pasillo con gran pendiente. Estaban muy bien cuidadas, las paredes pintadas de blanco, los muebles, la ropa y los cacharros eran muy antiguos.

Cuando salimos de aquel lugar mi aburrimiento volvió. Y decidí jugar a esconderme a ver qué pasaba.

En unas de las esquinas, perdí de vista al grupo. Ellos ni se habían percatado de que me habían dejado atrás. De repente todo  parecía aterrador. Era la primera vez que mis padres no estaban al alcance de mi vista. ¿Qué podía hacer? No sabía dónde ir. Entonces recordé lo que había dicho la guía: « Si se separan del grupo el punto de encuentro es la plaza del ayuntamiento, nos vemos a las cinco de la tarde». Miré asustado en todas direcciones y vi que al final de la calle estaba la iglesia y la plaza, pero para llegar allí tenía que atravesar una callejuela muy estrecha y oscura.

Me armé de coraje y comencé a caminar, todo marchaba muy bien hasta que apareció un hombre, ¡sí, un hombre vestido de gris! Bastante corpulento que llevaba una bolsa de arpillera al hombro. Me miró con gesto de enfado, y sentí como mis piernas se paralizaban. Aquella persona caminaba muy despacio, sin dejar de mirarme como si buscase una oportunidad para meterme dentro de su saco. Me quedé paralizado, cerré los ojos deseando no estar allí, o ser invisible, pero ni lo uno ni lo otro sucedió. No se pueden imaginar cuánto miedo pasé. El ruido de unas llaves me obligó a volver a mirar hacia aquel hombre, a unos pocos metros delante de mí se abría una puerta y a mi espalda una mujer gritaba llena de rabia.

—¿Niño qué haces? Ya eres grande para estos juegos, todos estamos muy preocupados.

Me giré y allí estaba ella,  la mujer más protestona y malhumorada de la excursión, pero corrí y me abracé a mi salvadora. Supongo que deseaba darme un buen coscorrón, pero me libré. La que sí me castigó fue mi madre, claro está que primero me abrazó, casi estrujándome y junto con sus besos lanzó su sentencia: «Una semana, no mejor dos, sin jugar al fútbol y ni una palabra porque sigo agregando semanas». Después me cogió la mano y no me soltó hasta que finalizó la excursión.

—Papá, ¿de verdad te pasó todo eso?

—Claro, y durante mucho tiempo soñé con aquel hombre.

—Papá, como mola tu historia. Si me pierdo en la excursión de esta tarde. ¿Tú crees qué encontraré al hombre de la bolsa?

 

Sigue leyendo a Liliana del Rosso