Escribió a hurtadillas, arañando instantes para unas pocas líneas. Mimó su borrador, lo cobijó entre recuerdos propios y donados. Sus dedos, ágiles y ya casi expertos en el arte de teclear, dibujaron millones de letras. Durante muchos meses, solo escuchó un clic apagado que fue marcando el ritmo de su corazón. Vocablos que se liaron dando forma a sus pensamientos. Mil, dos mil, y muchas más palabras para perfilar su historia.

Pero nada era suficiente. «¡Tiempo!, me falta tiempo», siempre repetía la misma frase. Se movía entre imágenes, sonidos y olores que intentaba encajar. En ocasiones con armonía, pero en otras sin más objetivo que rellenar una página en blanco. Una carrera sin sentido, pero que un día sus personajes se negaron a seguir sufriendo, le plantaron cara, y se marcharon. Sin darse cuenta, como un navegante sin brújula, volvía una y otra vez a la misma escena. Se preguntaba cuántas horas más le robaría esta historia ¡Nada le hacía vibrar! La magia se había perdido bajo una montaña de papeles.

Difícil decisión, pero un último clic y todo terminó.

Retomó su ritmo de vida, volvió a correr, a esa hora en que la noche ya no está y el día no ha llegado. Aquella mañana su intuición le obligó a mirar hacia el horizonte. Se detuvo, observó el cielo durante unos minutos y pensó: «Mi pequeña luna, ¿por qué te niegas a soñar? Como una adolescente defiendes tu derecho a brillar. El sol te obligará a marcharte, pero esta noche volverás a reinar».

Miró el reloj y continuó corriendo, pero su corazón sangraba con cada paso. «Soberano, indolente que esclavizas a este vasallo al ritmo de tus agujas.  Horas que se escurrieron entre mis dedos, minutos de amarga agonía para quienes no alcanzaron ni un segundo de gloria».

Aceleró el paso, temía llegar tarde.

Liliana del Rosso

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