Se giró al escuchar el grito. La causa de tanta desesperación fue la piedra que rompió el reflejo de su mejor día.

Hoy no es un día gris

Hoy no es un día gris

Alicia, se despertaba siempre muy temprano. Dejaba su cama y se dirigía hacia la ventana, al abrirla repetía siempre la misma frase. «Hoy no es un día gris». Con los ojos cerrados imaginaba un tono diciendo «hoy pintaré con…». En todos sus cuadros siempre colocaba un color que predominaba. Un desafío o quizás su forma de asumir la mala jugada de sus ojos, que lentamente se estaban apagando. Se obligaba a inventar sus propios matices, aquellos que ya casi no diferenciaba; necesitaba atesorar los colores que ya pronto no vería. Pero, aquella mañana no pudo elegir color.

Inmóvil ante la escena, incapaz de comprender lo que estaba viendo, intentó recordar lo sucedido en busca de una respuesta.

«La belleza del arcoíris me atrapó. ¡Nada era gris! Un impulso irrefrenable me obligó a correr hacia el taller, abrí todos los pomos de óleo y comencé a pintar. Los pinceles danzaban sobre el lienzo, cada color contaba una historia. Pinté y pinté hasta el agotamiento».

Volvió a observar a su asistenta, que continuaba gritando frente a su cuerpo sin vida. Alicia, confusa miró sus manos, manchadas de sangre. Regresó a su taller en busca del cuadro que estaba pintando, pero el lienzo estaba en blanco.

Mientras recordaba los últimos meses de su vida se preguntaba, ¿por qué lo hice? «Lo siento, pero no tenía más fuerzas para seguir».

En su dormitorio la asistenta abrazaba a la joven.
—Mi niña, ¿por qué?
Alicia se le acercó y le susurró al oído.
—No llores, ¡con tantos colores podré pintar toda la eternidad!

 

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